12/05/2019

Reportage
mujeres gitanas, vascas y feministas
El pueblo rom, una comunidad en continua resistencia

El pueblo gitano lleva arrastrando durante siglos una sangrante discriminación que no se acaba de superar en estos tiempos en los que la igualdad de todas las personas se supone que está protegida por ley. Pero, lejos de quedarse en los márgenes de la conquista por sus derechos, la comunidad roma lucha por acabar con su estigmatización desde su cultura, desde la educación, desde el feminismo y desde su propia identidad.

Maddi Txintxurreta
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Una tarde del verano pasado, Victoria Giménez tomaba café con sus compañeras. Hablaban de lo mal que está el mercadillo y lo difícil que es conseguir un «trabajo de señores», aunque celebraban que muchos y muchas sí lo habían logrado. Conversaban sobre el machismo y también del antigitanismo, pero apuntaban que «las mujeres gitanas estamos empoderadas». «Y somos luchadoras», añadían, pues «ser gitana se lleva con mucho orgullo y con mucha responsabilidad». «Nosotras lo intentamos cada día de nuestras vidas, a evolucionar, a seguir, a trabajar. Pero todavía hay muchas puertas cerradas», comentaba una de ellas.

«Seiscientos años llevamos aquí y aún no se nos conoce», redundaba Victoria Giménez, la tía Victoria, mientras tomaba café con sus compañeras aquella tarde veraniega.

Los estudios apuntan a que el pueblo gitano partió de la región Punjab de Egipto Menor, la actual India, allá por el año 1000. No llegaría a Europa Occidental hasta el siglo XV, tras un infinito peregrinaje en busca de lugares sacros y después de permanecer durante siglos en los Balcanes, Grecia, Turquía o Armenia. El hecho de que los mandatarios de los territorios occidentales no percibieran su llegada como una amenaza o les ofrecieran varios salvoconductos para que los gitanos y gitanas prosiguieran con su trajín penitente, no fue sino una excepción hospitalaria en la trayectoria histórica del pueblo rom, escrita a sangre y fuego durante los siglos sucesivos.

El 8 de marzo las mujeres gitanas salieron a la calle para reivindicar un feminismo antirracista. Un grupo de ellas acudió a la concentración de Barakaldo. Fotografía: Aritz Loiola

La gran redada. Los primeros gitanos y gitanas entraron en el año 1425 en el Estado español y una década después, en 1435, llegaban a Euskal Herria. Desde el mandato de los Reyes Católicos se dictaron más de doscientas leyes y pragmáticas antigitanas. Nómadas por aquel entonces, los miembros de este pueblo tenían la condición legal de extranjeros, con la pérdida de derechos civiles que ello suponía. Incluso ser gitano llegó a considerarse un tipo penal propio.

Pero asentarse en los distintos pueblos de Euskal Herria, ya a partir del siglo XVI, tampoco los libró del afán que los mandatarios y la sociedad mayoritaria tenían de expulsarlos de tierras vascas. En 1749 se lanzó en el Estado español una represión contra la población roma jamás vista hasta entonces, que recibió el nombre de “La gran redada de los gitanos”. Entre 9.000 y 12.000 personas fueron capturadas y enviadas a los tres departamentos de la Marina española, a Cádiz, Ferrol y Cartagena, con el objetivo de sustituir a los peones en los trabajos de construcción. Prisión general para el pueblo gitano.

A su vez, es imposible pasar por alto el Holocausto gitano, conocido como Samudaripen en romanés, el idioma propio del pueblo gitano. Se estima que más de 800.000 personas gitanas fueron asesinadas durante la limpieza étnica nazi. El 16 de mayo el pueblo gitano celebrará el Día de la Resistencia Romaní, ya que, en esa misma fecha, en 1944, el director del campo gitano de Auschwitz II Birkenau, Georg Bonigut, ordenó a sus ocupantes quedarse en sus barracas con la intención de asesinarlos a todos al día siguiente en la cámara de gas. Las prisioneras, especialmente mujeres y niños, se armaron con piedras y otros útiles, gracias a que habían sido alertados por una red clandestina de resistencia en el campo. Las gitanas se atrincheraron en las barracas y fueron capaces de protegerse del peligro del exterminio, aunque fuera por poco tiempo.

