Tres sin techo muertos en mayo en Nafarroa, así es la exclusión extrema
En mayo se hallaron tres cadáveres de personas sin hogar en Nafarroa, lo que supone un hecho trágico y nunca visto. Dos habían fallecido en chabolas y un tercero se encontró en un camión de la basura, que lo recogió de un contenedor frente al Corte Inglés.

Los bomberos llegaron a la zona alertados por un pequeño fuego. «Acudimos desde el parque de Iruñea. Había un incendio de vegetación en la ripa de Beloso, justo debajo de la gasolinera. Vimos dos focos diferentes. Uno junto al río y otro en el interior, debajo de la ripa, en la base. Fuimos primero a por el del río y lo apagamos. No nos costó demasiado, pero para el otro fuego había que subir entre zarzas y ortigas», explica el sargento de bomberos Jon Díez Ure.
Detrás de toda esa vegetación asomó una especie de cabaña. «Había plásticos y signos claros de que alguien, en su día, había vivido ahí. La zona estaba ya muy cerrada», sigue relatando Díez Ure. Mientras los bomberos se abrían paso por la vegetación el 31 de mayo, uno de ellos comentó que justo la semana previa, tras un incendio muy similar acelerado por el polen que soltaron los chopos esos días, apareció el cadáver de una persona sin hogar dentro de otra caseta.
«Hablamos de lo que había pasado en Tutera, pero sin más. Es lógico que lo tuviéramos presente, pero íbamos a apagar y ya está. Entramos a sacar las cosas del interior de la cabaña, porque dentro también había fuego», prosigue el bombero. Entonces apareció el cuerpo. «Vimos restos y nos echamos atrás. Avisamos a Policía Foral».
Mikel Santamaría, jefe de comunicación de la Policía Foral, sostiene que la aparición de tres cadáveres de personas sin techo en Nafarroa en mayo es un hecho llamativo, pero fortuito. Además de los dos cuerpos hallados en casetas, el tercero, un joven madrileño, se encontró en un camión de recogida de cartones. El punto de origen del cadáver era el contenedor de este material en la Plaza del Vínculo, en Iruñea. Los restos humanos que encontraron los bomberos en aquella chabola de difícil acceso bajo la gasolinera de Beloso –muy cercana al centro de la capital– llevaban tiempo en aquel lugar escondido; meses o quizá años. Pertenecían a una mujer. Por contra, los de la persona fallecida en Tutera en otra infravivienda de ladrillo en una chopera eran mucho más recientes.
El cadáver de Tutera fue hallado cuando los empleados de un supermercado cercano comenzaron a echar en falta a un hombre que acostumbraba a acudir a aquel lugar a tomar el café y buscarse el sustento. Temieron que le hubiera pasado algo, pues sabían que su chabola había ardido días antes. Acertaron. Al regresar los bomberos a la caseta 13 días después del incendio, se toparon con restos humanos tan consumidos por las llamas que eran complicados de distinguir.
El fuego es uno de los grandes peligros a los que se enfrentan las personas sin hogar. Los bomberos acostumbran a decir que el fuego entiende de clases sociales. Díez Ure afirma que la gente que muere en incendios no es «la que puede pagarse una buena calefacción y aire acondicionado». El que se calienta con una estufa vieja en una casa mal aislada corre más riesgo de accidente.
Y cuanta mayor es la exclusión, mayor el peligro. «Cuando nos toca entrar en casas abandonadas, lo primero en lo que hemos de fijarnos es en si hay señales de vida. En sitios así, el riesgo está por todas partes. Las estructuras de los edificios abandonados suelen estar dañadas y en invierno quienes viven allí buscan lo que sea para calentarse. Hacen hogueras con palés o con lo que encuentran y eso, en ocasiones, puede generar incendios o intoxicaciones», dice Díez Ure.
Dar con la identidad
La mujer de la chabola de Beloso no está identificada aún, pero Iñaki Pradini cree que lograrán dar con su nombre. «Confirmar una identidad, a veces, lleva tiempo», asegura el forense. Pradini dirige el Instituto Navarro de Medicina Legal, el que practica las autopsias.
«La principal pista siempre son las huellas dactilares. El problema que podemos tener es que la huella se haya deteriorado o que la persona provenga de un país que no use huellas como identificación», comenta.
Si no funciona la huella, está el ADN. Es muy complicado que el ADN se deteriore, aunque pase tiempo. Sin embargo, el ADN tiene el inconveniente de que es imprescindible sospechar quién puede ser el fallecido y comparar la muestra con un familiar cercano. Esto ocurrió en el caso de Tutera. Las personas con las que el hombre que vivía en la chabola tomaba café dieron los suficientes datos como para identificarle y así dar con su familia en la CAV.
