Cambio climático en la montaña

Como montañero he tenido la ocasión de observar a lo largo de los años, la evolución del hábitat natural y el humano, sus costumbres y modos de vida, de pueblos y valles

13/12/2019

Quienes llevamos muchos años practicando el montañismo, hemos palpado los cambios producidos en la montaña, al principio con la despoblación galopante de sus habitantes en los años cincuenta y sesenta hacia las ciudades en busca de trabajo. Mientras, por el contrario se producía entre los sesenta y setenta la humanización destinada al ocio con los llamados deportes de montaña y el turismo. Nuevas carreteras se abrieron para las estaciones de esquí, en Arette, Candanchú, o Formigal hasta finalizar en los Pirineos Orientales. Con poco o nulo interés en lo que a desarrollo sostenible se refiere, masificando y deteriorando un entorno natural sin posibilidad de recuperación. Aquel Candanchú de finales de los cincuenta tenía un solo telesilla en el Tobazo, un hotel y un restaurante, además del cuartel de montaña. Hoy es una ciudad en el corazón de la montaña.

Como montañero he tenido la ocasión de observar a lo largo de los años, la evolución del hábitat natural y el humano, sus costumbres y modos de vida, de pueblos y valles. A mediados del siglo XIX se «descubren» los Pirineos por parte de los cartógrafos, al tiempo que auténticos aventureros ganan las principales cumbres. A finales del siglo XIX surgen los clubs y la federaciones de montaña, los primeros refugios seguido de las guías de rutas por montaña, de escalada, travesías… Pasaron años de abundantes nieves que permitían desde noviembre a mayo esquiar hasta el aburrimiento en Aralar, Urbasa, Ibañeta o Abodi, guardar los esquís en el Oberena y esquiar en la cuesta del Labrit, hasta las pasarelas o cruzar el Arga helado…

En esos antiguos libros se ven fotografías con glaciares voluminosos en Vignemale, el macizo de Aneto-Maladeta o Monte Perdido… A finales de los cincuenta mis primeros «tres miles» se realizaron en Balaitus, los picos del Infierno o la Gran Facha con pequeños glaciares en su regazo. En el Canal de Latour, ruta clásica para alcanzar Balaitus, ya se observaba que el glaciar estaba en retroceso. Unos 30 metros de pared quedaban entonces para alcanzar las primeras barras de hierro instaladas por los pioneros, lugar donde más de cincuenta años antes llegaba el glaciar. Con el tiempo los lagos helados en pleno agosto situados sobre los 2.600 metros de altitud, lo mismo que la nieve invernal, se fueron «calentando» y con los años pasaron a la historia.

Estuve por primera vez en los picos de Aneto y Maladeta en agosto de 1960, pasando por los flancos norteños de las cumbres de Corona y Maldito, con sus largas brechas abiertas entre la roca y la cabecera del glaciar, que tenía una superficie dos veces más abajo que la actualidad. La foto, donde se ven las vetas de los inviernos en los bloques de nieve helada, donde trato de buscar una salida, tiene 60 años. Desde entonces y para mayor comprensión sobre el efecto del cambio de clima en la montaña, el escenario de 1960 ha sido reducido a la imagen de la portada del último número de la revista ‘‘Pirineos’’. Perplejo por ver en ese mismo lugar un pasillo con nieve y en la superficie un inesperado y peligroso caparazón de hielo negro, testimonio de la última glaciación, que ha producido inesperados accidentes el pasado verano.

Sin glaciares no hay agua y sin agua no hay vida.

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