«Queremos trabajar y tener una vida mejor»
Compartir unas horas con personas que necesitan la Ayuda de Garantía de Ingresos (AGI) sirve para confirmar que el que está peor aquí está mejor que el ciudadano medio de muchos otros países y que, a pesar de los recortes sociales, continuarán viniendo, ya que lo que buscan es trabajar y no «vivir de las prestaciones» como dicen algunos políticos alimentando la xenofobia. Estas son las vidas y los sueños de Yousef, Uma y Faical.

«¿Es derecho o limosna? Si es limosna no la quiero»
Youcef
Argelino. Lleva 14 años en Euskal Herria. Actualmente vive en la calle
Youcef necesita la Ayuda de Garantía de Ingresos (AGI) pero no puede solicitarla puesto que no cumplirá los requisitos hasta diciembre y el grifo se cerrará en julio. Aunque lleve 14 años aquí, no ha recibido ningún tipo de ayuda, ni la AGI ni la Renta de Garantía de Ingresos (RGI). Nos cuenta que la razón es que no tiene continuidad en el padrón. Le quitaron el certificado por no poder pagar el alquiler de la habitación en la que vivía. Lo han echado de casa varias veces; la primera en 2011, cuando pidió por primera vez la AGI. La espera fue muy larga (5 meses) y entre tanto perdió la vivienda y el padrón.
«Cuando vine se suponía que a los seis meses ya teníamos derecho a ayudas, pero entonces había empleo. Vine a buscarme la vida correctamente, a trabajar, y no pensé en las ayudas hasta la crisis. Pero no me han dado ni ayuda ni trabajo. ¿Cómo vivo? No vivo, malvivo. Y como yo, mucha gente».
Es pintor y, aunque ahora no trabaje, viste con buzo porque está buscando empleo y también porque «siendo árabe da mejor imagen la ropa de pintor que la de calle».
A los 23 años salió de su país, Argelia. «No había seguridad, no teníamos mucha libertad por problemas políticos, y salí para poder vivir tranquilo. Las perspectivas en Europa eran mucho mejores y no sabíamos ni que existían las ayudas. Primero pasé dos meses en Zaragoza. Trabajé con un vasco que siempre me contaba cosas de Bilbao. Fui, pero no me gustó. Un día de agosto, por casualidad, llegué a Donostia, al Boulevard –justo donde nos hemos citado para la entrevista–. Me acuerdo que eran fiestas y que había mucha gente; había malabaristas, artistas... Me pareció una ciudad viva y me encantó. Me quedé aquí hasta las 22.00, sin comer. Estaba tan contento que no pensaba en buscarme una habitación o en la comida. Decidí quedarme».
A los pocos días, cuando se encontraba en la estación de Renfe, le contrataron para vigilar que nadie pasara sin billete. Al conseguir trabajo, le dieron un mes de alojamiento en un albergue. Luego se cogió una habitación en Gros. «Pensé en aprender alguna profesión y realicé un curso de pintura con Sartu. Trabajé mucho en la pintura de casas... hasta que llegó la crisis».
«Tengo que seguir; no puedo echar la toalla. Tengo mucha frustración dentro, pero no tengo derecho de sacarla. Buscaré trabajo e intentaré sobrevivir de la mejor manera. No voy a decir ‘ahora que quitan la ayuda me voy’; en 14 años no la he recibido».
«Me siento perdido cada vez que pienso en las ayudas. Pierdo los nervios. Si me quito ese peso de encima, estoy mucho mejor. Acláramelo: ¿Tengo derecho a la ayuda o me la vas a dar si quieres? Si es limosna, no la quiero. Si es mi derecho, sí».
«El racismo es económico»
Ve que las palabras “árabe”, “extranjero”, “robo” y “droga” se meten en el mismo saco. También que «el racismo es económico». «A mí mismo, con dinero y buena presencia, no me llaman ‘moro’; seré ‘el árabe’. Pero si duermo en la calle y me levanto por la mañana con un poco de suciedad, la cosa cambia. Cuando ven al pobre sentado en una cafetería como esta, no les encaja la pieza en el puzzle. Igual a una persona de aquí que está trabajando no le va bien y no tiene ni tiempo para sentarse así. Y ve a un pobre riéndose en una terraza, tal vez con unas zapatillas Nike o algún pantalón caro, aunque tenga solo ese pantalón. ‘¡Qué bien viven!’ puede pensar. Estos prejuicios existen, pero no en todas las personas. ¡Menos mal!».
En opinión de Yousef, lo esencial no son las ayudas, sino el trabajo de cada día. «La ayuda te puede dar un empujón, pero no es para triunfar en la vida». Su sueño es «tener trabajo todos los días, ahorrar y vivir. Que no tenga que acudir a otras personas para vivir. Sentir que existo, que valgo, que me necesitan... ¿Quedarme aquí cobrando las ayudas? No es mi objetivo».
