19/05/2019

Reportage
en el noreste sirio
Matrícula en la Universidad de Rojava

Tras un pasado marcado por la asimilación y la persecución más atroces, los kurdos de Siria miran hacia el futuro desde su propia universidad sin olvidar las amenazas del presente más inmediato.

Karlos Zurutuza
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Hay un aula magna, talleres, laboratorios y, por supuesto, una cafetería en la que se remolonea estirando la media hora de descanso. Podría ser una universidad más en Oriente Medio de no ser por el martirologio kurdo en clases y pasillos. También hay ramas de olivo colgando de las pizarras en recuerdo de un doloroso aniversario: el 20 de enero se cumplía un año del inicio de la operación con la que Turquía y facciones islamistas aliadas ocuparon la región kurda de Afrín, en el noreste sirio. Que no se trata de una facultad cualquiera ya lo habían dejado claro los uniformados y sus fusiles de asalto a la entrada del campus; no en vano, la Universidad de Rojava abrió sus puertas en octubre de 2016, aún entre el escombro sin recoger de una guerra que sigue sin apagarse. No tiene el reconocimiento de Damasco, aunque eso tampoco es una sorpresa para nadie.

«Las clases son en kurdo, esa es la diferencia principal, pero tenemos que utilizar el material en árabe hasta que podamos traducirlo», explica Manan Jafar, un kurdo de Afrín que compagina hoy labores administrativas y docentes en el Departamento de Lengua y Literatura Kurda. Aquí se gestiona el papeleo mientras se fuma sobre sillas de oficina que echan en falta algún ruedín, todo entre los pesados archivadores metálicos de la antigua administración –antes era un instituto agrícola–. Algún día se cambiará el mobiliario pero, de momento, las prioridades. Además del de la lengua vehicular también ha habido cambios curriculares: «Hemos eliminado la asignatura de ‘Ideología e Historia del Partido Baas’ (en el poder desde 1963) y la hemos sustituido por la de ‘Cultura Democrática’. En la de Historia también hemos incorporado al resto de los pueblos de la zona», detalla Jafar, entre sorbos de una taza de café soluble. El académico no había nacido aún cuando, en 1967, los libros de texto en Siria comenzaron a omitir toda mención a la presencia de los kurdos en el país. Diez años más tarde, se empezaría a borrar su rastro de los mapas: Serekaniye se convirtió en Ras al Ayn; Kobani en Ayn al Arab; Derik en Malikiyah...

«No se trata solo de recuperar a los kurdos en la historia de Mesopotamia, sino también a otros pueblos ausentes en los libros hasta hoy. De hecho, también tenemos planes de abrir un Departamento de Lengua y Literatura Siríaca», apostilla el de Afrín, antes de reparar en que todos los letreros en aulas y pasillos están rotulados en las tres lenguas oficiales –la otra es el árabe– en el rincón nororiental de Siria. Tras el inicio de la guerra que arrancó en 2011 al calor de la llamada “primavera árabe”, los kurdos de Siria optaron por la conocida como “la tercera vía kurda”: ni con Gobierno ni con la oposición. Su agenda no pasaba por hacerse con el control del país, sino por la autogestión de las zonas en las que la principal minoría de Siria es mayoría. Mientras se defendía el territorio, tanto del Ejército sirio como de grupos islamistas de todas las marcas, salían a la luz partidos políticos kurdos antes en la clandestinidad, se abrían centros para mujeres, asambleas locales, comunas y, en definitiva, se despejaba el camino a una vibrante sociedad civil impensable bajo el mandato de los Asad. La kurdos llaman Rojava («poniente») a su tierra, que, a día de hoy, queda dentro de los límites de la Administración Autónoma del Norte y Este de Siria (NES). Tras la apertura de las primeras escuelas de lengua kurda en la historia de Siria al calor de la guerra, la Universidad de Rojava no es sino un paso adelante más en una revolución que, por supuesto, tiene en la educación uno de sus principales pilares. En su campus de Qamishli ofrece la especialidad de Lengua y Literatura Kurda, pero también las de Ingeniería Agrícola y Bellas Artes. No obstante, la lengua kurda se estudia como asignatura en todos los cursos de cada especialidad.

