Antonio Alvarez-Solís
Periodista

Ciencia variable

A raíz de unas declaraciones del presidente del Gobierno español en las que advertía a Artur Mas «del peligro jurídico político» de su apuesta por la independencia, Álvarez-Solís realiza un repaso histórico del fracasado proceso de nacionalización del Estado español. Fracasado porque, a diferencia de otras potencias europeas poseedoras de una marcada identidad nacional, en el caso español no se experimentaron las «mezclas y aproximaciones que originaron una voluntad» caracterizada por lo nacional antes que por el Estado, sino una imposición castellana «que ni Castilla pretendía».

La ciencia política no es lo suyo. Claro que tampoco necesita ese saber un registrador de la propiedad. Lo grave quizá esté en que ese registrador preside el Gobierno. A mí este hecho me produce el asombro con que un joven comunicó desde Madrid a su padre residente en Soria el acceso de su torpe hermano mayor a un Ministerio: «Te lo juro, papá stop Pepe, ministro».
Conste que yo dedico al Sr. Rajoy artículos con frecuencia quizá excesiva, pero sin más finalidad que advertir hasta donde puedo acerca de la arriesgada fe de muchos españoles en los gobiernos de Madrid o en las apariciones marianas de Pitita Ridruejo.


El Sr. Rajoy ha aprovechado un viaje a Murcia para advertir nuevamente al Sr. Mas del peligro jurídico-político que supone su apuesta por la independencia catalana, que él considera inviable dada la letra de la Constitución y la postura de la Guardia Civil que, juntamente con la Conferencia Episcopal, la Casa de Alba y el Sr. Botín, conforman la médula de lo racialmente español.


Precisamente, acerca de la españolidad el Sr. Rajoy ha vuelto a repetir algo rotundo: «Lo que es España les corresponde a todos los españoles, que son los que tienen la soberanía nacional». Esta frase encierra una verdad indiscutible, aunque esté repleta de oscuridad, ya que la cuestión actual no estriba en el derecho de los españoles a debatir sobre su españolidad, cosa siempre útil, sino en el negado derecho a debatir sobre sí mismos al resto de los ciudadanos del Estado que no se tienen por españoles.


El Sr. Rajoy quiere reducir a un único proceso lógico dos procesos distintos, ya que intervienen dos partes: los españoles y los que han estimado no serlo desde hace siglos. Para ello ha empeñado todos sus esfuerzos en proclamar que existe una sola nacionalidad, cuya antigüedad fija en quinientos años, donde hay, al menos, cuatro perfectamente definidas. De ahí la frase que acaba por confundirlo todo, entre otras cosas la nación y el Estado. «España –afirma– es la nación más antigua de Europa en conseguir su unidad». Pasa por alto que lo que se fusionó hace cinco siglos no fueron dos naciones en una sola, sino las dos Coronas más potentes de la Península, haciendo constar, además, que las Cortes de Aragón y Catalunya ataron corto al rey Fernando para que no fueran absorbidas por una Castilla entonces joven y bélica: la Castilla que arruinaron los Habsburgo y los Borbones en sus dementes sueños europeos. El Reino navarro siguió poco tiempo más su camino, como tercero en libertad. De ahí que se diga que el Estado español, pese a su fragilidad interna, sea quizá el estado con signos modernos –entre ellos su creciente centralismo estimulado por Cisneros– más viejo de Occidente. Pero precisamente ese nacimiento presuntamente nacional forzado en una cama real –que tampoco funcionó bien– es lo que impidió que se forjase una sola nación. Y ahora veremos por qué, al menos si atendemos a ciertas exigencias sociológicas.


Cuando se observa el proceso de nacionalización en las potencias europeas dotadas hoy con una identidad nacional muy acusada –por ejemplo Alemania, Francia, Italia, Inglaterra–, verificamos de inmediato que se trata de colectividades diversas que alcanzaron su unidad nacional muy recientemente, tras una larga historia de conflictos internos muy agudos en lo político, en lo religioso, en lo cultural. Son naciones muy amasadas, como el buen pan. Incluso buscaron en la estatalidad un punto de referencia para fijar su largo proceso nacionalizador. El Estado surgió por último en ellas como un molde necesario de cocción final para algo que ya estaba listo para su existencia. Los largos conflictos interiores estimularon mezclas y aproximaciones que originaron una voluntad que se caracterizó por darse antes lo nacional que el Estado.


España no vivió ese proceso de integración, sino todo lo contrario. España se convirtió en una supuesta nación por una imposición castellana que ni Castilla pretendía. Castilla fue utilizada como catalizador nacional por monarquías ajenas que precisaban un estado al servicio de sus proyectos imperiales. Castilla fue expoliada en todos los sentidos –financiera y militarmente– y convertida en algo semejante a una base de apoyo, si aceptamos este concepto tan actual. En suma, no hubo nacionalidad española, sino corona española. Incluso la conquista americana solo reportó ventajas a mercaderes portugueses u holandeses, mientras en la Península la inflación galopante producida por un oro sin aplicación a la economía real creaba una catástrofe insuperable. El desgaste sufrido en tantas aventuras ajenas llevó a que España se viera reducida a unos once millones de habitantes –con algo más de un diez por ciento de religiosos– en tiempos de Carlos el Hechizado, último Habsburgo en Madrid. De ahí los constantes levantamientos frente a esa Corona contaminada por intereses no peninsulares. Por ejemplo, las Comunidades, las Germanías, las agitaciones de las primeras burguesías gallegas, las guerras internas y disgregadoras del siglo XVIII, el enfrentamiento bélico con la Catalunya de la guerra de sucesión. Seguramente la llamada nación española no habría surgido o al menos habría surgido mucho más tarde si la Corona Castellana hubiera recaído en la cabeza del malogrado príncipe Alfonso, en vez de acabar en la testa de Isabel.


La descomposición de esa prematura y viciosa invención de la españolidad es lo que mantiene vivo el humus potente que levanta una y otra vez la planta enérgica del conflicto actual entre Catalunya, Euskadi y Madrid. Un movimiento en pro de la libertad que está asimismo estimulado por la impotencia española para liberarse del yugo europeo cuyos bueyes conduce Alemania en el marco de la inevitable destrucción social que supone la globalización.


Es decir, la unidad española que defiende el disparatado constitucionalismo español –un lamentable artilugio hecho de barreras policiales y así fue desde sus principios– no es más que una suerte de globalización a escala en el seno de la gran globalización cuyo gobierno se discute entre las capas dirigentes de la economía mundial, que vuelven a expoliar a los pueblos en un último intento de salvar, al menos facialmente, un capitalismo que ha perdido ya el sentido que tuvo en los tiempos de su revolución industrial. Un capitalismo que fabrica dinero en cantidades ingentes a fin de seguir comprando dinero. Un capitalismo que ya no necesita siquiera la muchedumbre de esclavos, sustituídos por energías que no precisan al hombre.


Pues bien, en ese marco, ya pobremente barroco, el Sr. Rajoy aprovecha su viaje a Murcia para lanzar su colosal desafío a la evidencia de pobreza e impotencia que no es posible ocultar: «España es una historia de éxito». La frase, tan torpe, tan descabellada, parece concebida para arrastrar a la locura a una comunidad de idiotas orientados por una ciencia variable de la historia. Ante ello, un honesto consejo bíblico al lector: «Por favor, en su huida del incendio arrasador, si es que usted puede huir de esta finca de recría fiscal, no mire para atrás porque quedará convertido en estatua de sal».

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