«Somos los grandes desconocidos. Un pueblo que ha sido marginado, torturado, sin reconocimiento, sin patria», lamenta Rosa Jiménez, presidenta de la asociación de mujeres gitanas Sim Romi.

«Somos gitanos vascos». Durante toda su trayectoria histórica, el pueblo rom ha tenido la sana obsesión de preservar su cultura, esencia y valores, aun sabiéndose huérfano de propiedades y territorios, y ha pagado un alto precio por ello. En el Estado español perdieron su idioma, el romanés, a costa de la represión que la Corona española ejercía sobre ellos. El caló, derivado del español y el romanés, se mantiene a duras penas. Y el idioma de algunos gitanos y gitanas vascas, el erromintxela, resultado de la fusión entre el euskara y el romanés, se da por extinguido.

Son pérdidas dolorosas para la cultura roma y, en el caso del Estado español, la guerra contra la identidad gitana hizo que lengua castellana prevaleciera también dentro de esta comunidad en detrimento de los dejes propios. En Ipar Euskal Herria, sin embargo, algunos documentos del siglo XVII demuestran que hablaban el idioma local, habiendo en esa época gitanos y gitanas monolingües que solamente sabían euskara.

Pero la represión contra el euskara les afectó de la misma manera que a las familias vascas no gitanas y su uso se perdió en parte dentro del propio entorno familiar rom.

Jennifer Perex, que se prepara para sacarse el título EGA, llevó el testigo de la Korrika durante el kilómetro de Kale Dor Kayiko, en el barrio bilbaíno Otxarkoaga. Fotografía: Luis Jauregialtzo

 

Hoy en día el pueblo gitano vasco lucha por su recuperación por la vía de la educación escolar. Es el caso, por ejemplo, de Jennifer Perex Echevarría, quien ahora estudia para sacarse el título EGA y empuñó el testigo de la Korrika en el kilómetro adquirido por Kale Dor Kayiko en Otxarkoaga. Perex Echevarría, que es técnica de integración social y tiene un grado medio en auxiliar de enfermería, asegura que su madre «luchó muchísimo» para que ella estudiara en euskara.

«Nosotros somos gitanos vascos, nuestros hijos están en la escuela estudiando euskara. Otra cosa es que tengamos más dificultad porque los mayores no lo han aprendido», señala Pilar García, trabajadora social y la primera persona gitana diplomada en la Universidad de Deustu, que también está aprendiendo el idioma. «El valor más importante que les estoy intentando transmitir a mis hijos es que hablen euskara».

La diversidad es enriquecedora. Esta cultura es, por otro lado, difícil de definir, ya que siendo la gitana la minoría étnica más multitudinaria del mundo, se caracteriza por su hetereogeneidad, siendo imposible desgajar los rasgos distintivos que comparten sus miembros. No sería del todo acertado afirmar que, para mantener puras sus costumbres, los rom han caminado siempre por una vereda apátrida en los márgenes de la sociedad mayoritaria, resistiéndose a diluirse entre otras culturas, pues desde siempre han tomado parte activa en la economía de los países donde se han asentado e, inevitablemente, han adoptado costumbres de otras culturas, al igual que la sociedad mayoritaria se ha enriquecido de la cultura gitana.

Aunque nunca lo han tenido fácil, debido a que la construcción de estereotipos y prejuicios derivados de un racismo estructural histórico ha reducido las posibilidades de verse en igualdad de condiciones con el resto de la sociedad. «La participación con el resto de la sociedad depende del punto de partida. Nosotros partimos con desventaja. Para que contribuyamos de alguna manera en la sociedad mayoritaria, tendría que disminuir la brecha social, que existe. Esa brecha que marca las desigualdades que hay entre la comunidad gitana y el resto de la sociedad. Son dificultades que abarcan todos los ámbitos, empezando por la educación, la manera de ver y entender la vida, costumbres, comportamientos», explica Ramón Motos Jiménez, miembro de la asociación Kale Dor Kayiko y titulado en Gestión de Transportes.

¿Inserción o inclusión? «A orillas de este río tengo mi casa, hablo el mismo idioma que los vascos, llevo su misma ropa, pero, a pesar de ello, desconfían de mí (…). No sé cuál es mi patria, porque allí donde voy soy un extraño», escribía Pío Baroja en “La leyenda de Juan de Alzate”, dejando en claro la hostilidad con la que se han topado las personas gitanas en su intento de poner un pie en la civilización mayoritaria.

