El primer mensaje del nuevo líder supremo de Irán, el ayatolá Mojtaba Jamenei, ha tardado en llegar, pero este jueves la televisión nacional iraní ha sido el espacio elegido por el nuevo líder supremo para transmitir sus primeras palabras. No ha sido ni un vídeo ni un audio: el comunicado ha sido leído por la locutora de la propia cadena de televisión. No se ha escuchado su propia voz. El detalle, aparentemente menor, puede despertar interrogantes sobre su legitimidad y sobre la solidez del proceso de sucesión que lo ha llevado al poder tras la muerte de su padre, Alí Jamenei. Aun así, el alto nivel de confidencialidad puede también obedecer única y exclusivamente a las amenazas de muerte que el sucesor, e hijo, del antiguo líder ha recibido ya desde Washington y Tel Aviv.
El mensaje tenía un claro objetivo: mostrar que hay alguien a cargo y transmitir continuidad en medio de un contexto tanto nacional como regional volátil. Lejos de marcar un giro político, el nuevo líder ha optado por una línea de resistencia, reafirmando la estrategia que Teherán ha seguido durante los últimos días frente a EEUU e Israel.
El discurso ha comenzado con un tono solemne. Mojtaba Jamenei ha mostrado sus condolencias a los muertos y heridos por la guerra y ha ensalzado el papel de las Fuerzas Armadas, a las que ha agradecido por «haber evitado la división o la dominación extranjera». Poco después, ha lanzado un llamado a la unidad nacional, describiendo el momento actual como una prueba histórica para la República Islámica creada en 1979 tras la revolución.
Refiriéndose al entorno regional más cercano, el ayatolá ha marcado una división entre los vecinos regionales. Ha dicho querer mantener una buena relación con ellos y ha expresado su voluntad de «profundizar los lazos» con los países del golfo Pérsico y del entorno inmediato, muchos miembros del GCC (el Consejo de los Países del Golfo), principal órgano de coordinación en materia energética de la región. Sin embargo, ha advertido que «todas las bases de EEUU en la región deben cerrar de inmediato o serán atacadas», un mensaje que refuerza la tensión con Washington y sus aliados.
El nuevo líder ha confirmado también que el estrecho de Ormuz seguirá cerrado, lo que mantiene uno de los puntos más sensibles del comercio mundial bajo control iraní. Aunque ha enviado mensajes conciliatorios a los vecinos, los ataques continúan en distintos frentes, lo que algunos analistas interpretan como una señal de falta de coordinación interna entre las distintas ramas del poder iraní y las milicias alineadas con Teherán.
La insistencia en mantener la presión militar mientras se habla de amistad regional muestra la dualidad del momento político iraní. No parece que la estrategia vaya a cambiar, y tanto Estados Unidos como Irán parecen dispuestos a prolongar el conflicto hasta alcanzar sus objetivos. Cada uno los suyos, claro.
El mensaje final de Jamenei ha sido de agradecimiento: ha prometido tratamiento médico gratuito y compensación económica para los heridos y sus familias, y ha asegurado que Irán «seguirá luchando hasta vengar la sangre de sus mártires».
Así, su primera aparición pública, más que un anuncio de reforma o apertura, se presenta como una confirmación de continuidad: un discurso pensado para reforzar la idea de resistencia y autoridad, pero que, paradójicamente, deja abiertas preguntas sobre la futura presencia del líder supremo y su continuidad en el poder a medio o largo plazo.

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