Pura pintura

A pesar de las revoluciones tecnológicas y la democratización de los medios de registro visual, la pintura sigue manteniendo un sitio desde el que emitir su voz. Esta disciplina artística sobrevive a los nuevos escollos que en cada nueva era de la imagen parecen dispuestos a enterrarla, pero nunca lo consiguen. Las técnicas gráficas y su evolución en la producción mecánica de imágenes (grabado, serigrafía, etc.). El nacimiento de la fotografía y la garantía de fidelidad con la realidad. El abaratamiento de las cámaras y su entrada en la cotidianidad y, por último, el gran salto de los medios y la cultura digital. Con todo esto, la pintura ha seguido teniendo un lugar, superando crisis de identidad, pérdidas de protagonismo o incluso disolución de sus fronteras para entremezclarse y disolverse en otras cosas que no son, o al menos no eran a priori, pintura.
La pintura es un campo expresivo, un ámbito disciplinar, una manera de ver y estar en el mundo o de interpretar nuestra realidad. La pintura es capaz de representar, pero también de evocar, de imaginar, de elevar a otro estado cualquier elemento dispuesto sobre el lienzo. Es a su vez una posibilidad de experimentación. Una fuerza matérica. Un lugar de descontrol, instinto y gesto. Puede ser un lugar enérgico y violento, y un reposo para lo sutil y lo vaporoso. Todo esto alberga la pureza de su identidad, la capacidad de expandirse libre de ataduras y formando parte del tiempo que le ha tocado vivir. Algo tan puro que puede estar plagado de impurezas y, sobre todo, libre de puristas.
La reseña de hoy se desarrolla en torno a la exposición que la galería Juan Manuel Lumbreras inauguró a mediados del mes pasado y que podrá visitarse hasta finales de febrero. “La herida al aire”, firmada por el artista bilbaino Jorge Rubio (Bilbo, 1972), es sin duda garantía de una muestra afincada en la pintura como declaración de intenciones. En sus piezas se presentan una serie de elementos que, conjugados entre sí, aportan una coherencia irrefutable. En sus cuadros encontramos elementos narrativos de corte onírico. Resoluciones formales que abrazan propuestas realistas pero que no renuncian a la energía del gesto. Incluso obras que juegan con acabados propios del cómic o la ilustración. La figura humana, a veces disipada, transparente o seccionada, se conjuga con momentos en los que el propio material de pintura se revuelve invocando la potencia de su presencia física. En la sala conviven lienzos que abarcan tanto formatos pequeños como de tamaño considerable. Si bien destacan composiciones como “Omenaldia” o “En blanco”, conviene prestar atención a series como “Colossus”, de gran sensibilidad plástica.

La resistencia de un pueblo ante la oscuridad de los incendios en Galiza

«Siempre me he inclinado del lado del pobre, del humilde, del que sufre. Ahí he estado, sigo estando y estaré»

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