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El cónclave, una historia de elecciones papales bajo llave

«Cum clavis», bajo llave. Ese es el origen del término cónclave, la palabra con la que se conoce la reunión que celebran los cardenales de la Iglesia católica para elegir al Papa. A lo largo de los siglos, el procedimiento de designación del sumo pontífice ha oscilado desde la participación de los laicos a la exclusividad de los purpurados y ha provocado infinidad de anécdotas a la hora de designar al heredero de Pedro.

Imágen de la basílica de San Pedro en la víspera del inicio del cónclave para elegir al nuevo Papa. (Filippo MONTEFORTE/AFP)

Con sus rígidas normas, da la impresión de que la elección del Papa siempre ha seguido un ritual claramente establecido, pero la historia nos dice que, en realidad, esa mecánica ha sufrido diferentes cambios a lo largo de los siglos. En los comienzos del Papado, el encargado de ocupar el trono de San Pedro era designado directamente por los apóstoles o fundadores de la Iglesia cristiana. O incluso por la intercesión directísima del Espíritu Santo, ya que en el año 236 Fabián fue elegido Papa por aclamación después de que una paloma se posara sobre su cabeza.

Más adelante, esa elección se «democratizó», ya que en la misma participaba el pueblo junto al clero, que era supervisado por los obispos. Fue una época en la que resultaba imprescindible buscar candidatos de consenso, lo que dio origen a que surgieran aspirantes a sumo pontífice que atacaban con cualquier argumento a la persona acordada para que no fuera finalmente elegida. A esos opositores se les empezó a conocer con el nombre de antipapas.

En vista de que la elección podía derivar en una evidente, y demasiado mundana, disputa por el poder en Roma, la Iglesia acordó abolir ese derecho de elección de la que había gozado el pueblo. Esa decisión la adoptó en el año 769 Esteban III, quien, además, estableció que ningún laico podía ser elegido Papa.

Unos años más tarde, en 862, el Sínodo de Roma permitió que la nobleza de la ciudad interviniera en la elección del Papa, hasta que Nicolás II decretó en el año 1059 que solamente los cardenales elegirían un candidato, aunque para que el designado tomara posesión debía contar con el visto bueno del clero más bajo y del pueblo. En ese proceso para restringir el poder de decisión sobre tan trascendental cuestión, en el Sínodo Laterano de 1139 la designación del Papa quedó única y exclusivamente en poder de los cardenales, que debían conseguir una mayoría de dos tercios de purpurados para presentar al mundo al nuevo pontífice.

A pesar de que el método de elección se había simplificado mucho, los problemas no desaparecieron, ya que, en varias ocasiones, la falta de consenso derivó en situaciones de bloqueo.

En los años 1216 y 1241, ya se tuvo que recluir a los cardenales para que de una vez por todas eligieran al Papa, aunque el caso más espectacular se produjo en 1268. Ese año fallecía el papa Clemente IV y los cardenales se reunieron para elegir a su sucesor en la ciudad de Viterbo, ya que en aquella época todavía no era obligatorio que ese proceso se celebrara en la misma Roma. Los meses fueron pasando hasta que tres años después, en 1271, todavía continuaba la situación de Sede Vacante. Para poner fin a ese problema, las autoridades decidieron sellar las puertas del palacio donde estaban reunidos los 18 cardenales. Incluso se dejó de suministrarles alimentos y tan solo recibían pan y agua, pero ni por esas. Hasta que los habitantes de Viterbo decidieron coger el toro por los cuernos y buscar una solución in extremis. Empezaron a llevarse las tejas de la sala donde estaban reunidos los prelados, quienes, de repente, se vieron a cielo raso y a merced de las inclemencias meteorológicas. La drástica medida dio resultado, ya que poco después resultaba elegido Gregorio X.

En vista de lo costosa que había sido su designación, el nuevo pontífice decidió aprobar una serie de normas para evitar demoras en el cónclave. Así, en 1274, estableció que para elegir al heredero de Pedro, los cardenales debían quedar recluidos en un recinto cerrado con llave, «cum clavis». Además, durante el tiempo que se prolongara esa reunión, no dispondrían de habitaciones individuales, ni de sirvientes. Por si fuera poco, la comida se les entregaría a través de un ventanuco y según pasaran los días, descendería el número de alimentos hasta reducirlos a pan y agua. Pero lo que tal vez más les podía alarmar era que, mientras durase el encuentro, no podrían percibir sus sustanciosas rentas eclesiásticas.

