Los húngaros de Ucrania huyen de su tierra
Atrapados en la guerra de un país que les resulta ajeno, los húngaros abandonan un territorio que ocupan desde siglos antes de que se trazaran las fronteras actuales de Europa. Mientras tanto, un periódico secular sigue dando voz a una comunidad hoy contra las cuerdas.

Ocurrió en el Castillo del Gran Trianón de Versalles (París) hace 106 años. Aleccionados por un Georges Clemenceau (primer ministro francés entonces) especialmente beligerante hacia los vencidos, los Aliados dibujaron un mapa de Hungría que seccionaba dos tercios de su territorio. Tratado de Trianón fue como se bautizó a aquella mutilación cartográfica: ningún país menguó más tras la Primera Guerra Mundial. De un día para otro, más de tres millones de húngaros se despertaron al otro lado de la nueva linde húngara. Sus descendientes se reparten hoy por Eslovaquia, Rumanía, Serbia y Ucrania.
Son gente como Rita Simon, una licenciada en Historia de 31 años que trabaja en el “Kárpáti Igaz Szó” (“La Voz Honesta de los Cárpatos”). Resulta que el periódico más antiguo de Ucrania es un diario húngaro con sede en Uzhgorod (en el extremo occidental del país). De hecho, es tan antiguo como ese tratado que es sinónimo de humillación para todo un pueblo. Por si queda alguna duda, Simon señala una portada de 1920 enmarcada en la pared.
«Las rotativas solo pararon durante la Segunda Guerra Mundial, nunca más se ha perdido una edición», presume Simon de un semanal que tira 5.000 ejemplares y que cuenta con una edición on line actualizada a diario. Es la militancia de sus diez empleados la que sostiene el proyecto; el sueldo no da y casi todos tienen que simultanear este trabajo con uno o, incluso, dos más. «La otra opción es cruzar la frontera a Hungría, pero yo quiero quedarme aquí, en casa», dice.
En Uzhgorod, la capital de la región de la Transcarpacia, los húngaros no suman más del 15% de sus 140.000 habitantes (datos de antes de la guerra), pero siguen siendo la mayoría en Berehove -la segunda ciudad en importancia de la región- y, sobre todo, en los pueblos de alrededor. Allí se ven los canales de televisión húngaros, se vive en horario de Budapest (una hora menos) por decisión propia, la iglesia del pueblo es calvinista y el ucraniano, una lengua que los jóvenes han aprendido en la escuela. Sus padres la hablan con dificultad y sus abuelos recurren al ruso que aprendieron en la Unión Soviética porque la desconocen por completo.
Pero todo eso está cambiando. Antes de la invasión a gran escala del país -en febrero de 2022-, se estimaba en 150.000 el número de húngaros en el oeste ucraniano; hoy se habla de cifras en torno a 100.000. Aunque son datos sin confirmar, Simon habla ya de cambio demográfico. «Por su situación fronteriza y alejada del frente, la Transcarpacia se ha convertido en destino para cientos de miles de refugiados de Kiev y del este del país. Los precios de la vivienda y de la vida en general hacen que sea casi imposible quedarse aquí para nosotros», explica la húngara.
Casi todos los húngaros de la Transcarpacia tienen un pasaporte húngaro tras el ofrecimiento de Budapest en 2010, algo que, recuerda Rita Simon, hizo llorar a muchos de emoción en su día. Resultó ser un arma de doble filo. Frente a una guerra que dura ya más de cuatro años, la doble nacionalidad no hace sino encauzar el caudal de gente hacia la frontera. Los húngaros se van.
AMENAZA EXISTENCIAL
Ucrania alberga 130 nacionalidades históricas en su territorio, las cuales conforman en torno al 20% de su población (datos anteriores a la guerra). La mayoritaria es la rusa (17% de la población total) mientras que bielorrusos, moldavos, polacos, tártaros de Crimea y un largo etcétera que incluye a los húngaros no llegan al 1% respectivamente. La inmensa mayoría de estos últimos vive en la Transcarpacia, que es, a su vez, la región más diversa del Ucrania. Cambiar cinco veces de país en un siglo contribuyó crear un territorio donde, además de las lenguas, las iglesias protestantes, ortodoxas, católicas y uniatas también dan fe de esa diversidad.
Esta fue una vez la antigua Rutenia, la tierra de los rusinios o rutenos, que no son sino un pueblo eslavo grecocatólico con su propia lengua. Fueron los soviéticos los que rebautizaron la región como Zakapartia («tras los Cárpatos»). Había que eliminar aquel topónimo de mapas e imaginarios y despejar así toda duda sobre la identidad ucraniana del territorio.
