Tomar un vermú el día 7 requiere más estrategia que el desembarco de Normandía. Hay calles enteras bloqueadas taponadas por el gentío. Algunos puntos críticos son previsibles, como el de San Nicolás o el que se forma frente al bar Noé. Otros son imprevistos: una txaranga, un artista callejero o un grupo que se anima a cantar 'Urepeleko artzaina' hace que darse la vuelta y buscar una ruta alternativa resulte lo más inteligente.
Dos horas después al txupinazo cuesta ver una camiseta sin manchar por el centro de la ciudad. Al día siguiente, lo que cuesta es ver un lamparón. Los más salen al vermú impolutos, aunque las calles huelen como huelen, que para eso no hay remdio. Es día de padres y abuelos, de reuniones familiares para tomar un algo y luego, si es caso, ver al santo asomando por encima de las cabezas en su interminable desfile por el centro de la ciudad.
Dentro de los bares no cabe un alfiler. Ni dentro de la barra donde se apelotonan los camareros, ni por supuesto, fuera. Pero con paciencia, todo el mundo mueve el bigote antes o después.
El Sol con alguna tregua de nube, ha pegado fuerte, empujando hacia las paredes en aquellos puntos donde los rayos tocan adoquín. No ha quedado sombra de árbol de la Plaza del Castillo sin alguien dormido. Las más, se compartían.
Por lo demás, los vendedores de monos y sobre todo los de globos de helio en forma de gigante, de dibujo animado o de tiburón hacen el agosto a costa de abuelos, tíos, padres y demás parentela.

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