Igor Fernández
Psicólogo
PSICOLOGÍA

Endogamia

(Getty Images)

En genética se sabe que la hibridación de dos individuos con un material genético suficientemente similar aumenta el riesgo de mutaciones que deriven en rasgos o condiciones no adaptativas, razón por la que la mayoría de las culturas tienen algún tipo de tabú en torno al incesto. Psicológicamente, podríamos decir que también existe un riesgo análogo cuando vivimos en entornos en los que los estímulos disonantes son escasos.

Nuestro cerebro es un órgano especializado en crear modelos del mundo, representaciones mentales que nos ayuden a sobrevivir en un entorno físico dado. Una parte de nuestra identidad se apoya en ese resultado narrativo sobre lo que es el mundo, su propósito, unidad y sentido. La enorme plasticidad de la mente permite construir dichos modelos, pero, una vez establecidos, pasamos de ser constructores de modelos a ser defensores de modelos; se invierte la relación entre el exterior y el interior, las estructuras del cerebro dejan de estar configuradas por el entorno y la persona pasa a defenderlas del mismo. Pasamos de reaccionar al entorno a buscar en él congruencias o incongruencias, usando nuestra emoción ante los nuevos estímulos como brújula para dicha confirmación. Por así decirlo, una vez establecido un modelo, dejamos de pensar, de desafiarnos, para pasar a confirmarnos. Incluso somos capaces de creer que nuestra búsqueda por dicha confirmación es noble y rigurosa, cuestionando la autoridad de expertos, peleando activamente contra quien nos trae un modelo diferente al que acabamos de adoptar.

Parece un contrasentido, pero la inteligencia a veces no es suficiente para desmontar este espejismo cognitivo, de hecho, incluso puede ser un obstáculo, ya que pueden ser muy buenas demostrando que están en lo cierto, pero no dárseles tan bien detectar cuando están equivocadas.

En definitiva, nuestra emoción de agrado o desagrado a este respecto está íntimamente relacionada con la familiaridad del modelo del mundo que el otro tiene, e incluso nuestro cerebro reacciona de forma similar ante una confrontación de este tipo a cómo lo haría ante un peligro físico, activando la alerta, estrechando la atención, etc. De hecho, gran parte de nuestros conflictos sociales orbitan en torno a la defensa de un modelo mental de las cosas, que tememos -sí, el miedo está en el centro- perder. Entonces es como si se desmoronara la realidad misma, la esencia del yo.

Es como si entonces olvidáramos un punto radicalmente importante, mucho más en el centro de nuestra esencia que el modelo que defendemos: que hubo un tiempo en que no teníamos un modelo, que elegimos uno entre muchos y que esa cualidad de “creación” es transversal a todos los modelos, y que sí, también es nuestra. ¿O acaso el mundo nos ha permitido mantener los modelos mentales inmutables desde las cavernas? Antes de negar al otro, miremos un ratito a nuestro propio miedo.