En cuanto a los húngaros, hoy cierran filas en una comunidad compacta y alejada de Kiev -tanto mental como geográficamente-, algo que no ha hecho sino alimentar el discurso de que no tienen interés en integrarse en la sociedad ucraniana. A menudo se les tilda de «separatistas» e, incluso ,de «traidores a la patria» tras la invasión de Rusia, cuando lo cierto es que la movilización general no discrimina entre grupos étnicos. La amistad entre Viktor Orbán (anterior primer ministro húngaro) y el presidente ruso, Vladimir Putin, solo ha echado más leña a ese fuego.
De todo esto sabe mucho Csilla Fedinec, una investigadora húngara de la Transcarpacia así como una de las mayores autoridades sobre su propia comunidad. Reside en Budapest, donde desarrolla su trabajo en el Instituto para Estudios de las Minorías del Centro ELTE para las Ciencias Sociales. Según dice, vivir justo en la frontera ha sido un factor determinante en la construcción de la identidad húngara de la Transcarpacia.
«Una familia podía vivir durante generaciones en la misma aldea y encontrarse en Austria-Hungría, Checoslovaquia, la URSS y, finalmente, Ucrania. Eso crea una relación muy particular con el Estado, al que se percibe como una entidad que siempre cambia, mientras la aldea, la familia y la lengua propias permanecen», explica Fedinec por videoconferencia. También insiste en la necesidad de «ser claros» a la hora de decidir quién cuenta como «húngaro». «La Transcarpacia tiene una población gitana considerable que habla nuestra misma lengua y que, entre otras cosas, es clave para la supervivencia de las escuelas. Sin embargo, es un factor que ha recibido muy poca atención en el discurso político húngaro de la región», recuerda.
Durante sus 16 años en el poder, las políticas de Orbán buscaron empoderar a los húngaros del otro lado de la frontera. Además de pasaportes, Budapest ha sido clave en la financiación de escuelas, eventos culturales o medios de comunicación que incluyen el periódico más antiguo de Ucrania.
Pero Fedinec es pesimista. En su opinión, la emigración, la guerra, la inseguridad económica y la desaparición de la gente joven plantean una amenaza existencial para esta comunidad. También hay factores internos. «Mientras nuestra comunidad cambia y mengua de manera acelerada, los representantes políticos húngaros en Budapest y la Transcarpacia siguen hablando de escuelas, derechos lingüísticos y garantías institucionales sin llegar a abordar un escenario a corto plazo en el que falte gente para sostener todo eso», lamenta la investigadora.
EL FUTURO
Desde un despacho del que cuelga una camiseta de la escuadra de fútbol húngara en un marco, György Dunda, director del “Kárpáti Igaz Szó” reconoce que el proyecto sería inviable sin el apoyo económico de Budapest. «Mientras que las minorías húngaras en los países vecinos reciben ayuda de sus respectivos Gobiernos, Kiev simplemente nos da la espalda. Y es algo aplicable a escuelas, universidades, la Iglesia y entidades húngaras de todo el espectro», denuncia este húngaro de 47 años que lleva ya 30 años trabajando para esta cabecera. Un gesto de Kiev, dice, contribuiría a mejorar la relación entre ambos pueblos.
Puede que ese gesto no tarde en llegar. Tras casi 20 años en el poder, Orbán fue desbancado en las urnas el pasado mayo por Péter Magyar, un antiguo miembro de su propio partido. Este apenas necesitó un mes para desbloquear la relación entre Kiev y Budapest. En junio, Magyar levantó el veto húngaro a la adhesión de Ucrania en la Unión Europea, liberó el préstamo de Bruselas de 90.000 millones de euros bloqueado desde marzo y aceptó el vigésimo paquete de sanciones a Rusia. A cambio, Ucrania accedió a reconocer los derechos lingüísticos y culturales de los húngaros de la Transcarpacia.
«El acuerdo es prometedor, pero necesitamos garantías de Kiev. Lo que sí tenemos es una garantía de Bruselas de monitorear el proceso: sin derechos para nosotros no hay acceso a la UE para Ucrania», subraya Dunda. No obstante, sabe que el tiempo no juega a su favor. «El futuro no me preocupa porque ya está aquí, el cambio demográfico ya se ha producido. Pero si acaba la guerra y se abre la frontera para todos, es posible que muchos se vayan para no volver».

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