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EL TREN DE CARGA EN MARCHA Y LA PIEDRA DE OBAMA EN LA VÍA

El plan contra el cambio climático de Obama se califica de avance desde las instancias políticas, pero los expertos estiman insuficientes las medidas para limitar a dos grados el calentamiento. Un buen paso que se echará a perder si la presión popular no lo evita.


El futuro ya está aquí. Y no tiene buena cara, por lo que al clima respecta. Décadas de un consumo compulsivo de energía (en los países más industrializados) nos han traído hasta aquí y los esfuerzos para tratar de corregir la situación habían sido despreciados hasta ahora por las dos principales potencias, EEUU y China. ¿Resuelve el anuncio de Barack Obama esa parte del problema? ¿Frenará el calentamiento del planeta su plan de energía limpia?

El plan de Washington impone en particular a las centrales eléctricas reducir en un 32% sus emisiones de carbono de aquí a 2030. Las plantas de generación eléctrica representan hoy en día el 40% de las emisiones estadounidenses de CO2, principal responsable del efecto invernadero que está recalentando el planeta. El 32% del 40% no llega al 13% a lograr en 2030, ¡dentro de 15 años! Sin embargo, los expertos consideran que los países más industrializados deberían reducir su emisión de gases que causan el efecto invernadero cerca del 8%... cada año.

La situación la ilustra perfectamente Greg Johnson, un oceanógrafo del Laboratorio Ambiental Marino del Pacífico de la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica (NOAA) de EEUU. Sostiene que el cambio climático ya es irreversible: «Pienso al respecto como si fuera un tren de carga. Se necesita un gran empujón para ponerlo en marcha, pero ahora ya está en movimiento y seguirá moviéndose mucho después de que dejemos de empujar. Aunque congeláramos los gases de efecto invernadero en sus niveles actuales, el mar en realidad seguiría calentándose durante siglos y milenios, y a medida que siga calentándose y expandiéndose, los niveles del mar seguirán subiendo».

EEUU es hoy el segundo emisor después de China. Ninguna de las dos potencias eran parte del último acuerdo multinacional en la materia, conocido como protocolo de Kioto. El acuerdo que se negociará en diciembre en París –el primero en involucrar a todos los Estados del mundo– incluirá los compromisos de cada cual para limitar la emisión de CO2. EEUU se comprometió a una reducción de entre un 26% y un 28% de los niveles de 2005 para 2025, y el Plan de Energía Limpia (Clean Power Plan) de Obama es parte de la estrategia para alcanzar esa meta.

El torpedeo que se anuncia

«Se trata definitivamente de un avance con relación a lo que estaba sucediendo hasta ahora en el sector energético de EEUU», comentó a la agencia AFP el experto en cambio climático Niklas Hoehne, del New Climate Institute. «Aunque se trate de un paso importante hacia el cumplimiento del compromiso estadounidense, por sí solo resulta insuficiente», agregó. Antes existía un desfase de 1,5 gigatoneladas entre el compromiso estadounidense en materia de emisión de gases contaminantes de la meta 2025 y las medidas que estaba adoptando, dijo Hohne. Ahora, esa diferencia se reduce en un tercio, al menos en el papel. «EEUU está más cerca de alcanzar lo prometido, digamos que recorre un tercio del camino», manifestó.

Sin embargo, no está nada claro que el plan puesto sobre la mesa por Obama no vaya a terminar en un cajón. Además de por la oposición republicana, fue criticado por un grupo de presión pro carbón, el American Coalition for Clean Coal Electricity, que amenazó con probables acciones legales: «Está poniendo en marcha un plan ilegal que aumentará los costes de la electricidad y dejará a la gente sin empleo», advirtió.

El presidente Hollande, anfitrión de la conferencia de París, saludó el «coraje» de Obama y opinó que su plan es clave en la eliminación del carbono de la economía estadounidense. «Marca un punto de ruptura al fijar por primera vez el objetivo de descenso de las emisiones de CO2 en la producción de energía», se congratuló el presidente francés, obligado a mostrarse optimista.

La escritora canadiense Naomi Klein (se acaba de publicar en castellano su libro “Esto lo cambia todo, el capitalismo contra el clima”) parecía enfriar el entusiasmo de Hollande cuando hace algunas semanas declaraba al semanario alemán “Der Spiegel” que «el problema es que en todas estas conferencias sobre el clima todo el mundo actúa como si fuéramos a llegar a nuestra meta por medio de un compromiso propio y de obligaciones voluntariamente aceptadas. Nadie les dice a las empresas petrolíferas que van a tener que ceder. Otro problema es que estas empresas van a luchar como fieras para proteger lo que no quieren perder».

