Igor Fernández
Psicólogo
PSICOLOGÍA

Un futuro maravilloso

(Getty Images)

Hace más de un siglo, uno de los psicólogos -también filósofo- que empezó a estudiar las emociones, William James, se hacía una pregunta importante al tratar de entender cómo funcionaban estas. Se preguntaba: «¿Lloramos porque estamos tristes o estamos tristes porque lloramos?». James sabía que nuestras reacciones emocionales a un evento podían convertirse en un estímulo en sí mismo que el cerebro leería como una confirmación, prolongando las respuestas fisiológicas de la emoción inicial. En otras palabras, cuando el cerebro percibe nuestras lágrimas y el nudo del estómago (y lo hace independientemente de la consciencia que tengamos sobre ello a través de la propiocepción), confirma la necesidad de seguir reaccionando igual y la respuesta emocional se prolonga.

Este sistema neurofisiológico de realimentación quizá no solamente funcione en nuestro mundo interno con un evento externo, sino que nuestras propias ideas o diálogo interno pueden “crear” emociones y sus consiguientes reacciones físicas -y acciones- sin que esté pasando nada concreto fuera que las justifique. Es decir, podemos condicionarnos a nosotros mismo, a nosotras mismas para sentir de una u otra manera, en un sistema autorreferencial e inacabable. Dicho así, lo primero que se viene a la mente son las obsesiones, los bucles mentales o la sensación permanente de insatisfacción, pero las buenas noticias son que esa sugestión también puede suceder en el sentido del bienestar, aunque quizá con un poco más de esfuerzo.

Vivimos una era en la que la información de los eventos que suceden en el mundo casi entra a formar parte de nuestro pensamiento sin filtro alguno. Las imágenes y los discursos irrumpen y alborotan no solo las mentes individuales, sino también las colectivas y, si no prestamos atención, corremos el riesgo de considerar esos discursos como nuestro propio pensar y sentir, en una dilución de nuestra idiosincrasia y libertad para pensar y hacer lo que queramos dentro de nuestra cabeza.

Y uno de los territorios que defender psicológicamente con iniciativa y determinación es la posibilidad de un futuro esperanzador y brillante para nosotros, nosotras y los nuestros. Y es que, esa esperanza compartida, los discursos, las acciones y las narraciones sobre ella la hacen real, y nos permiten una libertad de movimiento más allá de la reacción constante a las supuestas amenazas que nos cuentan a diario -u hora a hora-, y que son ajenas.

Desearlo es razón suficiente para intentar crear ese futuro, y no solo eso, para planificarlo, protegerlo y perseguirlo. Y puede que, para nuestra salud mental, bienestar y libertad, la forma que tome dicho futuro sea menos determinante que sentir, pensar y actuar desde el cuerpo algún tipo de búsqueda esperanzada de lo que queremos. Reinterpretando a James: «¿Actuamos porque deseamos o deseamos porque actuamos?».