Marcel Pena
Aktualitateko erredaktorea / Redactor de actualidad

Bienvenido, Mister Quiles

Pancarta en una de las movilizaciones de este lunes contra la presencia de Vito Quiles en Bilbo.
Pancarta en una de las movilizaciones de este lunes contra la presencia de Vito Quiles en Bilbo. (David DE HARO | EUROPA PRESS)

Una berlangada. Así se podría definir lo ocurrido este lunes en Bilbo, cuando la ciudad entera se movilizó para recibir a un Vito Quiles que, finalmente, pegó la espantada. Eso no evitó que se vivieran escenas caóticas en las que el amplio elenco de actores no llegó a eclipsar a la ausencia presente.

En primer lugar, cabe destacar a la Ertzaintza de Schrödinger: ubicua y ausente al mismo tiempo. Porque, cuando el agitador españolista todavía no había confirmado su espantada, la presencia policial en Bilbo era abrumadora, comenzando por las decenas de coches y furgonetas apostados en la avenida Universidades, siguiendo por la lancha motora que surcaba la Ría y acabando por el helicóptero que sobrevoló la capital vizcaina desde la mañana. Por tierra, mar y aire.

En cambio, con el inicio de las movilizaciones de la tarde, la autoridad desapareció de las inmediaciones de la Universidad de Deusto. Caso extraño, si tenemos en cuenta que en ese momento miles de personas ya se agolpaban en la plaza San Pío X y la calle Hermanos Aguirre, junto a los jardines del campus. Ahí, ante a una de las entradas al edificio universitario, se detuvo la cabecera para leer un comunicado y hacer declaraciones a los periodistas, sin que nada hiciera presagiar lo que se viviría minutos más tarde.

La situación era de absoluta normalidad: corros de jóvenes sentados en el suelo, charlando y comiendo pipas. La manifestación no había quedado desconvocada, pues Quiles seguía sin pronunciarse sobre sus intenciones, pero mucha gente había emprendido la retirada. En cambio, cuando sobre las 18.30 confirmó que no aparecería por Bilbo, algo cambió.

En aquel momento, grupos de jóvenes que, a pesar de la jornada primaveral que regaló este octubre despistado, llevaban toda la tarde con capucha y braga de cuello sobre la nariz, se lanzaron sin razón aparente hacia la calle Francesc Macià. Primeros petardos, bengalas y un contenedor ardiendo.

A continuación, se vivió una escena todavía más surrealista, en cuanto que cómica: una horda de cientos de chavales subió corriendo por Hermanos Aguirre y emprendió la carretera de los túneles de Artxanda, donde, a la altura del puente de Ugasko, una dotación de la Policía Municipal, compuesta por un coche y un par de motos, cortaba la carretera. Al ver la marabunta acercarse hacia ellos, huyeron despavoridos.

En vista de la facilidad con que llevaron a cabo su empresa y aupados por la euforia del éxito, aquella multitud cambió de rumbo y se dirigió hacia la avenida Lehendakari Agirre, abandonando toda legitimidad antifascista y abrazando el caos por el caos. El inacabable bulevar se convirtió en escenario de numerosas barricadas y fuegos, a pesar de que la Ertzaintza permaneció ausente. Una posición difícil de entender si tenemos en cuenta que, en casos menos flagrantes (como un desahucio, pongamos por caso), no han mostrado reparos en reivindicar el monopolio de la violencia.

A todo esto, las preguntas que surgen son dos: ¿Por qué, a pesar del amplio dispositivo diseñado para este día, la Policía tardó varias horas en hacer acto de presencia? Y, en segundo lugar pero no menos importante, ¿quiénes eran y qué querían esos jóvenes alborotadores? Aunque hoy el consejero Bingen Zupiria se haya llevado las manos a la cabeza, ambas cuestiones son las dos caras de una misma moneda, por lo que convendría resolver la ecuación dejando al margen cualquier insinuación que apunte a una motivación política de los disturbios y evitar el ‘ETA ex machina’ que viene justificando la inoperancia institucional y policial desde antaño.

De la misma forma que los vecinos de Villar del Río paralizaron y hasta hipotecaron sus vidas con tal de impresionar a una delegación americana que pasó de largo, Bilbo ha pagado demasiado cara la broma de Vito Quiles, que ha acreditado su fama de «agitador» sin ni siquiera poner un pie en Euskal Herria.