Pero, a pesar de las dificultades añadidas mencionadas por Motos Jiménez, desde un asociacionismo consolidado –Kale Dor Kayiko cumple este año su treinta aniversario-, así como mediante el trabajo conjunto con las instituciones públicas y diversas asociaciones, el pueblo gitano recorre el camino hacia la visibilización, el reconocimiento social, el respeto y la igualdad.

Motos Jiménez propone distinguir los términos inserción e inclusión. «Cuando hablamos de la inserción la situamos en el plano laboral, que ahí sí que hay una realidad de insertar. Mientras que la inclusión tiene en cuenta otros factores, no te obliga a perder tu esencia para tener que adaptarte. La manera más efectiva sería poder seguir manteniendo nuestra esencia, nuestra cultura, nuestra manera de vivir y, sin perderlas, poder participar en el resto de la sociedad. Apostamos por la inclusión», explica.

Yomara Barrul, estudiante de Educación Primaria en la Universidad de Deustu, por su parte, apunta que «la diversidad es enriquecedora»: «Todas las sociedades se podrían enriquecer de nuestra cultura, y no pensar que tenemos que abandonar para seguir un camino marcado, cuando podrían pensar: ‘También es bonito lo que vosotros hacéis’».

El 8 de marzo, día de la huelga general feminista, ante las mujeres concentradas en Sestao, Victoria Giménez recitó un poema que había escrito ella misma. Decía: «No quiero dejar de ser gitana. No quiero que me marquen los pasos. No quiero que me critiquen por lo que hago o no hago. Quiero que me quieran como soy, con mi cara morena, con mi melena negra, con mis pendientes largos o con el rojo de mis labios. Quiero hacerme vieja a mi manera. No quiero que por hacer lo que otros quieran me llamen buena cuando muera».

El feminismo gitano existe. Dice Giménez que a las gitanas «no nos quedaba otra que ser feministas». «Nosotras hemos trabajado fuera de casa, hacíamos cestas de mimbre. No teníamos casas ni nada, parábamos en los ríos. Las mujeres llevábamos a vender las cestas a los pueblos. Siempre hemos trabajado solas. En la venta, en el trueque, en todo», cuenta en alusión a uno de los muchos oficios que antaño desempeñaban las romas. Y aclara: «Una gitana es muy respetada en casa. Pero no sé por qué se le da la vuelta a eso. La sociedad mayoritaria cree que somos unas esclavas, que estamos por debajo de los maridos, que no nos valoran. Pero nosotras llevamos nuestras casas, la educación de nuestros hijos, la transmisión de nuestros valores, la economía».

Pilar García afirma rotundamente que las mujeres gitanas son «el pilar fundamental» de la familia. «Somos quienes transmitimos los valores a los hijos, las que damos los cambios de la casa. Si nosotras cambiamos la casa cambia, porque somos nosotras quienes la dirigimos». Porque el feminismo gitano existe. Y «no es algo nuevo», añade Rosa Jiménez. «El patriarcado ha hecho mucho daño, en este caso, a la identidad de las minorías étnicas. Porque hace que yo sea gitana por los roles que nos han definido a las mujeres, construidos sobre el cuidado hacia los demás. Pero, en realidad, las gitanas son el motor de la identidad del pueblo gitano. La identidad gitana ha sido construida por las mujeres», explica.

El 8 de marzo de 2018, el colectivo de mujeres negras y racializadas Afroféminas decidió no ir a la huelga feminista, al considerar que la invisibilización de las mujeres racializadas durante este movimiento fue «prácticamente absoluta». Rosa Jiménez, aunque salió ese día a la calle, comparte la opinión del colectivo: «Creo que el feminismo de la sociedad mayoritaria no nos tiene en cuenta, porque reproduce el racismo y el clasismo hegemónico. Y el feminismo de verdad no puede ser ni clasista ni racista. Porque entonces estás reproduciendo lo mismo que el patriarcado, o sea, decir a la otra persona lo que tiene que hacer y cómo se tiene que sentir. Eso no es feminismo, de ninguna manera».

