M.I.
BILBO

El cambio político en América Latina no vive un fin de ciclo pese a las derrotas

La derrota electoral de Evo Morales en el referéndum constitucional ha vuelto a reactivar el discurso que augura el fin de ciclo político en América Latina tras casi dos décadas de gobiernos progresistas que han acometido procesos de reforma, demostrando que es posible un cambio político sustancial y que se puede hacer a través de las urnas.

El revés electoral sufrido en Bolivia por Evo Morales, su primera derrota directa en una década, se suma al del kirchnerismo en Argentina y al del chavismo en Venezuela y a la decisión del presidente de Ecuador, Rafael Correa, de no postularse a las elecciones presidenciales de 2017 por motivos políticos, lo que es considerado un nuevo fracaso del socialismo del siglo XXI, que irrumpió en la región hace 17 años bajo el liderazgo de Hugo Chávez y que tuvo su momento de gloria en la primera década del presente siglo y en los primeros años de la presente. Esta sucesión de derrotas ha alimentado el debate sobre el fin del ciclo político progresista que en América Latina han liderado Venezuela, Ecuador, Bolivia, Argentina, Uruguay y Brasil, junto a Cuba y Nicaragua.

Si algo unía a todos esos gobiernos era su llegada al poder a través de procesos electorales en medio del rechazo popular provocado por las políticas de ajuste neoliberal que se generalizaron en América Latina en la década de los 90 y la puesta en marcha de procesos de cambio más o menos profundos y la aplicación, gracias a las regalías de la exportación de hidrocarburos, minerales y agroalimento en pleno ciclo alcista de sus precios, de políticas asistencialistas que derivaron en un notable descenso de la pobreza y la desigualdad.

Para el investigador y analista uruguayo Eduardo Gudynas, secretario ejecutivo del Centro Latino Americano de Ecología Social, no se trata de un cambio de ciclo y, en concreto, asegura que el proceso de Uruguay es más estable y que el de Bolivia puede seguir existiendo independientemente de una eventual derrota electoral.

Pero sí cree que el «progresismo» –«la izquierda se transformó en progresismo al llegar al Gobierno»– está agotado porque no genera nuevas ideas y muestra algunas tendencias al «autoritarismo».

En una conferencia ofrecida en Bilbo, Gudynas aseguró que los gobiernos progresistas de América del Sur han demostrado que es posible un cambio político sustantivo y que se puede hacer a través de un proceso electoral; han logrado recuperar el papel del Estado y desterrar las políticas de austeridad –no totalmente en Brasil–; han cambiado el balance social de lo que se exige al Gobierno y han reducido la pobreza, aunque también «se han perdido los viejos esquemas de solidaridad y el bienestar ahora está ligado al consumismo».

Cambios sustanciales

Sin embargo, sostuvo que «no cumplieron la expectativas y son un obstáculo para seguir construyendo alternativas», pero destacó que demostraron que «un cambio potente es posible y hasta dónde puede llegar» y también que, aunque «se ganó el Gobierno ahí no acabó todo, ya que la economía global –y las miserias de cada uno– condiciona lo que se puede hacer». «La llegada de la izquierda al poder indica que puede haber cambios sustanciales, pero no cambiaron las estrategias de desarrollo», dijo.

Este analista de los procesos políticos impulsados en Sudamérica es especialmente crítico con el modelo de desarrollo potenciado por estos gobiernos, cuyas economías «siguen dependiendo de la venta de materias primas» y, por eso, son «muy frágiles» y han desembocado en una fuerte desindustrialización, ya que «hay mucha plata y la moneda está tan sobrevalorada que es mejor comprar que producir».

«Las estrategias de desarrollo de estos gobiernos –afirmó– no son neoliberales por la fuerte presencia del Estado y sus programas de asistencia social, pero siguen siendo tradicionales en cuanto que se basan en la exportación de materias primas, se cimentan en la idea de progreso y cuyos ingredientes básicos son exportación e inversión extranjera».

«Puede cambiar la ideología política, pero no va a surgir una variedad de desarrollo que cuestione su eje central», sostuvo Gudynas, quien agregó que «a quienes se salieron de la ortodoxia –Argentina y Venezuela– les fue mal».

Y consideró que es para amortiguar su impacto –medioambiental o de otro tipo– por lo que se aplican políticas sociales con compensaciones económicas mensuales dirigidas a los más pobres. Pero señaló que «necesitan mantener las estrategias de desarrollo convencional para mantener sus planes de asistencia», aunque mantuvo que estos suponen un porcentaje mínimo del PIB: en torno al 1% en el caso de Ecuador y al 0,4% en el caso de Brasil y Bolivia.

Lo que está claro es que esa pequeña cantidad mensual es útil y en muchos casos «salva» a sus perceptores, independientemente de que se emplee para captar voto popular.

Criticó también Gudynas que el extractivismo va de la mano del hiperpresidencialismo o caudillismo, a su juicio uno de los problemas de los gobiernos progresistas, con una creciente concentración de poder y tendencia a querer perpetuarse en el poder, porque «las empresas necesitan decisiones rápidas».