De la diplomacia institucional de Obama al instinto de supervivencia de Trump
El principal referente para evaluar el memorando de entendimiento firmado por EEUU e Irán es el Plan de Acción Integral Conjunto impulsado por la Administración Obama en 2015. Aquel acuerdo contrasta con el armisticio bilateral actual, forzado por el fracaso de la estrategia de confrontación bélica.

El 14 de julio de 2015, EEUU, junto con Gran Bretaña, Francia, Rusia, China y Alemania, firmaron el JCPOA con Irán tras años de complejo equilibrio técnico y tacto político bajo el impulso de Barack Obama. Este periodo supone un primer contraste con las prisas y trabas con las que se ha negociado el memorando actual. Ni qué decir de los problemas que se está encontrando para implementarlo, como se ha comprobado en Suiza esta semana.
Adoptado formalmente en octubre de 2015, el JCPOA condicionaba el alivio de las sanciones económicas a medidas verificables por parte de Teherán. Irán limitó su enriquecimiento de uranio a niveles civiles y aceptó un protocolo adicional que otorgaba al Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) facultades de inspección sin precedentes. El objetivo primordial era la transparencia, bloqueando de forma efectiva las vías hacia la bomba: el enriquecimiento de uranio-235 al 90% y la separación de plutonio.
Sin embargo, el pacto nació con la oposición frontal de los halcones de Washington y de Benjamin Netanyahu en Israel. La crítica se centró en las «cláusulas de caducidad» (sunset provisions) y en que se ignoraba el desarrollo de misiles balísticos y la influencia regional de Teherán. Paradójicamente, la obsesión israelí omitía su propio arsenal nuclear, mantenido fuera del control internacional.
El colapso inducido y la política de tierra quemada
El frágil equilibrio se rompió en 2018, durante el primer mandato de Donald Trump, cuando la Casa Blanca rompió unilateralmente el pacto. Espoleada por la propaganda sionista, la Administración Trump adoptó una estrategia de «máxima presión» que desmanteló los canales de contención, una línea dura que la Unión Europea terminó secundando a pesar de sus intentos iniciales por salvar el acuerdo.
Como respuesta, Irán aceleró su programa nuclear y suspendió el protocolo adicional en febrero de 2021. Para marzo de 2025, el OIEA reportó un importante incremento de las reservas de uranio enriquecido al 60% (alcanzando los 275 kg) y el tiempo necesario para producir suficiente material para un arma (breakout time) se redujo de más de un año a tan solo una semana o menos.
A finales de 2024, en un último intento por priorizar la vía diplomática, Irán permitió al director del OIEA, Rafael Grossi, visitar las plantas de Natanz y Fordo. Sin embargo, el Gobierno de Netanyahu prefirió la opción militar e, inmerso en una agresiva política de tierra quemada tras el genocidio en Gaza, desató en junio de 2025 la Guerra de los Doce Días, aprovechando el asesinato en Teherán del líder de Hamás, Ismail Haniyeh.
El bombardeo israelí se ejecutó mientras Teherán y Washington mantenían conversaciones discretas, persiguiendo activamente a científicos nucleares y buscando un cambio de régimen. Posteriormente, la represión de las protestas internas en Irán fue utilizada por Trump y Netanyahu para justificar una estrategia de desestabilización orientada explícitamente a un golpe de Estado.
Del paseo triunfal al cenagal diplomático
Meses más tarde, 28 de febrero de 2026 comenzó la guerra con una campaña de bombardeos masivos de la coalición estadounidense-israelí sobre ciudades iraníes. Días antes, en Ginebra, Irán había puesto sobre la mesa una propuesta calificada de «sorprendentemente buena» por mediadores como el diplomático británico Jonathan Powell –bien conocido en Euskal Herria por su labor de mediación–, ofreciendo entregar su uranio enriquecido y aceptar controles a cambio de la paz. No obstante, Trump optó por la vía de la fuerza, influenciado por Netanyahu y envalentonado por el resultado de su reciente injerencia en Venezuela.
Los costes humanos y estratégicos no tardaron en manifestarse: el primer ataque aliado se cobró la vida de más de 180 estudiantes en la escuela Shajare Tayebé y provocó la muerte del líder supremo, Alí Jamenei. La asunción de que Irán colapsaría demostró ser un error de cálculo catastrófico. Teherán contraatacó con precisión contra bases aliadas y cerró el Estrecho de Ormuz, desatando una crisis económica global y un estancamiento militar insostenible para los atacantes.
Ante la imposibilidad de una victoria rápida, la Administración Trump se ha visto obligada a retroceder y aceptar la mediación de Qatar y Pakistán. Esto deja una flagrante paradoja: Washington recurre a Pakistán —una potencia nuclear al margen del Tratado de No Proliferación— para arbitrar la paz de un programa nuclear civil, mientras coexiste con el desafío de un Israel con armamento atómico no declarado; todo para reabrir un estrecho de Ormuz que antes de los ataques ya estaba abierto y no tenía peajes.
Dos estrategias
El memorando de entendimiento firmado pero por ahora paralizado por los incumplimientos de Israel, dista mucho de la sofisticación técnica del JCPOA . No es un pacto de no proliferación, sino un acuerdo de «paz por comercio» que pretende garantizar un escenario económico y militar más estable para la potencia en decadencia, EEUU.
Frente a la visión multilateral del JCPOA, este memorando es un pacto bilateral con mediación regional que apenas constituye un armisticio y una derrota mal disimulada.
El texto recoge la agenda que Irán ha sostenido las últimas semanas, intercambiando medidas ya concedidas por la regulación del comercio en Ormuz o un fondo de reconstrucción, planteando una negociación nuclear que difícilmente irá más allá de lo pactado hace más de una década.
La actual negociación ha debilitado el eje Washington-Tel Aviv. El comportamiento de Netanyahu, empeñado en sabotear la salida diplomática para estirar su supervivencia política, ha provocado agrios enfrentamientos con Trump.
Aunque Israel ha advertido que nada condicionará sus operaciones en el Líbano ni en Palestina, Irán ya ha demostrado que no le va a temblar el pulso al suspender las negociaciones en Suiza y cerrar Ormuz.
En términos históricos, mientras Obama utilizó la diplomacia como una herramienta de gobernanza global respaldada por el consenso internacional, la Administración Trump ha terminado suscribiendo un pacto bilateral de mínimos por pura necesidad geopolítica.
Queda por ver si estabilizará los mercados y cómo afectará el repliegue estadounidense al tablero global, donde el poder bascula hacia Asia, mientras China observa atentamente la erosión de la hegemonía occidental.
En todo caso, que no se entienda esto como una defensa de la política exterior de Obama, que no dejaba de ser un imperialismo con una retórica muy cuidada. Sin embargo, desde un punto de vista internacionalista, no cabe desdeñar que bajo sus acuerdos seguramente la tranquilidad de la sociedad iraní y la vida de las y los cubanos fueron mejores.
En todo caso, atendiendo a los intereses norteamericanos, la estrategia de Obama parece más inteligente que la de Trump a medio y largo plazo. Cuando menos, parece una estrategia más competitiva para hacer frente al reto que le plantea China.

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