
Andy Burnham, probable sucesor de Keir Starmer en Downing Street y al frente del Partido Laborista, propuso transferir más poder a los alcaldes para impulsar el crecimiento, en su primera declaración pública importante desde el anuncio de dimisión del actual primer ministro laborista.
«Vamos a llevar a cabo el mayor reequilibrio de poder que nuestro país haya visto jamás», prometió desde el simbólico Museo de Historia del Pueblo de Manchester, ciudad de la que fue alcalde hasta su elección al Parlamento de Westminster el 18 de junio.
«Es hora de que Whitehall (donde se encuentran las principales oficinas del Gobierno británico) acepte que el crecimiento no se puede decretar desde arriba, sino que solo se puede fomentar desde la base», añadió.
Con este fin, el Partido Laborista pretende crear un organismo descentralizado en Manchester, que denominó el «Número 10 Norte» -en referencia al 10 de Downing Street, residencia del primer ministro- encargado de redistribuir «poderes y recursos en todo el Reino Unido».
Su propósito es rescatar los lugares actualmente olvidados y en decadencia, como muchas ciudades costeras británicas, para que recuperen el control sobre su futuro.
En opinión del exalcalde, mientras que el Gobierno central no ha parado de crecer en los últimos años y «los londinenses sufren una economía sobrecalentada y un mercado de la vivienda saturado», las regiones y municipios «están en mínimos».
Esta reforma de descentralización fue la medida estrella del discurso del candidato para suceder a Starmer como líder del Partido Laborista y, por ende, del Gobierno. Si no surge ningún oponente, podría convertirse en primer ministro el 20 de julio.
Tras haber mantenido una postura muy vaga sobre sus planes económicos, se encuentra bajo el escrutinio por parte de los poderes económicos, a los que tranquilizó mostrando su compromiso con unas «finanzas públicas sólidas», de acuerdo con las estrictas «normas presupuestarias vigentes» establecidas por la actual ministra de Hacienda, Rachel Reeves, alejando así la posibilidad de transformaciones profundas.
Aunque también abogó por «no dejarlo todo en manos del mercado» y recurrir a la intervención pública «cuando sea necesario».
El autodenominado «socialista favorable a las empresas» rechazó el «viejo modelo del goteo», la idea liberal de que la riqueza generada entre las clases privilegiadas acaba beneficiando a todos.
En su lugar, propone lanzar una «misión de diez años para elevar el nivel de vida» de los británicos, basada en la reindustrialización, la vivienda, las infraestructuras y un mayor control público sobre los servicios esenciales (agua, energía, etc.).
Rain Newton-Smith, presidenta de la CBI, principal organización empresarial británica, advirtió de que estas propuestas «no deben desalentar la inversión», haciéndose eco del llamamiento de Burnham para ayudar a las regiones a atraer más inversores.
«No tiene ningún plan, aparte de decirles a los alcaldes que solucionen el problema», reaccionó Kemi Badenoch, líder de los conservadores, mientras que el liberaldemócrata Ed Davey criticó su «retórica vacía».
Robert Jenrick, del partido ultraderechista Reform UK, lo acusó de querer ganar tiempo con este plan para una década.
Burnham también fue criticado por no hablar con la prensa tras su discurso de unos 25 minutos.

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