Historiador
85.000 palomas

Cárceles en las que no entraba un soplo de aire fresco, una camiseta con el semblante del Che Guevara y la sonrisa de un niño quedaba aplastada por el cristal de seguridad en los locutorios

11/01/2020

Cada primavera, cada otoño, bandadas de palomas cruzan nuestro cielo hacia lugares más calientes. Lo han hecho desde que aparecieron como especie, guiadas por señuelos indescifrables que marcan su existencia. Es ley de vida, la voluntad de volar, de enfrentar los vientos más adversos. Símbolos de libertad.

Cada primavera, cada otoño, sin embargo, miles de cazadores esperan agazapados entre arbustos su llegada. Disparan a diestro y siniestro. Diezman las bandadas que al año siguiente se recuperarán y volverán a surcar pasillos atávicos, enfiladas con esas nuevas generaciones que vieron la luz en el reposo de aquellos lugares cálidos que sus predecesores buscaron una y otra vez.

Nicolás Guillén escribió un bello poema cargado de metáforas: «Paloma del palomar, no dejes de preguntar, quien me cerró la puerta a que llamo yo. Tal vez te puedan decir quién es quien la puede abrir y quien la mandó cerrar». Desde hace ocho décadas, 85.000 vascos han sido encerrados en prisiones, campos de concentración e incluso de exterminio. De ellos, 7.500 hombres y mujeres en el último medio siglo.

Luciano Larraza Lizarraga era un joven de Iruñea que fue movilizado en el Ejército franquista. No comulgaba con los objetivos de los sublevados, así que cuando tuvo la primera oportunidad cruzó las líneas, en Arrate, y se pasó al bando republicano. A la caída de Santoña, evadió la detención y escapó hacia la muga. Deambuló sin rumbo, perdido entre montes y nieblas hasta que fue detenido. Le llevaron a la prisión de Ondarreta. Un juicio de apenas una hora determinó su deserción. Fue ejecutado en el caluroso verano de 1938.

Joaquín Hernández Fraile era natural de Salamanca y llegó a Euskal Herria en la ruta del hambre. Obtuvo una plaza de guardia municipal, pero a la caída de Bilbao estuvo recluido en la prisión de Escolapios y fue condenado a 20 años de cárcel: «se presentaba con la máscara de persona de orden y de profundos y arraigados sentimientos religiosos, pero más adelante arrojó el disfraz, apareciendo entonces como blasfemo, ateo y de mala conducta».

Aunque no estuvieron en el frente, la cárcel también se hizo para las mujeres. A Francisca López Armendáriz, le condenaron por albergar al novio miliciano de una de sus hijas. Luisa Vázquez Zugasti, vecina de Irun, fue encarcelada porque una de sus hijas fue presidenta de Socorro Rojo. Leonor Isla Legarreta, fue arrojada a un inmundo calabozo por «sus ideas avanzadas». A Dolores Beñarán Huarte le fue encontrado un pañuelo rojo en el registro de su domicilio, prueba suficiente de su desapego al Régimen para ser encarcelada. María San Sebastián Tolosa era «esposa de un miliciano muerto en la lucha contra la Causa Nacional». El duelo lo pasó en prisión.

En los años de la guerra, especialmente desde el verano de 1937, unos 55.000 vascos fueron internados en cárceles inmundas, locales, provinciales, improvisadas. Durante el franquismo, hasta la década de 1960, 12.500 hombres y mujeres vascas conocieron más de 50 prisiones españolas, incluidas las ubicadas en las llamadas plazas africanas. Con la invasión nazi, cerca de 7.000 fueron internados en Gurs. Otros 3.000 recluidos en la cárcel de Baiona, en la de Burdeos, en los campos de exterminio de Auschwitz, Mauthausen.

Jacinto Ochoa Marticorena (Uxue, 1917-1999) fue el preso vasco que más tiempo estuvo encarcelado en aquella época. Salió del presidio de Burgos en 1963, indultado por Franco tras la muerte del papa Juan XXIII. Llevaba 26 años encerrado. El resto, ni siquiera el maquis comunista Marcelo Usabiaga, que falleció en 2015 a la edad de 99 años, llegó a los 20 años. La inmensa mayoría cumplió una pena inferior a los seis años, como Juan Ajuriaguerra, líder del PNV que negoció en Santoña la rendición del Ejército vasco y que salió de la prisión de Las Palmas de Gran Canaria en julio de 1943. Falta de mano de obra e indultos (1940, 1961 y 1963) abrieron las cárceles.

Las cárceles volvieron a llenarse a partir desde 1960 y también desde la muerte de Franco. Desde entonces y hasta 2020, es decir en 60 años y como señalaba al comienzo, cerca de 7.500 ciudadanos vascos fueron encarcelados por razones políticas. En 2007, el número de prisioneros que ofrecía Etxerat era de 728. Hoy, cerca de 250. Pero entonces, en 2007, eran 44 los presos vascos llevaban más de 20 años en prisión. En 2020 los presos políticos vascos son un tercio en relación a la cifra de hace 13 años, pero los que llevan encarcelados más de 20 años han aumentado. Hoy son 54. Decenas de Jacinto Otxoas que hoy tienen otros nombres, otros hogares que les echan en falta.

Maddi Hegui había nacido en Heleta. Detenida e internada en la prisión de Pau, una audaz acción de sus compañeros la liberó de la cárcel, junto a Gabi Mouesca. Apenas unos meses después, en la clandestinidad, fue detenida junto a la vía férrea. Un tren a la velocidad del rayo arrastró el coche policial en el que la habían arrestado.

Otro joven, Joseba Asensio, de Bilbao, fue detenido y recluido en una de las entonces llamadas prisiones de máxima seguridad. Cárceles en las que no entraba un soplo de aire fresco, una camiseta con el semblante del Che Guevara y la sonrisa de un niño quedaba aplastada por el cristal de seguridad en los locutorios de las visitas. En cambio, virus y bacilos tenían la libertad de explayarse a sus anchas, porque a la médico de la prisión, autora por cierto de un opúsculo titulado “la verdadera esencia del amor”, los presos no sumaban. Restaban. Asensio murió de tuberculosis y en su funeral, la Policía, para mantener su listón, produjo 30 heridos. Por cierto también, no he visto sus nombres en las listas oficiales.

Entre la alargada cresta del Bizkarge y la cima del Odeizügaina cada primavera y cada otoño miles de palomas cruzan en uno u otro sentido. A veces confusas por el sonido atronador de la pólvora. Otras orientadas, acolchadas en vientos favorables. Son, desde que tengo uso de razón, mis reclamos de libertad.

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