«Aquí hemos encontrado la tranquilidad»
Uma y Faical
Nepalí que recibe la AGI y marroquí que no podrá solicitarla. Ambos viven en Arrasate
Uma, de 35 años, y su familia llevan año y medio en Arrasate. Antes vivieron en Ordizia. «Llegué en 2012 junto con mi marido. Ahora tenemos una niña. Nació en Zumarraga. En julio cumplirá tres años». Desde Nepal fueron a Inglaterra. «Pasamos una época allí pero no teníamos visa ni permiso para trabajar y por eso vinimos aquí. Para trabajar. Pero no hay empleo. Menos mal que tenemos ayuda, pero queremos trabajar». En el Estado español se pueden tramitar de alguna manera los papeles; en otros estados no es así y es por eso que vinieron aquí.
Dejaron atrás su pueblo porque la vida allí es muy dura. «En 24 horas solamente hay electricidad durante seis o siete horas. El agua tampoco es buena para beber y la educación y la política son muy malas». No veían futuro en Nepal. Primero recibieron la AGI y ahora cobran la RGI, puesto que llevan más de tres años. «La AGI eran 870 euros para tres personas. Para pagar el alquiler y los gastos, y para comer. Es muy poco dinero, pero al menos es un apoyo».
Preguntada por su opinión respecto a la retirada de la AGI, cuenta que tiene una amiga en Ordizia. Llegó el pasado noviembre desde Inglaterra y no sabe si podrá cobrar la ayuda, ya que no llega a un año pero está embarazada y teniendo familia sí que se puede pedir la prestación hasta el 31 de diciembre. No sabe si dependerá de la fecha en la que nazca el bebé.
En cuanto a Faical, marroquí de 32 años, llegó a Arrasate hace cinco meses. Antes pasó en Andalucía otros dos meses. «He venido a buscar una vida mejor, a estudiar, a muchas cosas. Primero quiero aprender castellano porque me encuentro con problemas para comunicarme y me hace mucha falta», comenta mezclando el castellano y el árabe. Realizamos la entrevista con la ayuda de un traductor, en la sede de Cáritas de la localidad de Debagoiena. Nos acompaña también el párroco Horacio Argarate.
En Euskal Herria ve que hay integración y que las cosas son más fáciles. «Me he topado con gente buena que me ha apoyado para salir adelante, entre otros, personas de Cáritas que me han acogido y me han dado donde vivir; también comida y muchas cosas. La situación aquí me parece mejor y veo que puedo sacarme la vida. En Andalucía sufrí mucho porque no encontré las puertas abiertas como aquí».
Al llevar cinco meses en Gipuzkoa hubiera tenido la mitad del camino recorrido para recibir la AGI pero con el recorte, al venir solo, sin familia, quedará fuera. Comenta que al escuchar la noticia de la retirada se asustó un poco por la diferencia que supone tener acceso a la ayuda a un año de la llegada o a tres, pero hoy en día se siente más protegido, ya que al menos tiene un techo y dónde comer, y eso le tranquiliza un poco. Le gustaría trabajar en algo relacionado con la mecánica o la soldadura. En Debagoiena ve que mucha gente tiene empleos de ese tipo y querría hacer algún curso y especializarse.
«No estoy sufriendo racismo. Cuando voy a tomarme un café o en el autobús me tratan bien y estoy a gusto. Aquí no hay muchos extranjeros como en Andalucía. Allí hay muchos problemas con la Policía. Aquí he encontrado la tranquilidad», declara. Uma repite estas últimas palabras, haciéndolas suyas.
«Queremos trabajar», ese es el mensaje que desean transmitir tanto Faical como Uma. Como ni ella ni su marido tienen trabajo, la niña tampoco tiene papeles, aunque haya nacido aquí. Primero tienen que hacer los papeles los padres y luego la niña.
«Es una ayuda humanitaria»
«Han venido por bien de Gipuzkoa, no por su mal», remarca el párroco. «A veces sentimos su presencia como una amenaza, y no es así. Rejuvenecen nuestra sociedad, realizan mucho esfuerzo para ser partícipes y es un reto de todos darles una buena bienvenida. Medidas como la retirada de la AGI no ayudan a lograr ese objetivo. Hemos dado un paso atrás. Que una persona salga de su pueblo y viva en otro es un derecho humano. Se tendrá que regular pero no es un capricho y la AGI es una ayuda humanitaria».
«Siempre ha existido y existirá la migración; la cuestión es cómo recibe a las personas una sociedad avanzada y cómo encamina el proceso para lograr que se hagan de aquí. No queremos crear personas dependientes, sino ciudadanos libres y dignos. Pero para ello, al comienzo, necesitan la ayuda de todos. Luego el tiempo también hará el trabajo de la criba. Algunos no podrán quedarse por mil motivos y otros se harán de aquí. Ahora tenemos una herramienta menos. El futuro de estas personas queda en manos de la sociedad y no en el de las instituciones. Y estas están para ayudar a la sociedad; no viceversa. Aunque la caridad ha resultado necesaria, por encima está la justicia que se le debe a las personas».

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