Julio Urdin Elizaga
Escritor

Antro de «trofonios»

Después del hombre vuelve la cueva, parece querer decirnos Bruno Latour en su ensayo sobre la condición actual de la humanidad. Algo que como pudimos apreciar con anterioridad ya adelantara el filósofo Blumenberg. En esto podría resumirse el participado devenir de aquella en su lugar; «antro» como cueva, y «antropo» como el habitante de la misma, hacen de nuestra tierra el adecuado refugio de todo cavernícola ser. Y por lo mismo, el antropoceno habrá de constituir aquella era geológica en la que sin duda alguna se ha manifestado el reinado de la especie homínida capaz de imaginar la posibilidad de una realidad paralela mediante la proyección de la sombra en el interior del pétreo muro, para posteriormente descubrir la luz externa, primero tenue y atemperada de la noche estrellada y, finalmente, cegadora del astro rey en su régimen diurno. Como así también el efecto derivado de su duplicación especular en el calmado elemento acuático. Son dos soles, dos lunas, y la infinitud estrellada acotada por la longitud finita del charco, del lago, cuya profundidad resulta insondable hasta que nos metemos en él haciendo desaparecer su magia. 

Cada uno de estos elementos toma presencia en el atardecer del anacrónico y caído conjunto monumental de la Ciudad/Iruña. Y para conjurar su efímera condición mágica a toque de corneta se ha reunido una magna asamblea de «trofonios» cuya única ambición parece consistir en arrebatarle al rey de la idea de contar con un secreto refugio adecuado para la localización de su preciado tesoro. En dicha trampa han caído hasta quienes discurren alegres por pontificales caminos que extienden sus pétreos muros dedicados al solar (críticos Zubiaur y Muruzabal). El antropo, en definitiva, buscando la redefinición del trofónico espacio se encuentra con la necesaria erección de un nuevo antro, que en esto vino a consistir, al menos en el Diderot analizado por Blumenberg, el retorno humano hacia un estadio de misantropía que tiene por centro, nuevamente, a la cueva. 

Este metafórico retorno cavernícola tiene dos versiones en la luminosa y clarividente época del racionalismo y la ilustración, al decir nuevamente del filósofo alemán, en los franceses Diderot y Voltaire, como así también de los alemanes Reimarus y Kästner. Especialmente en este último clasificando a los habitantes de la misma en tres clases dominadas por los, literalmente, «hozamierdas» y «lanzapiedras». Al margen se encontrarían los que sin participar de la laboriosidad de los primeros y la belicosidad de los segundos, pasaban el tiempo contemplando las proyecciones sobre el muro de las sombras de todos ellos así como de ciertos agentes del exterior. Estos últimos son por lo mismo llamados «midesombras». Haciendo referencia a ello, Blumenberg, recogiendo citas de Kästner, escribe: «Los marginados del pueblo cavernícola, que no hallan placer alguno ni en hozar ni en apedrear, se dedican a distinguir figuras en las sombras y estimar sus magnitudes y movimientos. Se ejercitan como observadores, como espectadores. Sus conciudadanos se reían de tan inútil pasatiempo que no les hacía más cómoda su actual morada. Unos y otros, lo que revuelven y los que ven, son finalmente liberados. Entonces se descubre inútil tanto revolver. Sus adeptos no solo resultan cegados por la luz del día, sino que tampoco tiene concepto ninguno de las cosas del mundo de arriba, mientras los otros, los «midesombras», han aprendido a conocer y distinguir las cosas a partir de sus figuras de suerte que pueden apañárselas con las nuevas experiencias y enseñanzas. Porque se habían esforzado constantemente en ver, encontraban inacabables regocijos en visiones de continuo transformadas y siempre espléndidas, y gozaron la dicha de mirar al mismo sol...». 

En la querella monumental de nuestra vieja Iruña cada cual bien pudiera arrogarse el papel correspondiente. Y en la misma, finalmente, participando del esquema anterior en todos sus niveles, se encontrarían además los «trofónicos» postulantes a la posesión, siquiera intelectual, de esa mercadería en que parece convertirse todo lo concerniente a la Memoria manipulada como si de una cuestión de tertium no dator se tratase amenazando en plasmarse en un, ni más ni menos, definitivo «ni a la de tres». 

Algo, considero, habremos hecho mal, cuando quienes retornan a la caverna son, principalmente, todos aquellos que huyen del conocimiento para dedicarse a sus quehaceres habituales: hozar y lanzar piedras. Y tal vez, todo ello, tenga que ver también con cuestión tan fundamental como es la necesaria distinción, recogida por Richard Sennett, entre espacio y lugar. Dice así: «En términos generales, los seres humanos se mueven en un espacio y habitan un lugar. La ciudad de Haussmann [París] favorecía el espacio por encima del lugar; las redes de transporte conectaban la población a través del espacio, pero reducían su experiencia de lugar. Lo que marcaba la diferencia entre espacio y lugar era la velocidad a la que la gente podía recorrer la ciudad. La fisiología humana es la base de la diferencia entre uno y otro». Esta última, tal vez, haya sido la experiencia, oculta y alejada, del manifiesto dominio del conocimiento técnico dado en las propuestas concursales, en un momento donde alejándose del fetichismo del objeto mercantil manifestado por Marx, filósofos como Bruno Latour demandan la necesidad «terrícola» de mantenimiento de algo así como una «razón generatriz» en todo cavernícola. 

Un ser humano consciente de la condición efímera, de paso, de la propia vida necesita además de un espacio que atravesar un lugar donde estar. Atribución, al parecer, negada por el conjunto monumental. En esto el consenso es generalizado. Quienes aspiran encontrarlo proponen encaramar dicho cavernícola ser en elíptica y orbital trayectoria desde el interior al exterior de su cúpula, cuestión ensayada por Norman Foster en el Reichstag alemán para dar imagen de un anular dominio del ser-del-hombre sobre el objeto, y del que diera cuenta otro Foster, Hal, consiguiendo la cosmogónica imagen de la centralidad astral amenazada por una aerolítica organizada masa compuesta de minúsculos seres en metáfora de transparencia y accesibilidad a todas luces fallida. 


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