«El feminismo gitano no es menos feminista que ningún otro. Y contemplamos un feminismo diverso, que no sea racista. Porque a la vez que luchamos por el feminismo, luchamos por el antigitanismo», concluye Pilar García.

Yomara Barrul, Victoria Giménez, Baby García y Ramón Motos Jiménez coinciden en apostar por la «inclusión» del pueblo gitano, en lugar de la «integración». Fotografía: Aritz Loiola

 

Familia y cuidados. La familia es la institución fundamental del pueblo gitano y ha permitido poner en el centro los cuidados de todos sus miembros, sean niños, ancianos o personas enfermas. Gracias a las redes de cuidados que forma este entorno familiar, los problemas de conciliación y el abandono de las personas mayores son rara vez vistos entre esta comunidad. El valor que el pueblo gitano le da a la unión familiar y a su cuidado, a su vez, ha sido uno de los instrumentos más importantes para la perduración de su cultura, y generador de un «sentimiento de orgullo» por su identidad, como dice Jiménez.

Dentro de ese núcleo familiar, usualmente extenso, las personas mayores suelen ser el filtro imprescindible a la hora de tomar decisiones importantes, aceptando que, por su trayectoria vital, adquieren la experiencia y el saber para resolver diversas situaciones.

En alusión a los modelos de familia, Rosa Jiménez critica la imagen que se da en la premiada película “Carmen y Lola”, de la directora bilbaína Arantxa Echeverria, un filme donde el amor entre dos mujeres lesbianas se presenta como un drama casi imposible de superar dentro de las familias gitanas. «Viene con una información muy mal utilizada –arguye–. Lo que da rabia es que piensen que no hay lesbianas. Y hay familias que lo viven muy mal y otras tantas que no. Porque, por desgracia, el mundo en el que vivimos, el patriarcado, la religión, hacen que solamente tengamos una forma de ser. Pero la sociedad está cambiando. Ya no vale solo el modelo de la familia homogénea de toda la vida, de padre, madre, hijo e hija».

Libertad de elegir. El poeta José Carlos de Luna escribía las siguientes palabras que oyó decir a un gitano: «Yo soy rico/ porque toda la riqueza/ la alegría y el pan/ la encuentro en mi libertad». Esta frase perfectamente podría resumir el sentir de la comunidad roma, pues apuesta por «la libertad de poder elegir cómo vivimos sin que nos juzguen», como dice la Pilar García. Una libertad que no está necesariamente ligada a la acumulación del capital, pero que no por eso reniega de los derechos laborales, ya que, aclara Rosa Jiménez, busca «vivir sin tener que sobrevivir».

«¿Para qué quieres dos casas? ¿Para qué dos coches?», se pregunta Victoria Giménez, quien, habiendo trabajado desde moza en el campo, en el mercadillo, en una frutería que abrió, limpiando y siendo ahora mediadora social, afirma nunca haber trabajado para adquirir bienes materiales. Así, lo que gana, lo comparte: «No es que no ahorremos, lo compartimos más bien».

Rosa Jiménez, quien además de su trabajo actual en la asociación fue auxiliar de enfermería, cree que el trabajo que impone el sistema capitalista choca con el sentimiento comunitario del pueblo gitano. «Estamos tan estructurados en una empresa que si un familiar enferma te tienen que dar permiso para ir a visitarle. No hay flexibilidad humana. Producción, producción, producción. ¿Y el cuidado? No existe».

El reto. Aunque las personas entrevistadas en estas páginas dicen no confiar en la política porque «nunca nos ha beneficiado», sí se muestran preocupadas por algunos acontecimientos que atacan directamente a los derechos del pueblo gitano. Recuerdan cuando en 2010, el Gobierno de Nicolas Sarkozy empezó a expulsar a miles de personas gitanas búlgaras y rumanas del Estado francés. Desesperan viendo algunos programas televisivos que, explican, «no nos representan». Recuerdan que, a finales de marzo de este año, una horda de payos agredió a varias personas gitanas en Seine-Saint-Denis (Estado francés), tras difundirse el falso rumor según el cual estos secuestraban a niños y niñas.

