Iñaki Egaña
Historiador

Amerri Eguna

Bazko eguna, aberri eguna. Día de la patria vasca. Aberria de abe. El padre, como la patria latina. No sé yo si tal y como hemos vivido, sufrido, sentido y hasta amado, es lo correcto.

Por eso me voy a atrever con un neologismo, más acorde con los tiempos y con todo aquello que llevo grabado en esa piel que cada año se va cuarteando un poco más. Amerria. El pueblo de la madre, de las antepasadas. Amerri Eguna.

Y es así como registro mi patria, o debería decir matria. Sí, matria. Es así como la necesito, como participo de ella, acogiendo a las mías, a las nuestras, con la intensidad que ofrecen las emociones para gritarnos cada hora que estamos vivos. Que la vida vale la pena aunque sea únicamente para seguir la huella que dejaron, para suponer la que están trazando y nos transportará a ese mundo mejor de nuestros sueños.

Unos sueños que cristalizan en generaciones, que se agolpan en cada rincón de la memoria, que se expanden como el polen, que se recogen como la cosecha, que alcanzan al tuétano de nuestros huesos para convertirnos en lo que somos. Vientres centenarios, milenarios que nos han dado la vida, que nos han ofrecido la posibilidad de existir, de convertir nuestro paso por la humanidad a golpe de latidos. Con la vocación de mejorar el futuro de los que nos seguirán.

Nadie supo recoger mejor esa emoción que Grazi Etxebehere cuando en Orzaize lanzó un soplo de dignidad a las cámaras para reclamar que la paz necesita compromiso. Nuestra Grazi que me lleva en volandas al eco de otra Etxebehere, Mika, llegada de Argentina a combatir a un fascismo que se escondía bajo la punta de fusiles bendecidos por fundamentalistas y vaticanistas.

Estos vientos de guerra que nos han traspasado desde que la memoria es memoria. Maddi Heguy, atrapada en su juventud entre los raíles de un tren al que dedicó desde sus pupilas los últimos instantes, junto a sus verdes prados de Heleta. Aquellas brisas que llevaron a Antonia Caparroso, a sus 60 años, a combatir al Imperio napoleónico, desde Tudela hasta el Baztan, atravesando un territorio excepcional, el navarro, útero de nuestras señas identitarias.
Un recorrido que amplió Cándida Sagarna que partió cuando nuestro país estaba aún recortado por trincheras ahumadas por el olor a la pólvora, para recalar en continentes extraños, calores exóticos, y regresar décadas más tarde, cuando la primavera, tras un suspiro, se convertía en otoño. Que injertó al otro lado del océano a la tolosarra Cecilia G. de Gilarte para emborronar los ríos de la soledad, que deslizó a la sombra de los Andes a la donostiarra Sunti Amilibia para completar las letras de la nostalgia. O a María Luisa Elio, «al fin voy a volver donde las cosas no están», en su regreso a Iruñea. Que completó Agustina Berridi, huyendo de los peseteros liberales, retornando a Ondarroa, y volviendo a cruzar la muga para evitar los pájaros de metal que bombardearon Gernika.

Una soledad agónica a veces, esperanzadora otras. La de la ciega, la celda de paredes inmutables que acogotaron a Maitane Sagastume, a Koro Egibar, que pudo con la vitalidad de Oihane Errazkin, que destapó la fragilidad de Lorentxa Guimón. Que, hoy, alcanza a Belén González, aspirando los ecos húmedos del Agauntza entre los resquicios de una enfermedad traicionera. Mujeres colmadas de empeños. Madres también, como Joxepa Arregi, incansable como tantas, de cárcel en cárcel, siguiendo el rastro de su hijo, con tres décadas entre barrotes.

Aquellos empeños, los mismos que cargaban la piedra de Idoia Etxeberria o Damasa Agirregabiria cuando alzaban con sus manos la fuerza de la vida, los golpes secos de Irati Astondoa al fracturar el tronco, Maite Zunzunegi o Arantxa Sistiaga surcando con las palas del remo la dureza de la mar. El sudor de Ascen Azeo al segar la hierba crecida, de la raquetista Agustina Otaola en un frontón repleto de hombres. Cantos a la vida.

