
Este domingo el ciclismo se detiene ante uno de sus escenarios más imponentes: la París-Roubaix. El “Infierno del Norte” vuelve a desafiar a los mejores corredores del mundo con sus temidos tramos de adoquín, el polvo y una épica que no entiende de favoritismos claros. Pero, aquí también, hay un nombre que sobresale por encima del resto: Tadej Pogacar.
El esloveno, ganador ya de casi todo, llega con una ambición que va más allá de sumar otra victoria prestigiosa a su palmarés. Pogacar quiere hacer historia. «No es ningún secreto que la París-Roubaix es uno de los grandes objetivos de esta parte de la temporada», decía el jueves.
Su presencia en Roubaix no era habitual para un corredor de su perfil, más asociado a la alta montaña y a las grandes vueltas, pero el de UAE ha roto con los moldes. Ya comparte el récord de victorias en el Tour de Flandes y también derribó el penúltimo muro que se le resistía, la Milán-San Remo. Y solo le queda el velódromo de Roubaix.
La París-Roubaix es territorio de especialistas, de ciclistas potentes, resistentes al caos, técnicos y expertos en colocación sobre los adoquines. Mathieu van der Poel ha dominado este escenario combinando técnica, potencia y una lectura de carrera casi perfecta. Frente a él, Pogacar desembarcó hace un año en el adoquín del norte del Estado francés, demostrando que puede conquistar también el terreno más salvaje del calendario. Entonces Van der Poel lo llevó al límite y cuando el esloveno quiso arriesgar se fue al suelo. Segundo en meta y la promesa de volver.
«La motivación es alta, pero la presión es baja»
Y aquí está. Con un reto en mente y ofreciendo quizá, la cita más importante de la historia ciclista en décadas. A pesar de ello, en la previa ha querido quitarse presión. «Las pocas carreras que he hecho hasta ahora han ido a la perfección, así que la motivación es alta, pero la presión es baja» y ha asegurado que viene «a disfrutar», entre muchas comillas tratándose de la carrera que se trata, «sea cual sea el resultado».
No sería la primera vez que el ciclismo presencia una hazaña así. Leyendas como Eddy Merckx o Bernard Hinault demostraron en su día que los campeones absolutos no entienden de límites. Hinault acabó ganando una carrera que definió como «una mierda». Y Merckx... Bueno, Merckx lo ganó todo. También la París-Roubaix en tres ocasiones. Pogacar parece decidido a inscribir su nombre en esa tradición, e incluso, en este punto, superarlo. Ya que si se impone se unirá a Rik van Looy, Roger de Vlaeminck y Merckx como el tercer ganador de los cinco monumentos. Sería, de hecho, el vigente campeón de los cinco (además del Tour, el Mundial, la Strade-Bianche...). Las cinco seguidas. Eso sí que no lo había hecho nadie.
El recorrido, con sectores clave como Arenberg, Mons-en-Pévèle o el Carrefour de l’Arbre, no hará concesiones. Eso sí, parece que volverá a ser una edición en seco. Para irnos a la última Roubaix marcada por el barro en abril, hay que remontarse hasta 2002, cuando Johan Musseuw alcanzó el velódromo completamente embarrado y en tercer lugar aparecía un joven y apenas conocido Tom Boonen, que haría historia en esta prueba.
Van der Poel, el principal escollo, pero no el único
Con estas condiciones, cada tramo será una prueba de supervivencia, donde la colocación y la resistencia mecánica juegan un papel tan importante como las piernas. Y también hará falta una buena dosis de fortuna.
A Pogacar, sin embargo, no le suele gustar dejar demasiado al azar, por lo que no es descartable que busque una buena criba desde muy lejos que reduzca las variables. Para ello tiene a su lado a un Florian Vermeersch que ya sabe lo que es hacer segundo aquí y que este año está mejor que nunca. Enfrente, por encima de todos, Van der Poel. El triple ganador aspira a igualar el récord de Boonen y hacerlo además con cuatro triunfos consecutivos, algo no cosechado por nadie hasta la fecha.
Hace una semana cedió en Flandes, pero sufrió sobre todo en los desniveles flamencos. Aquí, en adoquines más complicados y llanos, esa desventaja parece desaparecer. Más si el terreno se embarra y la habilidad del mejor ciclocrossista de la historia puede salir a relucir. El propio neerlandés se ha expresado así: «Es la que mejor me sienta porque exige una combinación de potencia y agilidad. Hay que saber manejar los adoquines sin ser demasiado agresivo y buscando las mejores trazadas para minimizar los riesgos». Además, ve la carrera «más abierta», porque Pogacar tiene «menos certezas».
Wout van Aert, Mads Pedersen o Jasper Philipsen también tratarán de buscar su opción. Jasper Stuyven, un Filippo Ganna que quizá preferiría la carrera en seco, alguien que ya sabe lo que es ganar aquí como Dylan van Baarle, Christophe Laporte o un joven Alec Segaert, entre otros.
El domingo no será solo una carrera más. Será una cita con la historia. Y en el centro de todo, un ciclista que no se conforma con dominar su terreno natural, sino que quiere conquistar todos los territorios imaginables. Y ya ha dejado claro que, como ha pasado en San Remo, si no es este año lo será el que viene. O el siguiente.
Porque cuando Pogacar se presenta en la salida, ya no solo compite por ganar. Compite por trascender.

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