Cuando lo malo se vuelve normal, y los buenos anormales

Esa imagen de ellos cogiéndola por el brazo como quien sujeta el brazo de un ser senil, o alguien con cierto desequilibro, me hizo entender que para nosotros el sueño no era un derecho, si no un sueño

17/08/2019

Aun lo recuerdo como si fuera ayer. Fue antes de que mi mujer se fuera de Donostia, trastornada por la falta de sueño por su lucha continua con los ruidos de los bares de la calle. Una noche perdió la cabeza. A mi también me había despertado el «chunda chunda» del bar de abajo y los gritos de embriaguez y euforia pero yo estaba acostumbrado. Ella no, quizás los extranjeros entienden que dormir es un derecho, y los ruidos denunciables.

Llevábamos varios meses llamando a los municipales para quejarnos, venían tarde y nuestras quejas las oían con cansancio y paciencia: una libreta en mano, unas notas y un adiós. Pero cuando nos despidieron, el «tranquilícese señora» y la palmadita en el hombro a mi mujer aquella noche no le sentó bien.

El «chunda chunda» del bar parecía hacer temblar la casa, mientras yo llamaba como de costumbre a los municipales, la vi vestirse con avanzado estado de gestación y salir a la calle. Con el teléfono al oído la observé desde el balcón de nuestro piso en el centro. Seguí sus pasos hasta ver como entraba en el bar. Terminé la llamada, dejé el teléfono y bajé para adentrarme en el bar. Y ahí vi a mi mujer: dando manotazos sobre la barra, la cara desencajada, llorando y gritando: «¡Que digo que bajéis la música! ¡O cerréis la puerta! ¡O algo! ¡Por favor!».

Al poco la escoltaban los municipales hacia la puerta, y esa imagen de ellos cogiéndola por el brazo como quien sujeta el brazo de un ser senil, o alguien con cierto desequilibro, me hizo entender que para nosotros el sueño no era un derecho, si no un sueño. Que los del bar, y todos los bares de la zona, estaban en su derecho, con toda su ilegalidad, de hacer ruido, (con su música y sus clientes), y de dejar ese rastro de vómitos y vasos de cristal y plástico en la calle.

Tras años de lucha, cartas al alcalde, a los municipales, y conversaciones con el vecindario, aprendimos que aquí no pasa nada, hágase lo que se haga. Mi mujer desquiciada se fue de Donostia. Hizo bien. Hace poco mataron a un joven en la calle tras una pelea, tuvo una hemorragia cerebral tras la agresión. Creo que solo es cuestión de tiempo que haya más. Anoche vi desde ese mismo balcón de nuestro piso en el centro, como, a las cuatro de la madrugada, pegaban una paliza a un menor, en la puerta de un bar. También puñetazos y patadas en la cabeza. No es la primera vez. Sabemos que los menores vienen a este bar a beber, sabemos que no nos dejan dormir, sabemos que se emborrachan, que hay peleas que nos despiertan, y que las niñas corren riesgos en estos ambientes. Vino la Ertzaintza, vinieron los municipales, pero el bar sigue abierto hoy. Y aquí no pasa nada.

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