
Los comentarios incendiarios colapsaron la red social. Y luego, como estaba previsto, no pasó nada. Es un drama, pero habrá que reconocer que lo habitual es que no pase nada, más allá de cientos de enfadados. ¿Qué debe de ocurrir en el Estado español para que la reacción general mitigue esa sensación de ser víctima de un inmenso «tocomocho»?
Twitter no es el mundo real y los billetes que fluyeron no son de Monopoly. Y puede que en este desfase entre lo tangible y lo ficticio esté la razón de lo descompensado entre el saqueo y la respuesta.
Corrupción, recortes, miseria y la soberbia de quien se cree impune son elementos que bailan, que se van mezclando. Por ahora, es obvio, no en la proporción adecuada. Esto explica que Cospedal pueda permitirse decir que se sienten legitimados para seguir con los hachazos sin temer a la turba.
Pero también hubo un momento, en el París del siglo XVIII, en el que los panfletos impresos terminaron confluyendo con el enfado generalizado.

El Aquavox que Barcina impuso para cargarse el gaztetxe acaba en fiasco millonario

La torre de Disney en Gaubea que ha molestado a los escaladores

Testimonios de agresiones en Mitika confirman la inacción oficial previa a la muerte de Kerman

«Gure hizkuntzak ez du amore ematen»: Etxezarretaren aldarria Gasteizko jaietako pregoian


