Sabéis que lo que viene ahora no va a ser fácil». «Claro, claro, lo sabemos». Ambas interlocutoras, una en Catalunya, la otra en Euskal Herria, apenas podían contener las lágrimas. Bueno, apenas no; no podían, no querían. Fue un día para llorar, histórico, cuyo alcance comprenderemos cuando dejemos de tuitear de una vez.
Ayer se rompió una maldición, esa que hacía que en los momentos mágicos, cuando el asalto a los cielos parecía inminente, algo ocurría que lo mandaba todo al garete. Un paso atrás, una renuncia, una traición... cuántas veces habrá ocurrido en la historia. Esta vez, no.
Es verdad que resta mucha pelea, que el Estado va a descargar todas sus baterías y que el futuro de algunas personas, probablemente muchas, de las que han protagonizado este sueño es incierto. También que los golpes podrían amortiguarse si desde Euskal Herria, o las personas demócratas del Estado, de Europa, adquiriéramos un nivel de compromiso parejo al de la sociedad e instituciones catalanas. Que lo hagamos o no servirá para retratarnos y, quizá, para avanzar en nuestros propios objetivos. Pero eso ya es cosa nuestra, ellos han emprendido su camino.
No será fácil, pero lo más difícil es dar ese paso, el histórico, el paso que lo cambia todo. Su capacidad de empoderamiento, de liberación emocional, es formidable. Han cruzado el Rubicón. No un ejército, sino un pueblo. Alea jacta est.

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