Si hay una revuelta que desdice a quienes desde un lado o de otro han difamado o instrumentalizado la malograda «primavera árabe», esa es la que seis años después sigue sin apagarse en Bahrein. Y todo ello pese a haber sido, interesadamente, una de las más desconocidas y menos publicitadas.
Los bahreiníes tienen la desgracia de ser mayoritariamente chiíes, y de estar bajo las botas de un régimen suní que alberga la V Flota estadunidense, para que sus exigencias de democracia fueran dinamitadas –como el monumento a la perla– por el Ejército saudí con el silencio cómplice de Occidente. El mismo Occidente que en ese mismo momento reiteraba su apoyo a las protestas contra Muamar al Gadafi en Libia o contra Bashar al-Assad en Siria.
Bahrein es la prueba del nueve de la instrumentalización por parte de Occidente de las protestas árabes, en un intento de imponer a través de ellas su propia agenda.
Pero Bahrein es a la vez la prueba de que esas revueltas árabes no fueron una invención. Su impronta democrática y, por tanto mayoritariamente chií, desdice a los que insisten en ver una mano oculta en el origen de las «primaveras árabes». A no ser que aspiren a escribir la historia a la carta (esto sí, aquello no..), ejercicio siempre condenado al fracaso. Bahrein demuestra que las revueltas árabes fueron, siguen siendo y que, algún día, volverán a ser. Porque todas las causas que las originaron siguen ahí...

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