«No queda otra. A día de hoy, el material escolar se ha traducido hasta el décimo curso (17 años), por lo que muchos de nuestros estudiantes aprenden a escribir en kurdo aquí, en la universidad», explica Massud Mohamed compañero de departamento de Jafa. Natural de Qamishli, Mohamed trabajaba de voluntario en el Departamento para la Prensa Extranjera de la nueva administración pero siempre tuvo un ojo puesto en el sector educativo. «La de la alfabetización en nuestra lengua materna es una carrera de fondo: hay que formar a alumnos pero, por supuesto, también a profesores, y sin apenas medios», explica el activista. También hay que luchar contra la desconfianza de muchos hacia una red educativa que no tiene ningún reconocimiento fuera de este rincón de Siria. Aunque la administración kurda es hegemónica en toda la región, las escuelas “oficiales”, las de Damasco, siguen en funcionamiento y, por supuesto, mantienen el currículum de antes de la guerra. Mohamed lamenta que muchos kurdos manden aún a sus hijos a los «colegios del «régimen» en vez de a los kurdos, aunque dice entenderlo «hasta cierto punto».

«El régimen no acaba de irse y nadie sabe si volverá. La incertidumbre es total pero no podemos dejarnos arrastrar por ella», dice Mohamed, justo antes del tercer corte de electricidad del día. Todavía no han dado las 11 de la mañana. El joven enciende la linterna de su móvil y nos invita a subir a la segunda planta a conocer a Rohan Mistefa. Es la co-rectora de la universidad y ocupa el puesto desde que fuera elegida el año pasado por el Consejo Universitario. Esta kurda de ojos grises ya enseñaba en el campus de Afrín. Se emociona cuando recuerda lo que dejó atrás: «Teníamos 700 estudiantes matriculados hasta el ataque de los turcos. Mucha gente nos preguntaba por qué abríamos escuelas y universidades en mitad de la guerra. Yo siempre les contestaba que la nuestra es una cultura de construir, y no la de destruir de nuestros vecinos y sus aliados», explica esta desplazada de entre los aproximadamente 150.000 del enclave. Aislada del resto de los territorios kurdosirios, Afrín tuvo que convivir desde 2012 con vecinos tan variopintos como el Ejército Libre Sirio, la antigua Al Nusra, el EI, el régimen sirio y, evidentemente, los turcos. 58 días aguantaron los kurdos el asedio de uno de los mayores Ejércitos de la OTAN y sus aliados islamistas. Era una catástrofe anunciada.

«Un sueño hecho realidad». Dependiendo del departamento, se encadenan carteles de mapas climáticos en las paredes, un despiece de ganado vacuno, el ciclo de la fotosíntesis, citas de los clásicos rusos… Todo en lengua kurda por primera vez en una universidad siria. En los pasillos se forman corrillos en los descansos entre las clases, o se camina en solitario para poner el contador del whatsapp a cero, todo entre las risas que llegan de ese grupo de estudiantes que juega un partido de voleibol en el patio. Sparta, en primero de Lengua y Literatura Kurda, ha elegido esta carrera porque el kurdo era su lengua materna y quiere trabajar en esta misma universidad.

«No sabíamos nada de nuestra lengua y yo sigo sin saber gran cosa», dice esta chavala de cejas perfiladas. A Azad, ya en tercero de Ingeniería Agrícola, le habría gustado estudiar Informática, pero no era posible. Ni siquiera es hijo de agricultores, por lo que aún no tiene claro qué hará cuando acabe. Como el resto, Asma era casi una niña cuando empezó la guerra en Siria, pero asegura recordar «perfectamente bien» los años en los que la castigaban si la oían hablar kurdo en el colegio.

«Estar aquí es como un sueño hecho realidad», suelta antes de volver a clase.

Hay que remontarse más de cuatro décadas atrás para llegar a entender un sentimiento que comparte la mayoría aquí. El 12 de noviembre de 1963, un teniente de los servicios secretos llamado Muhamad Talab al Hilal publicó un informe de seguridad que marcaría los tiempos de Damasco para abordar el tema kurdo en Siria. Aquel documento subrayaba que el pueblo kurdo no existía porque carecía de historia o civilización; no eran más que «un tumor maligno que crece en una parte del cuerpo de la nación árabe». El remedio, remataba al Hilal, era extirparlo. Siguiendo las recomendaciones de aquel teniente, Damasco puso en marcha un ambicioso plan para desplazar a la población, e incluso llegó a privar de ciudadanía a decenas de miles; individuos que como única identificación contaban con un documento que indicaba explícitamente que su portador era «de origen extranjero», aunque no decía de dónde, y que se le prohibía abandonar el país. En consecuencia, tampoco podían votar, comprar una casa o tierras, trabajar en la administración… Los indocumentados casados eran considerados solteros, por lo que se les prohibía compartir una habitación de hotel. Por supuesto, los hijos de la pareja heredaban los problemas que acarreaba no existir en los papeles.

