INFO

Pastor de un rebaño muy difícil de gobernar y más aún de reformar

Elegido por aclamación, el ex primer ministro portugués Antonio Guterres es el nuevo secretario general de la ONU. Promete una reforma radical, algo más fácil de decir que de conseguir, dado que los «cinco grandes» quieren mantener intactas sus prerrogativas, lo que impide toda reforma sustancial.


En la que fue la decisión más importante que tomó durante el pasado año, la Organización de Naciones Unidas (ONU) eligió a su nuevo secretario general, el ex primer ministro y diplomático portugués Antonio Guterres. Sustituye al surcoreano Ban Ki Moon al frente de una institución en la que la humanidad depositó en su momento enormes esperanzas y necesitada hoy de reformas radicales, de reinventarse a sí misma, para seguir siendo relevante en un mundo que, durante la mayor parte de su historia, se ha caracterizado por el desorden y no por el orden.

Pocos procesos de elección son tan opacos como el del secretario general de la ONU. La única directriz está recogida en el artículo 97 de su Carta y establece que «será nombrado por la Asamblea General previa recomendación del Consejo de Seguridad». Esta vez hubo un esfuerzo de apertura, pero el resultado final sigue dependiendo de un mercadeo entre potencias mundiales, en el marco de un complejo sistema de rotación y de vetos interpuestos. En otras palabras, quien quiera ganar la carrera a la Secretaría General tiene que negociar con esmero el apoyo, o al menos evitar la oposición, de EEUU y Rusia.

Fue una elección unánime, por aclamación. Los actuales aires de Guerra Fría no impidieron a rusos y estadounidenses ponerse de acuerdo. El informal sistema de rotación dejaba entrever que el nuevo secretario general sería un representante de los países del este de Europa, una región que nunca ha ostentado ese cargo. En parte por la fragmentación de los candidatos de Europa del este (con ocho de los doce en liza) y en parte por las bajas prestaciones en sus audiciones ante la Asamblea, que por primera vez fueron televisadas, lo cierto es que fueron cayendo uno tras otro. Se especulaba con que sería elegida una mujer por primera vez en la historia, sonaban con fuerza las representantes latinoamericanas Christiana Figueres (Costa Rica) y Susana Malcorra (Argentina), pero finalmente no se hizo realidad.

Lo cierto es que Guterres arrasó. En las entrevistas se mostró elocuente, telegénico, políglota, sus prestaciones impresionaron. Su elección demuestra que, a pesar de ser un ex primer ministro de un país de la OTAN y de las tensiones entre Rusia y EEUU, cuando estos quieren y la situación lo requiere, son capaces de ponerse de acuerdo.

Guterres es un «insider», un empleado de la casa, con diez años al frente del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) a sus espaldas. Quizá un líder con carácter y carismático, sin las habituales inhibiciones de los diplomáticos, de fuera del sistema, hubiera resultado una elección mejor para sacar adelante las reformas necesarias.

Con todo, las esperanzas depositadas en él son grandes y la necesidad de inyectar frescura, de dotar a la ONU de más eficiencia para abordar los desafíos emergentes, las nuevas realidades de esta época, aún mayores.

La ONU es un animal difícil de domar, de gobernar, y terriblemente endiablado a la hora de reformar. Ha acumulado fuerzas de entropía e inercias que dejan una sensación de que los países acuden a sus sesiones sabiendo que las decisiones cruciales se toman en otra parte. Que es demasiado lenta, engorrosa e ineficaz a la hora de lograr resultados tangibles. Que tiene un funcionamiento de otra época, de otro siglo, y un déficit democrático que impide todo multilateralismo efectivo en la arena global.

En este mundo interconectado, donde el multilateralismo como concepto y como práctica está amenazado, quedarse como está, quieta, no es una opción para la ONU. Eso es retroceder, ir a la deriva.

Se requieren esfuerzos activos para reinventar una institución que debe atender asuntos pequeños y grandes, aquellos que dominan los medios globales y los que no lo hacen. Que camina sobre un hilo donde es muy difícil el equilibrio, derivado de la responsabilidad dual de sus miembros. Estos defienden los intereses de los estados a los que representan y actúan en nombre de una organización multilateral de importancia clave de la que son, en cierta medida, custodios. Y que además, no pocas veces, consideran que sus puestos en la ONU son un trampolín para hacer una carrera diplomática de éxito.

 

La ONU no fue creada para llevar a la humanidad al cielo sino para salvarla del infierno. Cuando el malogrado segundo secretario general de la ONU, Daj Hammarskjöld –fallecido en 1961 en un accidente durante un viaje para mediar en el conflicto de Katanga en Zaire–, dijo estas palabras, uno puede imaginarse la idea de infierno que le rondaba por la cabeza: la Segunda Guerra Mundial, los campos de exterminio nazi y el espectro de bombardeos atómicos que se extendía por el mundo.