Mientras en los países que más han contaminado el planeta –y, por tanto, más han contribuido al cambio climático– continúa el diálogo de sordos promovido por quienes no quieren que nada cambie, en numerosos puntos del planeta se sufren los efectos.

En un informe divulgado en octubre de 2014, la empresa de análisis globales Maplecroft señaló que Nigeria, Bangladesh, Etiopía, India y Filipinas son los países que actualmente corren mayor riesgo de experimentar conflictos promovidos por el cambio climático. Por lo que respecta a Nigeria, desde el norte, el avance del Sahara está dando bríos a la sangrienta insurgencia de Boko Haram, así como a un conflicto por los recursos entre agricultores y ganaderos y pastores en su región central que ya ha causado cientos de víctimas (en el último ataque, en mayo de este año, pastores de la tribu fulani mataron a por lo menos 96 personas en el central estado de Benue). Además, aumenta el nivel del océano, causando inundaciones que afectan al sur.

El cambio climático aportó su grano de arena incluso al fenómeno de revueltas sociales conocido como Primavera Árabe. La grave sequía que padeció Siria desde 2006 hizo que millones de personas abandonaran el campo para trasladarse a las ciudades, a los barrios de chabolas, donde se convirtieron en ciudadanos de segunda que nada tenían que perder, y mucho que ganar. Se apuntaron a la revolución y, fracasada ésta, más de uno optó por el yihadismo. Es la tesis que defiende Juan Cole en “The Nation”.

Sequía china y caída de Mubarak

En “Le Monde Diplomatique”, Agnès Sinaï relaciona la caída de Hosni Mubarak en Egipto con una mala cosecha en China: la sequía y las tormentas de arena en el este del gigante asiático en el invierno de 2010-2011 obligaron a Pekín a comprar trigo en el mercado internacional, con lo que se disparó su precio: «El precio del pan se triplicó, lo que alimentó el descontento popular contra el régimen de Hosni Mubarak».

El cambio climático ha obligado a millones de personas a adaptarse, a modificar su forma de vida. En un momento en que un inusual clima caliente y seco afecta a Zimbabue, la sequía ha hecho que muchos ganaderos perdieran gran número de animales. Esto les llevó a optar por la cría de cabras como forma de preservar sus bienes pecuarios.

Especialistas en cambio climático coinciden en que la cría de animales tolerantes a la sequía, que se alimentan de arbustos y necesitan menos trabajo humano, es una mejor alternativa a las vacas, que requieren de muchos más cuidados.

Pero en otras latitudes las cosas están aún peor porque se están quedando sin tierra, sin país, como consecuencia de la subida del nivel del océano. A la isla de Unión, de San Vicente y las Granadinas, le llamaban «Gran Arena» porque sus dunas y playas eran anchas y la gente solía jugar al cricket sin mojarse. Pero en la actualidad, según un artículo de la agencia IPS, «quedan unos pocos metros de arena, mantenida solo por grandes piedras colocadas a unos seis metros mar adentro». «Puede haber otras razones, pero creo que el cambio climático es la principal causa de que perdamos esa playa», dijo la exlegisladora Stephanie Browne a IPS.

Los países empobrecidos sufren las consecuencias de la actividad de los industrializados. Serán los más afectados por el aumento del nivel del mar, las inundaciones, las tormentas y las sequías. Para lidiar con dicha amenaza, que acabará con innumerables vidas humanas y causará estragos en la agricultura, la ONU pretende que se aporten 100.000 millones de dólares por año para 2020, como parte del Fondo Verde para el Clima que ayudará a los países vulnerables.

La actitud de los gobernantes que, como Obama, dicen estar preocupados por el calentamiento global será clave para que esos países puedan adaptarse. Si no les ayudan con muchos dinero, pronto veremos a millones de personas convertidas en refugiados climáticos. Pero incluso en el mejor de los casos (que la ONU recaude lo que reclama), los países ricos tendrán que rectificar su forma de actuar, además de conceptos como el «crecimiento económico», lo cual hará necesario enfrentarse a las grandes compañías, esas que financian las campañas políticas.