Hoy, algunos de ellos caminan por estos pasillos, una elocuente metáfora de los cambios acaecidos. Eso sí, sin olvidar que la importancia de la universidad trasciende, paredes e incluso fronteras. Nos lo recuerda Manuel Martorell, periodista y experto de Oriente Medio.

«La actividad cultural y universitaria permitirá a los kurdos estrechar las relaciones con otros focos universitarios de otras regiones kurdas en Turquía, Irán o Irak, superando así las limitaciones y condicionantes impuestos por los distintos regímenes o partidos políticos dominantes. Es un hecho que, indudablemente, reforzará el proyecto nacional al menos en el terreno intelectual, cultural y lingüístico», asegura el navarro, uno de los autores referenciales sobre el tema kurdo en el Estado español.

Martorell también subraya que es igualmente importante tener presentes otros aspectos estratégicos, como los estudios etnológicos y lingüísticos relacionados con los distintos pueblos que la habitan, o los dedicados a la situación de la mujer.

Pintar el drama. Se trata de una auténtica carrera contrarreloj para desprenderse tanto del yugo de la tradición como el impuesto por un régimen hostil, máxime cuando el futuro más inmediato no acaba de despejarse. Tras el anuncio de Trump el pasado diciembre de retirar las tropas estadounidenses del noreste de Siria, Recep Tayip Erdoğan, el presidente turco, amenaza constantemente con invadir el territorio. Para muchos, la retirada norteamericana en un momento en el que los kurdos siguen luchando contra el Estado Islámico es la oficialización de la enésima promesa rota de una larga lista. Si es cierto que la historia se repite, la de los kurdos parece hacerlo con demasiada frecuencia.

«No me atrevo ni a pensar que pueda suceder otra vez», admite Iskander, otro estudiante de Lengua y Literatura Kurda de Afrín, a quien las amenazas de invasión de Erdoğan le provocan una sensación de déjà vu. De no haber tenido que huir para salvar su vida, le habría gustado continuar con sus estudios de Periodismo en Afrín, pero en Qamishli no había opción. Al igual que sus compañeros de éxodo, Iskander también transpira nostalgia. «La nuestra no era solo una buena universidad sino que, además, reunía a gente de toda la región de los pueblos y aldeas como la mía. Nos conocíamos todos y, aunque estábamos aislados, nos sentíamos fuertes. No perdimos la ilusión hasta el final», recuerda el chaval.

Volverá a casa, dice, «cuando los factores políticos lo permitan». Y tiene razón. Que se vuelva a reabrir el campus de Afrín dependerá, entre otras cosas, de un hasta el momento complicado encaje entre el régimen y la administración del noreste sirio. El retorno de Asad a esta tierra pasaría por un reconocimiento de las minorías no árabes del país así como el de la autonomía de la región, condiciones que, por el momento, no parecen convencer a Damasco.

Buscamos respuestas en la sede del PYD (Partido de la Unión Democrática), el dominante entre los kurdos de Siria. Se tardan menos de diez minutos andando desde el campus. Nada más atravesar el muro que rodea el cuartel general de la formación, Salih Muslim, uno de los rostros más conocidos de la disidencia kurdosiria, nos espera en la misma entrada. «Podemos sumar fuerzas con el Ejército sirio tanto para recuperar Afrín como Idlib [enclave bajo control islamista protegido por Turquía], pero no a costa de volver a revivir aquellas décadas de represión bajo Asad padre e hijo», explica el portavoz del PYD. Según dice, las negociaciones de encuentran «en vía muerta», por lo que tanto el futuro de Afrín como el del resto de Rojava siguen siendo variables en una ecuación que no acaba de despejarse.

De vuelta en el campus, ahora en el edificio que ocupa la Facultad de Bellas Artes, Fatma Bakir se concentra en la clase de “Perspectiva” a la antigua usanza: con lápiz, escuadra y cartabón. Esta joven de 20 años y cabello negro recogido en un moño había empezado ya a estudiar en Afrín, y ahora cursa segundo. No tiene dudas de que volverá a casa, «aunque puede ser dentro de un año o de cinco». Cuando se licencie, añade, pintará el drama de su pueblo «desde sus orígenes»: desde Kawa, el herrero que, según la leyenda, liberó al pueblo kurdo del sangriento rey Zahak, hasta la liberación de Afrín.