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La dispersión se ha agravado en 2014: 49 alejamientos y 26 acercamientos

La dispersión, que ha cumplido un cuarto de siglo en este 2014, tampoco ha llegado a su fin este año, sino al contrario; se ha recrudecido. En los diez primeros meses del año se produjeron un total de 75 traslados de presos vascos por cambio de destino y casi dos tercios de ellos supusieron aumentar la distancia entre la prisión y su casa. Únicamente en 26 casos supuso un cierto acercamiento, pese al eco dado a situaciones como la puntual de Mont-de-Marsan.


La afirmación recurrente de Sare o Etxerat de que la política carcelaria sigue empeorando se prueba por datos como este, obtenido por GARA a partir de los informes mensuales del colectivo de familiares. Prácticamente dos tercios de los traslados producidos entre el 1 de enero y el 31 de octubre (49 sobre 75) han sido alejamientos.

Este diario ya aportó en julio un indicador significativo de la situación: la distancia media de los presos vascos respecto a su domicilio es ahora mayor que en octubre de 2011, cuando se produjeron la Declaración de Aiete y la posterior decisión de ETA de poner fin a la lucha armada. Este colectivo de prisioneros se ha reducido en un 27% desde entonces, pero la dispersión -ahora denunciada ante los tribunales- se ha recrudecido.

El cuadro adjunto constata que el alejamiento se agravó notablemente en los primeros meses del año, mientras que en la última etapa la situación se ha equilibrado algo más, en la medida en que el volumen de traslados se ha reducido. Así, en el primer cuatrimestre se registraron 34 alejamientos por solo 8 acercamientos.

El cálculo recoge los traslados debidos a cambios de destino, no los realizados por diligencias judiciales, dado su carácter pasajero. Se incluyen también los movimientos de presos entre los dos estados, que unas veces les han situado más cerca de casa y otras más lejos. Quedan fuera del recuento los que han supuesto una variación irrelevante en el número de kilómetros, como los realizados entre las dos cárceles de Puerto de Santa María (Cádiz). Pero sí se incluyen otros a los que el término «acercamiento» en realidad les viene muy grande; por ejemplo, los dos producidos en marzo, cuando Rufino Arriaga e Iban Muñoa fueron sacados de Puerto para ubicarlos en Sevilla y Córdoba respectivamente, es decir, también lejísimos de Euskal Herria.

Más habituales han sido casos como los de Julen Atxurra, llevado de Soto del Real (Madrid) a Puerto; Alaitz Aramendi y Oihana Garmendia, alejadas de Poitiers a Bapaume (a 973 kilómetros de Euskal Herria); Arantza Zulueta, de Estremera (Madrid) a Puerto; Iñaki Arietaleniz, de Alcalá (Madrid) a Murcia; Luis Goñi, de Daroca (Zaragoza) a Almería; Zigor Bravo, de Dueñas (Palencia) a Curtis (A Coruña)... Especialmente grave fue la decisión de enviar al ondarroarra Ibon Iparragirre, preso enfermo, desde Basauri a Navalcarnero, al sur de Madrid.

Dispersados desde el inicio

Ciudadanos vascos encarcelados a lo largo del año fueron alejados rápidamente. Así, a Tomás Madina lo llevaron a Fontcalent (Alacant) tras un breve periodo en Soto (Madrid); a Fermin Vila, a Villena (Alicante) también desde Soto, donde se le encerró inicialmente después de ser entregado por el Reino Unido; y a Fernando Sota, a Badajoz desde Iruñea (pese a haber sido excarcelado de forma muy inhabitual, con una condena menor de dos años de cárcel).

Esta realidad generalizada ha tenido mucho menos eco que algunos acercamientos puntuales que fueron colocados bajo la lupa censora por algunos medios. Así, en junio se especuló con la hipótesis de que el acercamiento a Mont-de-Marsan (Landas) de Oier Ardanaz y Eneko Zarrabeitia supusiera algún tipo de apertura en la política penitenciaria francesa. París se apresuró a negarlo. En realidad, esos medios sabían que en el caso de Zarrabeitia la cárcel landesa era una mera estación para su envío al Estado español, donde fue encarcelado en Soto y con ello de nuevo alejado de su pueblo (ahora ya está libre).

Tras todo ello, en el momento actual solo tres presos están en cárceles vascas, sobre un total de 469 (menos de un 1%). Por contra, hay 64 a más de 1.000 kilómetros de casa, y otros 131 a entre 800 y 1.000. Un alejamiento que se impone a los presos, pero en realidad castiga principalmente a sus familiares y amigos, obligados a recorrer enormes distancias para verlos.