Antonio Alvarez-Solís
Periodista

Del sistema a la conspiración

El autor aborda la «indignante y rigurosamente criminal» transformación de un capitalismo repleto de promesas solemnes de expansión universal de la riqueza en un neocapitalismo plagado de muerte en todas sus expresiones. Frente a ello, apuesta por una vía colectivista, con una economía de proximidad, controlable políticamente.

Antes era un dinámico sistema creador, aunque edificado desgraciadamente sobre la explotación, pero ahora se ha transformado en una simple, miserable y árida conspiración criminal para conservar ese sistema ya estéril. Doscientos años de capitalismo repleto de promesas solemnes de expansión universal de la riqueza han virado hacia un neocapitalismo plagado de muerte en todas sus expresiones. Hemos pasado del triunfo de las cosas vivas a la usura de las cosas muertas. ¿Hablamos claro? Es vitalmente necesario un lenguaje de claridad. Lo que más siento, ya al borde de la muerte, es pertenecer colateralmente –aunque refugiado activamente en mi rincón de libertad– al periodismo triunfante, pervertidor de ese antiguo y hermoso oficio de la información, antes medido todos los días en la calle y ahora seducido por el poder que ha echado mano de sus treinta monedas.

Sí, antes era un sistema social alzado con infinitos abusos y ahora no es más que una conspiración contra la sociedad. Una conspiración para acumular el dinero que todos los días se sustrae a la producción de bienestar a fin de jugarlo en la mesa del poder, infinitamente redonda, de la que nada de ese dinero puede evadirse. El crimen está ahí, con escándalo añadido, porque ese crimen se abrillanta de inocencia con la doctrina de que los desastres que vivimos se deben a unos azarosos acontecimientos con una autoría vaga. Así transitamos inicuamente por un camino mortal. Mientras la catástrofe se profundiza, los conspiradores, reunidos en sus organismos internacionales, en sus reductos bancarios, en sus secretos ámbitos y bajo el paraguas de sus leyes prevaricadoras, claman que, pese a todo, no hay otro sistema para suceder al presente modelo de sociedad. Una vez más han declarado el final de la historia mientras la ruina de los pueblos sigue extendiéndose y los conspiradores «hacen lo que hay que hacer» para reparar la vía de agua que, a pesar de todo, anuncia el naufragio definitivo.


Ayer volví a leer el periódico. Decía lo de siempre: que la tarea de salvamento no puede detenerse a contar los muertos en esta guerra necesaria para la supervivencia. Dentro de veinte, de treinta años, se recontarán, al parecer triunfalmente, los que hayan logrado remontar la trágica situación. La perspectiva es de planeta de los simios, con una raza extraña perdida en un paisaje con un misil varado al fondo. Seguramente los que conspiran ya han hecho como los mandos militares cuando proyectan la ofensiva: la previsión de bajas. ¿Pero les importan realmente esas bajas a los caballeros del búnker donde se repasa la siniestra contabilidad? Pues no. No importan porque, además, dicen los mayorazgos, esos caídos han sido fruto de su propia inclinación al consumo lujurioso. Todo funciona como en la escena en que Oliverio Twist, el pobre hospiciano de Dickens, pregunta insensatamente, acosado por el hambre, si queda otro plato de sopa, petición ante la que su rico protector, el Sr. Limbkins, vaticina con pesarosa frase que «ese muchacho acabará en la horca». El Sistema sabe perfectamente que se trata de parados o de ciudadanos en plena angustia que finalizarán en cien horcas distintas por amenazar los bienes que los caballeros del búnker, los santos inocentes, manipulan sórdidamente cada día de acuerdo con las gélidas leyes hechas a medida.


