IRITZIA

Burka

No conozco ninguna persona de izquierdas que esté a favor del burka. Si alguien la conoce, que me la presente, por favor: por la vía rápida aclararíamos en un tris tras si es cierto que está a favor del burka o si, simplemente, se desmiente en un instante que es de izquierdas. El burka no es el Islam, como los Legionarios de Cristo no son el cristianismo, como la cultura judía no son los crímenes de Israel. Por contra, tengo compañeras musulmanas feministas que llevan velo por libre albedrío. Y escritoras catalanas de origen árabe que lo critican. Unas y otras hacen y dicen lo que quieren desde la propia libertad. En mi ciudad, el niqab no está inundando ninguna calle y, paradójicamente, donde más burkas he visto -muy pocos- es en el lujoso paseo de Gracia barcelonés. En coches de altísima gama, a las puertas de las boutiques más caras y una vez han aterrizado en jets privados desde los palacios feudales de cualquier teocracia disponible.

La izquierda -¿qué izquierda, aquella que siempre aparca al fondo a la derecha?- anda como siempre algo intimidada, desnortada y despistada. La conclusión, me temo, es que hay que estar doblemente en contra del burka y en contra de los que lo quieren prohibir -sin aclarar nunca cómo, aunque se sepa que solo pretenden hacerlo a hostias-. Simultáneamente es así: no hay otra que estar tan en contra de la radicalización talibán -o salafista- como de la islamofobia radical -y su variante islamoignorante- que promueven las extremas derechas machistas que, en nombre de las mujeres, niegan las violencias patriarcales. Ambas son regresiones -agresiones- reaccionarias. Recordando que décadas de ocupación imperial en Afganistán tampoco han sabido derrotar al régimen de los talibanes. Recordando, como vergüenza, cuántos tratados, negocios y ligas españolas se juegan en Arabia Saudí, cuna del wahabismo más fanático e integrista.

Con el burka pasa como con el manido recurso a la seguridad securitaria y la criminalización racista de la migración. Siempre se acusa a la izquierda de olvidar esos temas. La trampa es tan fácil como absurda como reversible. El dedo acusador siempre es que, si no hablas de seguridad como ellos quieren -en sus mismos términos, cerrando filas y comprando su cruzada nacional-, por lo visto no hablas de seguridad ni de migración ni de nada. O copias el dictado y repites como un loro o no sales en la foto. Y ahí también hay otro doble dilema: si para hablar de seguridad la izquierda tiene que hablar desde el frame ultra, mejor que no hable; si para hablar de migración pretendiese imitar a los pintores de brocha gorda o recurrir solo a criterios economicistas, más valdrá que enmudezca. Hay hemeroteca -porque la otra izquierda persistente a pie de calle lleva décadas hablando de migración y racismo, comunidad y libertad, exclusión y seguridad, derechos civiles y represión- y hay alternativa. La de hablar siempre: no como quieren ellos, sino contra el odio que cada día escupen.