Una vida que no pudieron alcanzar, apenas adolescentes, Mari José Bravo, Mari Tere Berroeta, violadas y muertas por la impunidad de los uniformados disfrazados de Lucifer. Ahorcadas y luego quemadas en la hoguera como Mari Chorropique, condenada a la oscuridad eterna por un inquisidor que desgarró la puerta de su casa, la casa de su madre, en Ustaritze. Madelene Larralde, de apenas 15 años, guillotinada en Donibane Lohizune por escribir una carta en la única lengua que conocía, euskara.

«¡Qué lejos me han traído para matarme!», lloraba Nicolasa Arrizabalaga, cuando con 21 años, fue ejecutada en Zaragoza por un pelotón de ocho soldados, de esos que sintetizaban la gloria de España. Lejos de su Mutriku, apenas a un soplo de Saturraran, la cárcel de salitre custodiada por canallas, adonde llegó la asturiana Carmina Merodio casi niña y salió ya adulta para reunirse con los vecinos que la acogieron y también para denunciar que más de un centenar de mujeres y decenas de niñas y niños habían expirado su último aliento entre aquellos muros indecentes.

Mujeres de fuego, mujeres de nieve, que estremecieron al cantautor caribeño. La zuberotarra Madeleine Jaureguiberry que escribió sobre el valor inestimable de la herencia de la lengua, el euskara. La lengua que transmitieron Faustina Karril, Julita Berrojabilz, Elbira Zipitria, Jone Forkada, Maria Dolores Goia, Begoña Jauregi... Arantza Mujika en Venezuela. Que se balancearon en la musicalidad de sus bertsos, Juana Joxepa Bengoetxea, Martxelina Lopetegi, Luzia Goñi, Maialen Lujanbio. Contra corriente, incomprendidas la mayoría de las veces: «Ez emakume, ez ama, ez eme, ezin izanik» que compuso Amaia Lasa.

Mujeres de fuego, de hierro, forjadoras del acero, lavanderas del hierro, en Galdames, Gallarta, en la mina Concha, como Victoria Pellicer a la que su sueldo apenas alcanzaba para llenar los estómagos de sus hijos. Tabaqueras, modistas, costureras como María Lainez, de Bergara, emigrante en la ristra del hambre, una cadena también de vuelta. María Manot, madre de Txiki, recogida entre las arenas de Zarautz huyendo de la sequedad extremeña.
Madres de todos, madres de cada una y uno de nosotros. Como la mía, y no quiero incidir en exceso por privilegio de letras, que un día en un carro, en un autobús destartalado, dejando atrás caminos polvorientos, abrigos nostálgicos de generaciones, llegaron a esta tierra que las acogió. Teodora, nacida junto al calor de una chimenea de una casona perdida en la sierra de Alcaraz, mientras su padre trabajaba de sol a sol, en los campos infinitos del señorito.

Crónicas del desasosiego, pero también historias de amor. La de Garbiñe, de Catalina Eleizegi, la de Jeanne Erdoy, de quien sólo recordamos a su compañero Oihenart, el poeta. La de la revolucionaria Soledad Villafranca, de Uxue, compañera inseparable en ideas del pedagogo libertario Francisco Ferrer, ejecutado por subversivo, la de María Armendariz, que educó a su hijo bastardo, repudiado por el monarca navarro. La de Manoli, «inmenso el amor que siento por ti», en la víspera de la ejecución del comunista Imanol Asarta. La de Pilar Lekuona, en la clandestinidad de París, asistiendo a su compañero que se moría sin poder llevarlo al hospital por miedo a la detención. Y, volviendo a aprovecharme de mi condición de escribidor del artículo, la madre de mis hijos, Ana.

Amerria, el pueblo de las madres, anónimas en miles, escondidas por la historia, obviadas por las academias, expulsadas por la religión, maltratadas por las letras, humilladas por el cansino gotear de los años, de los siglos. Fuertes, sin embargo. Transmisoras de esa identidad que a veces parece agotada y, a pesar, aquí la percibimos. La exhalamos, la aspiramos. Una identidad que nos ha permitido percibir a nuestra generación los detalles de la vida, amores y desamores, valores y sed de justicia, para ajustarnos en este territorio que llamamos Euskal Herria.

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