Todo esto es indignante; más aún, es rigurosamente criminal. Ante todo porque los gestores de la trágica situación presente niegan desde sus medios poderosos –la universidad, la prensa, las instituciones con las llaves en su poder– que exista ninguna otra salida que no sea la que ofrece, con plañideras falsedades, el maldito sistema. Desde esa plataforma los poderosos tachan de terroristas a quienes se les enfrentan con lógica violencia, de locos a quienes convierten la calle en marco de su protesta, de utópicos a quienes proponen alternativas, de ignorantes a quienes discuten sus oscuros códigos sagrados. Apuntar una fórmula que aúne un sólido liberalismo moral en la convivencia con una posesión colectiva de los elementos básicos a fin de garantizar una estimable creación de vida equivale, advierten, a locura o revolución destructora de las fuentes de riqueza. Porque repiten una y otra vez que solamente las empresas pueden producir el resurgimiento. ¿Pero a quién pertenecen esas empresas, fuentes esenciales de la riqueza? Obviamente, esas empresas están bajo el férreo control de la propiedad financiera. Como están bajo ese control las energías fundamentales, las patentes que procuran o destruyen la inventiva social, los elementos naturales –desde el suelo al viento– que hacen posible la producción de bienes. Todo ese inmenso dispositivo de fuerza vital es propiedad de un número decreciente de seres, con un poder creciente, que pueden determinar la asfixia o la libertad social. La cuestión es esta, en definitiva, que nos regresa a la vieja cuestión que ellos incitan de nuevo: ¿quién ha determinado o cómo ha surgido esa propiedad excluyente que se bendice como la única fuente creadora del bienestar posible de la humanidad? Esa propiedad es amparada por las iglesias, protegida por los ejércitos, regulada por las leyes, defendida por los tribunales, razonada intelectualmente… Esa propiedad se multiplica de forma endogámica y es autogenerada. Es más, se cierra violentamente la puerta a las posturas que se enfrenten a esa propiedad exenta con la demanda de un sistema de propiedad comprometida, con responsabilidad ante el colectivo en que rija esa forma de propiedad extensa ¿Se trata de un nuevo socialismo, de un colectivismo preñado de moral social? Que le llamen como quieran. Se trata, al fin y al cabo, de reconocer la posibilidad de un sistema de liberalismo comunal.

Todo lo que se proponga en la vía colectivista no es una utopía infantil. Se trata de crear una economía de proximidad, controlable política y moralmente, que haga posible el suelo en donde asentar una vivificante política democrática, que ha de ser algo más que una estúpida pretensión de eficacia. La verdad es que cada vez que dentro del modelo presente se opera para incrementar la eficacia política o económica, aumenta la destructora presión sobre la vida, disminuye la confortabilidad básica y se incrementan los fenómenos de corrupción, a la par que mengua visiblemente la calidad política o económica. No es posible ya ningún milagro con el sistema imperante.


A veces quiero creer, acosado por un afán de paz, que algunas disposiciones del Sr. Rajoy y de su Gobierno no son más que fruto de una torpeza sin mayor malicia, pero el discurrir de esas iniciativas me restituye una vez y otra a la recta consideración de la infame pretensión que encierran, que no es otra que negar todo camino a las demandas del nacionalismo soberanista vasco o catalán para reestructurar la sociedad en un marco donde la democracia y la justicia social sean posibles. El mayor crimen de la política vigente consiste precisamente en cerrar el paso a ese regeneracionismo nacionalista. De ese crimen se derivan no pocos de los crímenes sociales que se condenan ya por la calle. Ante esta tosca negación de la necesaria libertad de los pueblos, me gustaría recordar la frase profundamente humana de un nacionalista verdadero como Blas Infante: «Mi nacionalismo antes que andaluz es humano. La naturaleza señala a los soldados de la vida el lugar en donde han de luchar por ella. Yo quiero trabajar por la causa del espíritu de Andalucía porque en ella nací. Si en otra parte me encontrare, me esforzaría por esta causa con igual fervor». Por expresar esta generosa idea, Blas Infante fue fusilado por una escuadra de falangistas. Quede esta tropelía para la memoria histórica.

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