Garazi Aizpurua
Profesora de Filosofía

Alquilar vínculos

El cine, a veces, no solo nos cuenta historias: nos deja preguntas. No preguntas ruidosas ni urgentes, sino de esas que se instalan despacio, que permanecen durante días. Películas que siguen acompañándonos después, en lo que pensamos, en lo que nos inquieta.

Así me ocurrió con "Rental Family", una película que explora lo que ocurre cuando las relaciones se vuelven frágiles y temporales, dejando preguntas que persisten más allá de la pantalla. Y quizá conviene decirlo: nada de esto nace del rechazo, sino todo lo contrario. Me parece una película lúcida y valiente, un planteamiento extraordinario precisamente porque no simplifica lo que muestra. No incomoda por lo que afirma, sino por lo que nos obliga a pensar.

El planteamiento de la película parece simple: un negocio para personas que alquilan compañía. Familias, amantes de pega, amigos. Presencias que se contratan para acompañar, sostener, tapar un problema o llenar un vacío. Todo está regulado, limitado, pactado. Quien paga conoce la representación; pero normalmente no lo hace para sí mismo, sino para alguien que ignora que lo que recibe es actuación. Y, aun así, nada de eso garantiza que el vínculo permanezca en el terreno de lo ficticio.

Por una parte están quienes reciben ese afecto sin saber que forman parte de una representación. Personas que creen estar viviendo un vínculo cuando, en realidad, habitan una escena. En el negocio aparece el engaño, y con él, una acumulación de emociones que nadie termina de poder controlar.

También están quienes sí saben que es ficción; quienes que entran en estos vínculos con plena conciencia del contrato sean actores o sean los que contratan a los actores. Y, aun así, tampoco ahí la cuestión queda resuelta. Porque incluso cuando la representación es conocida y aceptada, el alquiler a veces no hace más que aplazar otras formas de cuidado más profundas −y más difíciles−, haciendo más habitable la ausencia sin transformarla o resolverla.

Se trata de un campo minado ético; un territorio donde nada parece peligroso a primera vista, pero donde cada gesto, cada palabra, cada forma de cercanía puede sentirse verdadera, aunque nazca de un papel. Relaciones pactadas que, aun así, abren grietas que no siempre se cierran. Porque las emociones no funcionan con contrato. Uno puede saber que ese afecto tiene un precio y, aun así, vivirlo como real. Puede saber que la cercanía es temporal y, aun así, incorporarla al cuerpo, a la memoria, a la expectativa. Y ahí aparece la primera grieta: ¿qué ocurre cuando algo que nace como ficción cumple exactamente la misma función que lo real?

En la película, el negocio del alquiler intenta trazar límites morales, establecer normas, marcar hasta dónde puede llegar el «alquiler». Pero, ¿bastan esos límites? ¿Protegen realmente lo que se juega en estas relaciones? Por mucho límite que se ponga, ¿puede un negocio así ser ético?

Hablar de vender afecto incomoda, lo sé. Y quizá deba incomodar. Porque, aunque el consuelo sea real, hay algo perturbador en convertir el cuidado en mercancía. En poner precio a la presencia. En profesionalizar aquello que, precisamente, más necesitamos que sea libre y honesto.

Lo que más desvela "Rental Family" no es la rareza del negocio, sino algo más reconocible: la manera en que hemos aprendido a normalizar la carencia. En lugar de ir al origen del problema e intentar resolverlo, en lugar de preguntarnos por qué hay tanta soledad, tanta tristeza, tanta desconexión, ofrecemos soluciones funcionales. Parches bien diseñados, emocionalmente eficaces, pero profundamente provisionales.

No se repara la herida: se gestiona. No se cuestiona el origen del vacío: se alquila algo que lo tape. No se trata solo de engañar o no engañar, sino de permitir que todo siga funcionando sin afrontar el conflicto de fondo.

Y, aun así, no todo puede mirarse desde el cinismo. Porque el alivio que aparece es real. Porque el acompañamiento, aunque sea efímero, deja huella. Porque muchas cosas importantes en la vida también duran poco, y no por eso son falsas.

La contradicción queda abierta: comprender por qué existen (o podrían llegar a existir) estos servicios y, al mismo tiempo, desconfiar de ellos. Porque a veces parecen funcionar, aliviar, incluso liberar. Y es precisamente ahí donde se vuelven más inquietantes.

Quizá no exista una línea moral clara que lo ordene todo. Quizá no sepamos señalar con exactitud dónde termina el cuidado y empieza la instrumentalización. Pero hay algo que vuelve una y otra vez, como una advertencia silenciosa: cuando la ficción deja de ser compartida, algo se desequilibra.

Puede que la ficción nos sostenga durante un tiempo.

Puede que incluso alivie, acompañe o amortigüe la caída.

Pero las emociones, tarde o temprano, siempre acaban reclamando su lugar en lo real.

Search