Daniel   Galvalizi
Periodista

El triunfo de la derecha extrema en el que la izquierda tiene mucho que ver

El día después los números muestran en forma contundente el daño que a veces los sistemas electorales causan a la soberanía popular. Los partidos de centro e izquierda se deben una autocrítica inevitable por ser grandes responsables que los herederos del posfascismo lleguen al poder.

Giorgia Meloni saluda a sus seguidores tras conocer los resultados electorales.
Giorgia Meloni saluda a sus seguidores tras conocer los resultados electorales. (Andreas SOLARO | AFP)

El 51,03%. Es el porcentaje de la suma de los votos de todos los partidos de centro, progresistas e izquierda más extrema para la Cámara de Diputados. Lo componen la coalición de cuatro partidos que lideró el Partido Democrático (26,1%), el Movimento 5 Stelle (15,43%), Azione-Itali Viva de Matteo Renzi (7,8%) y la Unione Popolare, de izquierda más radical, que quedó fuera del Parlamento, pero obtuvo un 1,7%.

¿Cómo puede ser entonces que todos los titulares del mundo resalten que la próxima huésped del Palazzo Chigi sea Giorgia Meloni, un fenómeno pop de la derecha extrema de los últimos años y que ha sextuplicado sus votos con respecto a 2018, con su partido Fratelli d’Italia (Hermanos de Italia)? Ella y sus tres aliados de derechas (la Lega de Matteo Salvini, el Forza Italia de Silvio Berlusconi y los minoritarios de Noi Moderati) obtuvieron sumados cerca del 45% del voto popular (y en el Senado apenas el 0,23% más).

Lo que parece inexplicable los es por la injerencia de un sistema electoral que fue reformado en 2017 y una reducción de escaños brutal en 2020. Y el paradójico impulso que le dieron a ambos hechos los perdedores del domingo.

Una mayoría artificial Los cambios impulsados en 2017 por el centroizquierda en la ley electoral hicieron que a partir de 2018 un tercio de los escaños se repartieran en circunscripciones uninominales al estilo británico. En un país con política hiperfragmentada como es Italia, esto no haría sino reforzar a la primera y segunda fuerzas de la derecha e izquierda. Cambiaron las circunscripciones que se dirimían según la Ley d’Hont y pusieron un techo de 8 diputados. También modificaron sus límites al mezclar votos rurales más conservadores con urbanos, y pusieron un suelo electoral del 5% estatal para conseguir escaño.

La mayoría que tendrá la alianza que lidera la derecha extrema será de más de 230 diputados (de 400), pudiendo llegar hasta los 257, y en el Senado, de 110 sobre 200. Con la Cámara Baja como referencia, su mayoría será, como mínimo, del 58% del total. Casi 15 puntos más de lo que fue el voto popular.

Además, en 2020 el líder del M5S, Giuseppe Conte, impulsó un referendum para amputarle un tercio de los escaños al Senado y a la Cámara baja, un proyecto que los ciudadanos avalaron, en un contexto de clamor de reducción de gastos políticos en un año de crisis como el de la pandemia.

La mesa estaba servida para quien fuera el más inteligente y uniera fuerzas. Los astutos fueron Meloni, Salvini y Berlusconi, que concurrieron aliados mientras que la izquierda fue fragmentada y casi entregada a ser oposición en los próximos cinco años (aunque nunca se completa la legislatura en Italia, un país en el que hubo 70 Gobiernos en 80 años).

La mayoría que tendrá la alianza que lidera la derecha extrema será de más de 230 diputados (de 400), pudiendo llegar a ser de 257 según estimaciones de la prensa local, y en el Senado, de 110 sobre 200. Con la Cámara Baja, la que más peso tiene, como referencia se ve que su mayoría será, como mínimo, del 58% del total. Es decir, casi 15 puntos más de lo que fue el voto popular.

Ese dato sulfura más aún si se recuerda lo dicho al principio: más del 51% de los votos han sido del centro a la izquierda radical y, sin embargo, Italia tendrá el Gobierno más derechista desde la caída de Benito Mussolini. La codicia y la irresponsabilidad de las cúpulas del PD, el M5S y del grupo de Renzi merecen estar bajo la lupa y ser recordadas, sobre todo cuando empiecen a verse las consecuencias de la política de la  nueva presidenta del Consejo de Ministros.

Otro dato es la participación, que ha sido del 63%, más baja que en comicios anteriores, a pesar de que todo el país sabía que el triunfo de Meloni y sus aliados era casi seguro. Un 37% decidió no votar, en un silencio escogido que debería ser un estruendo para la élite política tradicional.

Merece ser resaltado que no han ganado los conservadores, ha triunfado en forma rotunda Giorgia Meloni. Ha obtenido el 26% de los votos, mucho más que la suma de sus aliados (la debacle de Salvini es destacable, con solo el 8,8%), y los ciudadanos premiaron a quien, aunque para algunos sea despreciable, mantuvo un discurso coherente y no cambió de posicionamientos una y otra vez durante su extensa carrera.

También con ella gana una derecha más ultra, pero con discurso más social que el de Berlusconi y Salvini (uno visto como hombre del poder económico y el otro anclado en su mano dura y xenofobia). Con ella, una crítica feroz del feminismo, la mujer italiana romperá otro techo de cristal al ser la primera premier. Y será la cara visible de una nueva etapa que hoy alarma a media Italia.