Algo parecido sucedió con el joven de Madrid al que un camión de basura recogió de uno de los contenedores que están frente al Corte Inglés. Se le identificó muy rápidamente. Por el momento, el caso sigue bajo secreto de sumario, pero desde la Policía Foral recuerdan que accidentes de personas que buscan en la basura no son inhabituales. «Ha pasado alguna vez. Entran a por algo y a veces salen y, en otras ocasiones, no lo consiguen», dice el portavoz del cuerpo.
Si todo falla, una última baza es buscar patologías (cojeras, etc.) que sirvan de pista para alguien que tuvo trato con ellos en algún momento dado. Se describen y fotografían los tatuajes o se buscan pistas en las prótesis que puedan tener. Obviamente, también se determinan otros rasgos, como la edad, el sexo, etc. Se tata de hacer un retrato lo más preciso posible para poder atar una historia al cuerpo que les ha llegado.
Que una persona acabe saliendo de la morgue del Instituto de Medicina Legal de Nafarroa sin su nombre es «muy infrecuente». Pradini no recuerda ninguno, aunque reconoce que los transeúntes que no aguantan mucho tiempo en la misma ciudad suelen ser de casos «complicados».
El jefe de los forenses asegura que es mucho más común que se logre identificar el cuerpo pero que luego nadie quiera saber nada. «Trasladar un cadáver tiene unos costes y, a veces, nadie los quiere asumir. Se hace cargo entonces el Ayuntamiento».
Para el jefe de los forenses no es un hecho extraordinario que fallezcan personas sin hogar, aunque no tiene una estadística elaborada sobre cuántos pueden ser cada año. Pradini sabe, por ejemplo, que hay unos 50 suicidios cada año en Nafarroa o que el número de homicidios ronda los nueve (salvo el año pasado, cuando no se registró ninguna muerte violenta debido a la pandemia).
«Es normal que traigan aquí gente que fallece en la calle. No solo para identificarlos. Siempre que un médico no firma la causa de la muerte, la determinamos aquí. Parte de ellos tienen problemas de hígado, por el alcohol. Están en la calle, hace frío. Eso puede generar bronquitis, pulmonías... Se cuidan mal y nadie les cuida, por eso te diría que es relativamente frecuente que recibamos aquí este tipo de personas», prosigue Pradini.
Algo de esperanza y una sopa caliente
El desamparo que sufren estas personas resulta extremo, pero no total. Existen recursos, como el albergue en Iruñea, y distintas asociaciones e instituciones que se preocupan por ellos. Recientemente Cáritas, el París 365, Xilema y la DYA recontaron unas 40 personas habitando las calles de Iruñea. No hace tanto tiempo, apenas un par de años, había solo la mitad. El dato es muy duro. Quizá, aunque sean tres casos distintos los ocurridos en mayo y exista algo de fortuito, este aumento sea parte de la explicación.
«Nosotros visitamos a las personas sin hogar de octubre a marzo, con el frío, salvo el año pasado, claro, cuando no pudimos por el confinamiento», arranca Patricia García. Ella es voluntaria del París 365, del programa de las sopas calientes, concretamente. Desde las 20.00 y hasta la medianoche, García y sus compañeros recorren los puntos de la ciudad donde viven quienes no tienen una vivienda y se van ganando su confianza a base de llevarles una sopa, un saco y algunos enseres básicos. Poco a poco, van descubriendo quiénes son y por qué han acabado así, con la vida rota.
«Hay algunos que por lo demás están bien, que solo les falta una ayuda para reengancharse. Pero la mayoría no están cuerdos. Para nosotros, es la eterna pregunta: ¿acabaron en la calle porque estaban mal de la cabeza o es la calle lo que te hace perder la cabeza?», prosigue García. La voluntaria comenta que es gente que viene y va de una ciudad a otra.
Lo sabe porque, en ocasiones, alguno le ha llamado tras marcharse para seguir contándole qué le pasa y decirle dónde vive ahora. Otras veces, los sin techo simplemente desaparecen para reaparecer al tiempo. «Diría que en el 90% de los casos no sabemos qué ha sido de ellos cuando dejamos de verlos», explica la voluntaria.
García no conocía a ninguno de los que aparecieron muertos en mayo, aunque sí a otra persona que falleció en la calle este invierno. Y ya que en todo el reportaje no se ha desvelado el nombre de las tres personas que aparecieron fallecidas este mes de mayo –por desconocimiento en un caso y por respeto en los otros–, toca ahora cerrar diciendo que la cuarta, a la que García llevaba sopa, se llamaba Joana (aunque quizás no se escriba así) y tenía poco más de 40 años.
Nació al otro lado del océano y cruzó el mar para encontrar una vida peor. Quizás lo hiciera por medicinas, pues tenía una dolencia del corazón que la obligaba a medicarse. Murió, según se dijo, a causa de esa enfermedad cardíaca agudizada por sus condiciones de vida. Dormía en un cajero de Mendebaldea, cerca del hospital. Y, como nadie pagó una esquela y eso no es justo, aquí va un abrazo a todos los que la conocieron.
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