09/09/2018

«The Ballad of Cable Hogue»
MIKEL INSAUSTI
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Cuando se dice que “The Ballad of Cable Hogue” (1970) fue un fracaso, no sé muy bien lo que se pretende hacer ver, tal vez se trata del interés en acrecentar la aureola de malditismo en la que está envuelta la figura de Sam Peckinpah. En realidad, no hay para tanto, porque la película se movió en unas cifras normales para su época. Costó alrededor de tres millones y medio de dólares, cantidad que recuperó en la taquilla estadounidense, y que superó en la mundial con un total de cinco millones. Y, desde entonces, como película de culto, no ha dejado de proporcionar ingresos a Warner. En cuanto a fervor crítico, somos bastantes los que la tenemos como nuestra película preferida del tío Sam, aún a sabiendas de que hay una mayoría que se decanta por “Grupo salvaje” (1969), que es justo la realización previa. En esto, como en tantas otras cosas, me gusta nadar contracorriente y “La balada” encabeza mi lista de preferencias junto a “Junior Bonner” (1972), “Quiero la cabeza de Alfredo García” (1974) y “Convoy” (1978). Lo que no quiere decir que no pueda disfrutar tanto o más con “Duelo en la Alta Sierra” (1962), “Mayor Dundee” (1964), “Perros de paja” (1971), “La huida” (1972), “Pat Garret & Billy the Kid” (1973), “The Killer Elite” (1975) o “La cruz de hierro” (1977).

Se ha dicho que Peckinpah fue el gran poeta de la violencia, porque era un genio dotado de una sensibilidad muy particular, que le hacía único a la hora de hacer suyos los distintos géneros de acción y, en especial, el western. Y, llegados a este punto, he de puntualizar que “The Ballad of Cable Hogue” es la mejor y más profunda reflexión que se ha hecho sobre la mítica del Viejo Oeste, a través de su decadencia y desaparición a manos del progreso. Después de esta película lo que ha quedado de aquel mundo, tal como lo concebía John Ford, son meras sombras o pálidos reflejos de lo que fue. Se ha discutido mucho sobre el formato que presentaba e incluso se llegó a decir que era una concesión a la moda, pero ahí radica precisamente todo cuanto la distingue y vuelve tan especial. Por mucho que Peckinpah sufriera presiones por parte de la Warner para filmar un western coyuntural, el maestro se sirvió de dichos códigos terminales para lanzar su mensaje más romántico y nostálgico sobre la agonía de un modo de vida salvaje. Y de ahí que las modalidades en boga de western musical a lo “La leyenda de la ciudad sin nombre” (1969), de comedia del Oeste a lo “También un sheriff necesita ayuda” (1968) o la desmitificadora a lo “Dos hombres y un destino” (1969) las manejase como si las llevara practicando toda la vida, y no fuese la primera y única vez.

Hay dos elementos claves en la concepción de “The Ballad of Cable Hogue”, que son las técnicas visuales empleadas en conjunción con una banda sonora antológica, cuya manifestación o declaración de intenciones aparece ya de entrada en unos títulos de crédito que marcaron un antes y un después dentro del género. La fotografía en el desierto no tenía secretos para Lucien Ballard, y esas imágenes fueron dinamizadas al máximo mediante la pantalla múltiple o pantalla partida, mientras sonaba la canción de Richard Gillis “Tomorrow is the Song I Sing”, musicada por Jerry Goldsmith. Lo que sigue es un festival y un homenaje a los característicos repartos peckinpahnianos, porque la pareja estelar que formaban Jason Robards y Stella Stevens era secundada por los más que reconocibles Strother Martin, L.Q. Jones, R.G. Armstrong, Slim Pickens, Gene Evans y un glorioso David Warner oficiando de falso predicador. Entre todos nos cuentan la historia cierta del tiempo en que el agua dejó de ser oro en el Lejano Oeste por culpa de la gasolina, y de cómo Cable Hogue murió arrollado por un carruaje motorizado y lo celebró encamado a pleno sol a modo de fiesta de despedida.