Cubarauis
En la jerga de la cooperación internacional, esta palabra coloquial fusiona «cubano» y «saharaui» para nombrar a aquellas jóvenes del Sáhara Occidental que, desde finales de los años 70, encontraron en la Isla de la Juventud de Cuba una segunda patria.
Tras la salida de España del Sáhara y el inicio de la ocupación marroquí, el pueblo saharaui huyó a los campamentos de refugiados de Tinduf. En aquel contexto desolador, Cuba −que vive el bloqueo más largo y cruel de la historia− no dudó en tender la mano. El Gobierno cubano acogió a jóvenes saharauis para formarlos como médicos, maestras, ingenieras y enfermeras. Hoy, alrededor de 4.000 saharauis se han graduado en Cuba. A su vez, en lugar de enviar armas, envió conocimiento. Crearon la escuela Simón Bolívar en los campamentos para que niñas saharauis aprendieran castellano y poder seguir formándose en países de América Latina.
La importancia de esa relación Cuba-Sáhara trasciende lo simbólico: es de una coherencia radical. Cuba, bloqueada y castigada por la potencia más poderosa del planeta, ha mantenido desde 1976 una Brigada Médica Cubana en el Hospital Nacional de Rabuni (Tinduf). Esa es la grandeza silenciosa de la Revolución cubana: dar lo que tiene a quien tiene más necesidades. Mientras las grandes potencias mercantilizan la salud, Cuba la exporta como un derecho humano universal. Esa es la solidaridad que debemos poner en valor. No es caridad; es internacionalismo, solidaridad entre pueblos en estado puro.
La paradoja es que hoy muchas profesionales saharauis formadas en Cuba son el pilar sanitario de los campamentos en el desierto, soportando condiciones extremas con una dignidad inaudita. Pero también son las que, por la diáspora y el conflicto congelado, terminan ejerciendo en centros de salud de otros países. Muchas de aquellas personas que Cuba formó en solidaridad son hoy quienes, en ocasiones, atienden en ambulatorios en Madrid, Toulouse o Donostia.
Desde Euskal Herria, no podemos permitir que Cuba y la República Saharaui caminen solas en la indiferencia internacional. Hoy, el bloqueo a Cuba ha alcanzado su capítulo más cruel, asfixiando a una población civil que ya ha aguantado seis décadas de hostigamiento. Y el Sáhara sigue esperando un referéndum que nunca llega, mientras el Gobierno más progresista de España mantiene un vergonzoso abandono por intereses geopolíticos y económicos, hoteles, compañías aéreas, alianzas con Marruecos...
Nuestro movimiento popular, sindicatos, ayuntamientos y organizaciones políticas han tendido puentes con ambos pueblos. Hoy toca redoblar el compromiso: impulsar mociones institucionales contra el bloqueo, promover el hermanamiento con los campamentos de Tinduf, cooperación, materializar la solidaridad.
El programa de acogida de estudiantes en Cuba es el mejor ejemplo de que la solidaridad no entiende de distancias ni de barreras idiomáticas. Un país asediado como Cuba ha sido capaz de mantener programas de brigadistas médicos en Argelia, Haití, Guatemala, «un ejército de batas blancas», como los nombró Fidel en Sierra Leona, Venezuela, en Italia con la pandemia de la covid-19... El Gobierno de Cuba mantiene 24.000 profesionales en sesenta naciones.
El legado de Cuba en el Sáhara es el espejo en el que debemos mirarnos. No los dejemos solos. Alzar la voz contra el bloqueo a Cuba y exigir el reconocimiento y la libertad del Sáhara no es una opción; es una cuestión de coherencia histórica.
Si queremos estar del lado correcto de la historia, seamos un altavoz incómodo para quienes pretenden enterrar estas causas en el olvido. Gora herriak!