
Miles de rohinyás han salido de sus tiendas de campaña y chozas en los campos de refugiados de Bangladesh para exigir un regreso seguro y digno a Myanmar, país que tuvieron que abandonar en masa tras una brutal ofensiva del Ejército que redujo 300 pueblos de esa comunidad a cenizas en el estado de Arakan (oeste). y de cuyo inicio se cumplen cinco años este jueves.
El Ejército birmano «nos empujó a Bangladesh, mataron a muchos de nosotros y mantuvieron a muchos otros como rehenes en Myanmar. Hace cinco años que no puedo regresar y ver mi patria», se queja Korban Ali, miembro de esta discriminada minoría, mientras observa desde una esquina a los jóvenes que encabezan la protesta.
Con pancartas y carteles, los rohinyás pidieron hacer valer sus demandas, que incluyen justicia por las atrocidades cometidas por el Ejército birmano en agosto 2017, cuando una ola de persecución y violencia tras varios ataques de la resistencia armada a la opresión del régimen provocó el exilio de 774.000 rohinyás a Bangladesh. Otros 100.000 habían buscado refugio en este país en anteriores persecuciones.
Mayoritariamente musulmanes, han vuelto a exigir la derogación de una ley birmana de 1982 que les priva del derecho de ciudadanía en su propio país, de mayoría budista y gobernado con mano de hierro por una junta militar.
El mayor campo de refugiados del mundo
Cinco años después, ya son cerca de un millón de miembros de esta discriminada minoría los que malviven en los masificados campamentos en Cox's Bazar, el mayor campo de refugiados del mundo, en el sureste de Bangladesh, sin poder volver a sus hogares.
«Queremos que Bangladesh y la comunidad internacional apoyen y trabajen por nuestro regreso con justicia y derechos», se leía en una de las pancartas que portaban en una de las protestas más multitudinarias en la zona de Ukhiya.
Obligados a residir en improvisadas chozas y sin poder salir de los campamentos, algunos en áreas en alto riesgo de sufrir inundaciones y deslizamientos de tierra, la vida es especialmente dura para los jóvenes que se ven en muchos casos privados de educación.
MSF ha alertado de que la situación sanitaria en los campos es insoportable. Los casos de disentería se han foblado en tres años y las infecciones cutáneas se han multiplicado exponencialmente. Los campos son escenario de incendios frecuentes, como el que en 2021 segó 15 vidas. La criminalidad campa por sus respetos y líderes comunitarios han muerto en atentados.
Bangladesh, que rechaza a estos exiliados por razones «mediambientales, sociales y económicas», ha forzado hasta ahora dos intentos de repatriación de refugiados a Myanmar sin garantía alguna de seguridad. Recientemente, Dacca ha trasladado a 30.000 refugiados a Bhashan Char, un islote desierto y con unas condiciones de vida inhumanas, en el golfo de Bengala.
«Genocidio»
«Suficiente es suficiente; Queremos que la CPI (Corte Penal Internacional) lleve a los perpetradores a rendir cuentas; Genocidio nunca más», rezaba otro cartel.
Conmemorado como el 'Día del Genocidio' por los rohinyás, muchos de ellos rompieron a llorar al recordar el horror que vivieron durante la represión policial, y las víctimas que dejó a su paso.
Mientras, muchos otros niños participaban en la protesta llevando la bandera de Myanmar entre sus manos.
«Myanmar es mi país. Quiero volver allí», dijo Faizul Islam, de unos 15 años.
Recordar a jóvenes como él sus derechos era otro de los principales objetivos de la protesta, señala el refugiado Mohammad Selim.
«El Ejército de Myanmar torturó a nuestros jóvenes, mató a muchos, violó a nuestras mujeres y quemó nuestra casa y no perdonó a nuestros hijos. No podemos olvidar lo que nos pasó ni por un solo día», señala Selim, quien enseña en un centro de aprendizaje en un campamento rohinyá.
«Para nosotros cada día es un día del genocidio. Sin embargo, lo conmemoramos especialmente hoy para recordar a los jóvenes rohinyás lo que nos hicieron y para recordarle al mundo nuestro derecho a obtener justicia», agrega.
En marzo, EEUU calificó por primera vez de genocidio las masacres de rohinyás perpetradas por el Ejército birmano.
Décadas de acoso
El acoso a la minoría rohinyá en Myanmar viene de lejos.
«Todos los años, se daban nuevas órdenes. Los que no cumplían eran arrestados. A pesar de todo, podíamos votar. Elegíamos a los miembros que participaban en las sesiones parlamentarias. Luego, en 2015, nos quitaron incluso el derecho a votar», recuerda Razi (nombre cambiado), antiguo funcionario del Ministerio del Interior, que perdió la ciudadanía en 1982 por una ley.
Myanmar sometió durante años a los rohinyás a un régimen de apartheid por considerarlos inmigrantes ilegales de Bangladesh, a pesar de que han vivido durante siglos en el estado de Arakan, en el oeste del país.

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