Se ve que tan drásticas medidas dispararon las alarmas entre los cardenales, ya que dos años después consiguieron que fueran derogadas por Adriano V, sucesor de Gregorio X. Sin embargo, los prelados volvieron a las andadas y Celestino V las volvió a poner en vigor en 1294 después de que él mismo fuera elegido tras un periodo de Sede Vacante de dos años.

Con estas medidas se aceleró la elección del Papa, pero no se entraba en las conspiraciones y la compra de cardenales que tenían lugar durante el cónclave. Por ejemplo, en 1458, varios purpurados acordaron la designación del futuro Pío II celebrando un mini cónclave secreto en el retrete del Vaticano. Años más tarde, Inocencio VIII y Alejandro VI alcanzaron el solio pontificio comprando a los cardenales necesarios otorgándoles abadías, obispados y fortalezas.

Para entonces ya se había establecido oficialmente que los cónclaves tenían que celebrarse en Roma. Esta norma se impuso en el siglo XIV y se ha respetado hasta la actualidad salvo en una ocasión. En el año 1800, la ocupación de la ciudad eterna por parte de tropas del Reino de Nápoles obligó a trasladar esa reunión a Venecia. Como curiosidad, en 1846, el cónclave no se celebró en la capilla Sixtina, como es costumbre, sino en el Palacio del Quirinal.

Durante el siglo XX, diferentes papas fueron terminando de pulir las normas del cónclave, entre ellos Pío XII, Juan XXIII, Pablo VI y Juan Pablo II. Incluso el dimisionario Benedicto XVI ha incluido modificaciones en la convocatoria del cónclave al publicar un decreto (motu proprio) que otorga a los cardenales la facultad de adelantar el cónclave si todos ellos están presentes en Roma.

De renuncias y vetos

Durante los veinte siglos que, según la tradición, se han ido sucediendo los herederos de San Pedro, ha existido espacio para registrarse anécdotas y situaciones curiosas en la elección del Papa.

Así, en el año 533 fue elegido el presbítero de la iglesia de San Clemente, que se llamaba Mercurio. El caso es que no parecía muy afortunado que el Papa se llamara igual que el antiguo dios romano de los ladrones y, por ese motivo, decidió adoptar el nombre de Juan II, lo que dio origen a la costumbre de que los sumos pontífices elijan un nombre para su nuevo cargo.

Aunque parece que a cualquier príncipe de la Iglesia le puede resultar muy atractivo llegar a ser Papa, uno de los elegidos no quería saber nada de ese honor. Se trataba de Adriano II, quien, en el año 867, rechazó en dos ocasiones su designación, aunque a la tercera llegó la vencida y terminó aceptando el puesto. Se daba la circunstancia de que el nuevo Papa estaba casado y tenía un hija de cuatro años, quienes un tiempo después fueron secuestradas y decapitadas sin que se descubriera a los culpables de tal acción.

Otro elegido tuvo hasta tres oportunidades. En el año 1032 y con tan solo 12 años, Benedicto IX fue designado sumo pontífice, pero poco después dimitió para casarse. Trece años más tarde volvió a ser elegido Papa y abdicó de nuevo tras haber vendido la sede papal a un familiar. A pesar de ello, en 1048 fue elegido por tercera vez.

A finales del siglo XIII fue elegido un Papa que estos días se ha puesto de actualidad, ya que también presentó su dimisión. Corría el año 1294 y los cardenales que debían elegir nuevo Papa oyeron la historia de un ermitaño llamado Pedro Morrone que desde su cueva pedía a gritos que acabaran con una situación de Sede Vacante que se prolongaba desde hacía más de un año. A pesar de que evidentemente no formaba parte del cónclave, los cardenales consideraron que estaba inspirado por la divina providencia y le eligieron Papa. El ermitaño aceptó y se convirtió en Celestino V, pero tan solo aguantó un año en el trono de Pedro. Tras presentar su renuncia, la última vivida por la Santa Sede hasta la de Benedicto XVI, fue elegido Bonifacio VIII, quien, ante el temor de que su antecesor pudiera ser usado para chantajearle con un cisma, decidió encerrarlo en el castillo de Fumone, donde falleció Celestino en 1296.

El que no llegó a ser Papa a pesar de que contaba con el respaldo de buena parte del colegio cardenalicio fue el purpurado Mariano Rampolla. En el cónclave de 1903 partía como gran favorito, pero el cardenal de Cracovia pronunció el «exclusive» (el veto) en nombre del emperador de Austria-Hungría y Rampolla quedó fuera de la carrera por el anillo del pescador.