Hasta qué punto ha ayudado la ONU a evitar el Armagedón nuclear es una cuestión importante para los historiadores. Pero no hay duda de que la geopolítica no se inventó ayer. La incómoda verdad es que la ONU se creó junto a un orden global dominado por los vencedores de aquella guerra, como un híbrido que combinaba realismo y un afán de convertirse en fábrica que produjera legislación y mecanismos de arbitraje internacional. Seguramente no habría existido la Carta de Naciones Unidas sin que los «cinco grandes» –las potencias nucleares que vencieron a Alemania y Japón en la II Guerra Mundial– no gozaran de las prerrogativas, incluido el poder de veto, que se aseguraron y dejaron bien guardadas con candados hasta ahora imposibles de abrir.

Prerrogativas que quieren mantener intactas ante cualquier hipótesis de reforma, lo que equivale a impedir toda reforma sustancial. Pero, ¿es justo que esos cinco países tengan un poder tan desproporcionado, hasta el punto de tener rehén al mundo en tantas y tan importantes cuestiones? ¿Podrá Guterres tener éxito allá donde todos sus antecesores han fracasado? ¿Abrirá las puertas a un Consejo de Seguridad más justo y geopolíticamente más equilibrado? ¿Será capaz de cambiar la balanza de poder y la perversa utilización del veto, que tan a menudo deviene en un bloqueo total?

 

La reforma radical de la ONU es un objetivo más fácil de decir que de conseguir. Setenta años después de su creación, todas sus imperfecciones y la forma de corregirlas han pasado a un primer plano. La percepción de su ineficiencia aumenta, de ser un ente antidemocrático liderado por países ricos e industrializados que ponen la gran parte del dinero y hacen funcionar una estructura mastodóntica en su propio beneficio.

Es curiosa la paradoja. En su mejor versión, como noble aspiración de un Parlamento para toda la humanidad y como ideal de un gobierno global y coherente que le sirva, seguramente no habrá ninguna institución más estimulante que la ONU. Ahora bien, en su peor versión, tampoco hay nada más frustrante y debilitador. Máxime cuando ha quedado probado que todos los intentos de renovarla y de adecuarla a los desafíos de esta época con un tiempo histórico tan acelerado han sido quijotescos e improductivos.

No necesitará mucho tiempo Guterres para darse cuenta del poco apetito que suscita la reforma de la ONU que se ha propuesto como objetivo. Grosso modo, son cinco desafíos a los que se enfrenta el nuevo secretario general en ese afán y debe hacerlo medio de una guerra de intereses que hasta la fecha han hecho imposible acometerla.

Los vencedores de la II Guerra Mundial quieren seguir dominando todo el cotarro. Sí, el mundo ha cambiado, continentes enteros quedan fuera y grandes países –Brasil, Japón, Sudáfrica, Nigeria, India y Alemania– piden el ingreso en ese selecto club, pero los «cinco grandes» se niegan a compartir sus prerrogativas exclusivas. Además, los nuevos aspirantes son vetados por sus rivales regionales. Argentina, México y Colombia contra Brasil; Italia y Estado español contra Alemania; Corea del Sur contra Japón; Pakistán contra India, sin olvidar que Turquía o Indonesia que también piden turno y asiento.

Guterres debe ganar autoridad para centralizar la supervisión y coordinar la pesada e inmanejable organización de la ONU con sus 17 agencias especializadas, sus 14 fondos, el secretariado, sus 17 departamentos y sus 130.000 cascos azules. La poco fiable financiación es otro dato a subrayar. Conseguir dinero es un problema crónico al que deberá hacer frente si durante su mandato quiere disponer de un presupuesto capaz de sufragar operaciones de paz, respuestas de emergencia a epidemias, crisis humanitarias y desastres naturales… Desde hace cinco años la ONU gestiona un presupuesto que ronda los 43.000 millones de euros anuales y equivale a unos 5 euros por habitante del planeta. El dato da que pensar.

Y todo ello, sin olvidarnos de temas como el del cambio climático, el control de epidemias, la innovación tecnológica y el de la colaboración cultural, donde poco se ha hecho y hay mucha tela que cortar.

Aquí no se defiende que la ONU esté condenada a bajar la persiana y a tener el mismo destino que su antecesora, la Liga de las Naciones. Setenta años después –y 142 países más, de aquellos 51 a los actuales 193– de su creación, tras toneladas de frustración y desilusión recogidas durante este tiempo, parece evidente que, de alguna manera u otra, debe reinventarse e hincarle el diente a su reforma de manera radical.

Guterres ha llegado al cargo en una momento crucial en el que la credibilidad de la ONU, el seguir siendo relevante y de utilidad, están en juego. Ha prometido una «reforma radical» que no podrá hacer si no logra concesiones de los «cinco grandes» y si no es capaz de enmendar la propia Carta de la ONU.