NAIZ (Argazkiak: Ishara S. KODIKARA/AFP)
ARTIKOA_barkuan
Los cazadores están muy preocupados.
OLIVIER MORIN

Los últimos cazadores inuits

En el pueblo de Ittoqqortoormiit, que apenas cuenta con 300 habitantes, una de las últimas comunidades de cazadores inuit ve amenazados sus ancestrales medios de supervivencia. El hielo se derrite de manera alarmante a su alrededor, lo que peligra su subsistencia.

El casquete polar de Groenlandia contiene poco más de 8% del agua dulce del planeta, lo que haría subir el nivel del mar siete metros en caso de derretimiento. Por ello, el cambio climático podría privar a Ittoqqortoormiit de su única fuente de suministro de agua potable.

Inviernos fríos, un hielo sólido y una nieve abundante constituyen el medio ambiente natural en el que están acostumbrados a vivir estos inuits establecidos en el estrecho de Scoresby.

En Ittoqqortoormiit, a unos 500 kilómetros de la colonia humana más cercana, solo hay una fuente de agua potable: un río que nace de un lago alimentado por un glaciar que se derrite. «En algunos años quizás no haya nada más», dice Erling Rasmussen, responsable de la gestión del agua para el pueblo en la compañía pública Nukissiorfiit.

El último julio fue el más cálido del que se tenga registro en la estación de investigación groenlandesa Summit Camp, en lo alto del casquete. «Los glaciares se achican cada vez más», continúa Rasmussen. «Creo que en el futuro para beber el pueblo deberá buscar agua en el océano».

Transformar el hielo en agua potable es costoso, consume mucha energía y es muy aleatorio. Otras pequeñas comunidades aisladas de Groenlandia, como Oqaatsut en la costa oeste, ya optaron por la desalinización.

Osos hambrientos

Alrededor del estrecho de Scoresby –el fiordo más grande del planeta– libre de hielo un mes por año, los habitantes dependen durante los interminables inviernos polares de la carne que aportan los cazadores.

Los barcos cargueros solo llegan a Ittoqqortoormiit, en la desembocadura del fiordo, una o dos veces por año. Sus aguerridos marineros tienen que zigzaguear entre inmensos icebergs que solo dejan estrechos pasajes. «Necesitamos nuestras propias proteínas animales. No podemos contentarnos con comprar carne danesa congelada», explica Jørgen Juulut Danielsen, profesor y ex alcalde del pueblo.

Pero, a medida que el termómetro sube y la banquisa se reduce, la tradicional caza de focas, que consiste en atrapar a estos animales cuando salen a respirar a través de agujeros en el hielo, se vuelve más peligrosa. El cazador Peter Arqe-Hammeken estuvo a punto de perder a su mujer y sus dos hijos cuando el hielo se deshizo bajo su moto de nieve durante una cacería en enero, a pesar de una temperatura de -20 °C. Su esposa terminó con un músculo desgarrado tras rescatar al mayor de 12 años del agua helada, cuenta este inuit de 37 años.

Los seres humanos no son los únicos afectados. El debilitamiento de la banquisa empuja a los osos polares hambrientos a entrar en las casas en busca de comida.

Reacciones en cadena

Anidado entre las montañas rojizas del fiordo de Rode –el ‘fiordo rojo’, un fiordo dentro del fiordo–, los glaciares, cuyas paredes azuladas se levantan desde el mar, son indispensables para el ecosistema. Las condiciones extremas locales han hecho de este lugar uno de los menos estudiados del planeta.

Tras cinco años de minuciosa planificación, la iniciativa científica francesa Greenlandia se apura para documentar todo lo que se puede en este puesto avanzado del cambio climático, antes de que sea demasiado tarde. «Ustedes escuchan hablar del cambio climático, pero aquí lo ven», afirma el jefe de la expedición, Vincent Hilaire, a periodistas embarcados en el velero laboratorio Kamak.