Ahora, con la amenaza del auge de la ultraderecha en Europa, la esperanza de este pueblo en resistencia, en tanto su mayor reto, sigue siendo la educación. Y así: «Si pudiera volver atrás, daría más por estudiar, porque sé que los estudios te dan la capacidad de defender más a tu pueblo y de ser mejor persona», explicaba Victoria Giménez, la tía Victoria, mientras tomaba café con sus compañeras una tarde del verano pasado.

 

Violeta Pérez: Luchadora y deportista

Violeta Pérez vive en Derio y tiene 17 años, tres medallas compitiendo con la selección española de taekwondo, el título First de inglés, el de deporte escolar y prepara la selectividad para entrar a la Universidad. Dice ser trabajadora, disciplinada y empática. «Y, ante todo, luchadora».

¿De dónde le viene la afición por el taekwondo?

Empecé porque mi tío solía hacer boxeo, y mis amigas, que eran un poco mayores, también practicaban y me enseñaban. Con cinco añitos empecé. Tuve una temporada que lo quería dejar, porque entrenábamos los viernes y yo quería estar con mis amigas. Pero seguí. Ahora entreno los lunes, miércoles, viernes y sábados.

¿Cómo se compaginan los estudios con el deporte?

Organizándome. También enseño inglés, entonces: salgo del instituto, doy las clases de inglés y, como ya estoy en la biblioteca, me quedo estudiando hasta que, sobre las siete y media, voy a entrenar. Sí que tengo que hacer un esfuerzo. Cuando vuelvo de entrenar normalmente me tengo que quedar estudiando. Y así, poquito a poco.

Compitiendo a nivel estatal, estará acostumbrada a viajar.

Yo creo que he estado en toda España ya. He hecho viajes de diez horas, en los que compartes un montón de momentos en el coche: tienes que convivir y aprendes mucho de las otras personas y de tí misma.

Deporte, inglés y estudiando para la selectividad. ¿Es un perfil común dentro del pueblo gitano?

No creo que sea la única, ni mucho menos. Solo que los medios de comunicación siempre enfocan el lado malo.

¿Alguna vez, por ser mujer y gitana, ha sentido que la sociedad mayoritaria le ha rebajado sus expectativas?

Yo creo que me las rebajo yo misma. Veo a mis amigas y creo que ellas lo tienen más fácil: son mujeres y lo tienen también complicado pero, a lo mejor, el hecho de yo sea gitana a los jefes les echa para atrás, por los estereotipos que hay marcados en la sociedad. Tienes que enseñar más de ti, esforzarte más, porque eres mujer y eres gitana.

¿Cómo vive usted el feminismo?

El feminismo, para mí, es la igualdad entre el hombre y la mujer. Me da igual que sea una mujer gitana, tampoco me importa que sea gay o transexual. Da igual. Nos tenemos que unir las mujeres y hacer frente al patriarcado.

¿Hay que reivindicar la gitaneidad?

Mi abuelo me dijo: «Si la periodista te pregunta si te sientes orgullosa de ser gitana, di que te sientes orgullosa de ser una persona humana». Hay que reivindicar la igualdad; la gitaneidad, también. Pero tampoco voy diciendo que soy gitana. Somos todas personas, ¿no? Yo doy clases de inglés y no creo que nadie haya tenido ningún problema con que yo sea gitana. La sociedad supuestamente está avanzando, ¡pues debería avanzar también con nosotros!

¿Qué le sugiere la palabra integración?

A lo mejor, no estamos integrados porque la sociedad no nos deja. La palabra «gitano» trae malos pensamientos y hasta se usa como un insulto. La sociedad impone unos roles según los cuales una mujer tiene que ser así o un hombre tiene que ser así, y como te salgas de ahí, ya eres un raro o estás loco. Pero para que haya algo normal, también tiene que haber algo anormal, porque la normalidad no es nada. Y cuanto más avanza la sociedad, más locos estamos. Porque cada vez tienes que ser más definido.

¿Personalmente, cómo ve su futuro?

A mí me gustaría tener un buen trabajo, eso lo primero: me gustaría poder vivir de ello y estar a gusto, ver que mi trabajo tiene resultados y sentirme orgullosa de mi recorrido. Por otro lado, creo que voy a dejar de competir a los 25 o a los 27 años, porque el cuerpo no te da para más. Y, si pudiera, me gustaría tener un equipo de taekwondo. Por ejemplo, podría trabajar por las mañanas y luego entrenar.