14/06/2020

La poética de un instante
IKER FIDALGO ALDAY
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El mito del arte ligado a un talento innato es un concepto plenamente superado. Sin embargo, aún hoy aparecen en nuestro día a día coletazos de esta idea. Tanto la genialidad como las figuras excéntricas se han quedado clavadas en nuestro imaginario, alimentando los tópicos habituales que rodean al arte. Si bien esto nada tiene que ver con la realidad, lo que sí es cierto es que la creación artística nos permite y nos invita a cambiar la óptica con la que miramos el mundo. Compartir una sensibilidad entre público y pieza es un proceso que invita a transitar por caminos que no habíamos imaginado. Una de las tantas facetas de la creación es aquella que insiste en la captación del tiempo. Mientras nuestra vida avanza, la memoria es una manera de construir una cultura colectiva y de agarrarnos a todo aquello que nos convirtió en lo que somos ahora.

Uno de los legados más referenciados del fotógrafo Henri Cartier-Bresson (Estado francés 1908-2004) es la definición del llamado “instante decisivo”. En un alegato para huir de las encorsetadas fotografías de estudio, Cartier-Bresson asumió la calle como reflejo de vida y la cámara de fotos como una máquina para captar aquellos retazos que la imagen permite convertir en eternos. Junto a esto, la importancia de la composición es otra de las patas en la que se sustenta esta forma de trabajar, siendo decisiva para un resultado óptimo. Por último, el motivo o aquello que se fotografía es donde se posa la capacidad narrativa del revelado resultante. En ese eje, tiempo, composición y contenido descansa una de las ideas principales de un referente de la fotografía del siglo XX.

El paradigma actual ha cambiado y la llegada del mundo digital ha revolucionado los modos de hacer, hasta llegar a un momento en el que todos estos conceptos parecen estar en constante actualización. Sin embargo, hay una cosa que no deja de ser cierta: El arte sigue siendo capaz de hacer de un gesto aparentemente irrelevante, un lugar para el encuentro.

Helena Goñi (Bilbo, 1990) es uno de los nombres más prolíficos de nuestro territorio y posee una trayectoria, a pesar de su juventud, que merece ser disfrutada con detenimiento. Si bien trabaja desde varias disciplinas, la fotografía es sin duda el campo en el que más ha logrado perfilar su producción. Tras su formación en Euskal Herria y Londres, ha sido galardonada en varios festivales y ha participado en diversas exposiciones en Europa. En el año 2017, Helena realiza un viaje sola por Canadá motivada por visitar el país en el que vivió cuando era niña. Este viaje le proporciona varias vivencias que de vez en cuando publica en sus redes sociales como parte de su experiencia. En uno de los trenes que conformaron su itinerario conoce a Gabe, un chico de unos 13 años con el que poco a poco acaba por entablar una relación a base de pequeñas conversaciones. En ellas la autora descubre detalles de su vida fruto del tiempo compartido en aquel vagón y termina por crear un vínculo que marcará el recuerdo de aquel viaje. De aquel corto encuentro quedan dos retratos en los que Gabe mira tímidamente a la cámara de Goñi. Sus manos entrelazadas descubren su mirada o parecen agarrarse la mandíbula a punto de comenzar un bostezo. Todo a medio camino entre un gesto leve y forzado, pues es imposible ser natural delante de un objetivo. La autora nos permite entrar en un lugar aparentemente reservado para la intimidad de su memoria. La intensidad de lo vivido enmarcado por dos pestañeos convertidos en imagen. “Dos retratos a Gabe en el tren” es la obra ganadora de la edición de 2020 del premio Ertibil Bizkaia y es también una pequeña ventana a una sensación que, por un momento, parece ser nuestra.