La pesadilla de la científica canadiense Caroline Bouchard, del Greenland Climate Research Centre en Nuuk, la capital de Groenlandia, es que el retroceso de los glaciares condene al estrecho de Scoresby a convertirse en un «ecosistema menos rico». A medida que los glaciares se derriten y retroceden hacia el interior de la tierra, esta mecánica se bloquea.

La escasez de nutrientes pone en marcha una reacción en cadena: menos plancton y, por lo tanto, menos bacalao polar, y, en consecuencia, menos focas y osos, fuentes de proteínas esenciales para los habitantes de Ittoqqortoormiit.

Consecuencias catastróficas

A bordo del Kamak, Caroline Bouchard verifica el contenido de sus redes mientras la luz enceguecedora del sol ártico ilumina una mirIada de formas de vida marina en su placa de Petri que sirve para cultivar y examinar microorganismos. En su muestra, en medio de los copépodos, el plancton y pequeños crustáceos kril, el número de larvas de bacalao pasó de 53 el año pasado a apenas ocho este verano boreal.

Si bien la científica explica que se requiere un análisis más profundo de los resultados para determinar las causas de esta disminución, las cifras son, a su entender, sorprendentemente bajas. El bacalao polar se encuentra en el «centro del ecosistema» del Ártico, subraya Bouchard. «Si de repente cae el stock de bacalao polar, ¿Qué pasará con la foca ocelada y el oso polar?», se pregunta preocupada. Las consecuencias, siempre, terminan siendo catastróficas para los habitantes de la zona. «No es solo Ittoqqortoormiit lo que perdemos. Es un modo de vida único», lamenta Bouchard.

«Nieve de sangre»

Nuevas investigaciones llevadas a cabo durante la expedición Greenlandia adelantan un panorama sombrío para el futuro de los glaciares: en un fiordo cada vez más caliente, una tintura rojiza se expande en el hielo y la nieve. Detrás de esta pigmentación apodada “nieve de sangre” se encuentra un tipo de alga, la Sanguina nivaloides, identificada científicamente en 2019.

Cuando la nieve se derrite, esta alga se protege de la intensidad luminosa produciendo un pigmento rojo anaranjado. Pero, al hacerlo, el nuevo color disminuye la capacidad de la nieve de reflejar la luz del sol, lo que acelera el derretimiento.

Según los estudios, estas algas microscópicas son responsables de hasta el 12% del derretimiento anual del casquete groenlandés, es decir 32.000 millones de toneladas de hielo, una cifra «colosal» para los científicos.

Otro ejemplo de estos fenómenos de aceleración del cambio climáticos son las emisiones de gases de efecto invernadero, que provocan un aumento de las temperaturas, lo que acelera el derretimiento de los glaciares y favorece el crecimiento de las algas, que a su vez provoca que el glaciar absorba aún más rayos solares y calor.

Repercusiones planetarias

«Nos enfrentamos a una catástrofe. El riesgo es la desaparición de un ecosistema completo», afirma el francés Eric Maréchal, del Centro Nacional de Investigación Científica (CNRS) de su país y especialista en microalgas presentes en la nieve y el hielo. A su entender, se necesitarían treinta años para demostrar una tendencia de esta amplitud. «¿Se puede detener a tiempo este proceso? No lo creo», confiesa.

Al acercarse a un imponente glaciar que desciende por un abrupto valle en Vikingebugt (“la bahía de los vikingos”), Vincent Hilaire, el jefe de la expedición, apunta su fusil hacia una huella dejada en el barro por un oso polar. Para estos investigadores vale la pena arriesgarse a atravesar las tierras de ese animal. «El riesgo que corremos aquí es la desaparición de todo un sistema», explica Eric Maréchal. «Interesarse por lo que pasa en Groenlandia es también entender la dinámica del desajuste del ciclo del agua a escala planetaria y del gran derretimiento que provoca el aumento del nivel de las aguas de los océanos», concluye.


«El factor tiempo nos apremia. Además, los mapas (de los hielos) con los que contamos no son fiables. Hay un gran desfase entre los mapas y la realidad, por lo que avanzamos a tientas con la línea de sonda y de profundidad. Luego todo se resume a “descubrir y adaptarse”», subraya el capitán del velero, David Delample.