Desde la Andalucía colonizada: mitos de la España
No hay capitalismo nacional, pues este ha sido fagocitado por la globalización. Sin embargo, la izquierda española aún sigue anclada en los viejos dogmas del «nacionalismo burgués», incapaz de proponer un modelo de convivencia que respete la naturaleza identitarias de los pueblos de las Españas, dotándola de un nuevo sistema político y administrativo.
La señora Susana Díaz, presidenta de la Junta de Andalucía, declara en "El País" (domingo 25/2/2018) que «la Izquierda no puede ser jamás nacionalista», situándose por encima del bien y del mal. Pobre ignorante… o farsante. Cuantas veces se envuelve ella misma con la bandera roja y gualda. Cuantas veces apoya a Rajoy en su defensa de la «unidad sagrada de España». Claro que eso, para ella, no es ser nacionalista. Muy chistosa ella.
Este tipo de personajes nos han traído tiempos de zozobra, desasosiego, censuras, represión e incertidumbres, pero no tiempo de renuncias ni de huidas. Usando el argot torero, hay que coger el toro por los cuernos, de lo contrario nos empitona. Vamos, pues, al toro.
Cataluña ahora, antes Euskadi. Dos realidades que la derecha saber usar y manipular muy bien. La izquierda, mientras tanto, anda perdida entre los «mitos» y las «programas» puesto que ha sido incapaz de afrontar la falsedad sobre la que se ha edificado el cuerpo ideológico del españolismo: sus mitos, la Reconquista y la Cruzada contra el Islam.
Para aclarar estos conceptos voy a citar dos trabajos fundamentales que cuestionan esos mitos. El primero de Martín F. Ríos Saloma titulado "De la Restauración a la Reconquista: la construcción de un mito nacional (Una revisión historiográfica. Siglos XVI-XIX)"; el segundo de Ana Echevarría Arsuaga titulado "Caballeros en la Frontera. La guardia morisca de los reyes de Castilla".
Martín F. Ríos Saloma nos explica: la serie de transformaciones políticas, económicas y sociales que experimentó España durante la primera mitad del siglo XIX, sumadas al trauma provocado por la invasión napoleónica y el surgimiento de los estados nacionales en toda Europa, reclamaron la construcción de una identidad colectiva basada en nuevas pilares como los conceptos de «patria», «nación» y «Estado-nación». La burguesía que se hizo con el poder político buscó en la historia el vehículo para construir estas nuevas identidades, las cuales se basaron en la identificación y exaltación de los rasgos o procesos que diferenciaban a unos grupos de otros. De esta forma, Pelayo, la batalla de Covadonga y la lucha contra los musulmanes se convirtieron, una vez más, en los elementos sobre los que se sustentó la creación de la moderna identidad colectiva española. Por encima de sus diferencias locales o regionales, todas las provincias españolas fueron incorporadas bajo una sola nación y fueron dotadas de un pasado común que las que las diferenciaba de las otras naciones europeas y cuyo aspecto más significativo había sido la lucha por reconquistar la patria de los invasores musulmanes.
Y Ana Echevarría Arsuaga detalla que: «Los constantes intercambios entre cristianos y musulmanes crearon un clima que favorecía las conversiones voluntarias de ciertas personas al cristianismo. Lejos de los dramáticos incidentes que solían acompañar a los bautismos masivos de judíos (pogromos, asesinatos y violencia ritual), el cambio de religión de los musulmanes se realizó pacíficamente durante años, aunque con cuentagotas. De esa forma, los llamados conversos de moro fueron integrándose paulatinamente en la sociedad cristiana, desempeñando oficios variados y sin grandes enfrentamientos con los cristianos viejos. En tres generaciones, su identidad religiosa se había transformado. Esto no quiere decir que no hubiera momentos problemáticos, como la publicación del ordenamiento de Valladolid de 1411, con importantes medidas restrictivas, o los enfrentamientos entre el rey y la nobleza en 1465, que tuvieron como cabeza de turco a los musulmanes y conversos de moro que rodeaban al monarca. Aun así, podemos hablar de una asimilación cultural y religiosa como la que más tarde auspiciaría el arzobispo Hernando de Talavera. Un caso paradigmático es el de los caballeros moriscos de la guardia de los reyes de Castilla».
O sea, que según estas investigaciones, lo que jamás hubo fue una "Reconquista" ni, en consecuencia, tampoco una "guerra religiosa". Y no se trata de que ello suponga una mentira, sencillamente forma parte de los "mitos" fundacionales de la nación española. Y como todo mito, no tiene nada que ver con los hechos, sean sociales o históricos.
Lo anteriormente expuesto nos sitúa frente a la imposición de una uniformidad del modelo de convivencia, la estructura del poder y la organización del territorio, partiendo de aquellos mitos.
El origen del nacionalismo fue protagonizado por la burguesía como sujeto social, cuyo modelo de sociedad se basó en la libertad individual, pero bajo la uniformidad cultural y lingüística. Teniendo en cuenta este contexto, en España no era posible, ni aconsejable, esa uniformidad, tanto por razones sociales como históricas, puesto que en la Península Ibérica lo que destacaba era la diversidad de culturas, religiones y lenguas. Romper ese modelo de convivencia sólo era posible mediante una cruenta guerra y siglos de persecuciones religiosas, como así fue. Sólo hay que tener en cuenta la pervivencia del Tribunal de la Santa Inquisición (1478-1834).
Pero esa diversidad se ha hecho siempre evidente, como lo atestiguan los textos oficiales que describían el territorio como «las Españas», seguramente porque eran conscientes de la variedad social en sus respectivas lenguas y cultura en cada uno de los territorios. Sin embargo, la creación de los «mitos nacionales» no permitieron el reconocimiento de esa realidad diversa y plural y, por lo tanto, el modelo triunfante se pudo realizar bajo la negación y la represión de esas realidades sociales y culturales. El papel de la burguesía en España y su modelo de estado no se fundamentaron en los valores europeos, sino la particularidad de sus mitos fijados en el «nacional-catolicismo», un modelo heredado de la preeminencia de las Órdenes Militares y del Tribunal de la Inquisición. O sea, el poder militar y de la Iglesia Católica. Sin esa herencia, hoy deberíamos estar hablando de otras cosas.
Llegados a este punto, hay que destacar que, en los nuevos tiempos, el papel «ideal» de burguesía «nacional» ha quedado superado por la realidad económica y tecnológica, y ya no puede tener un papel como sujeto social en la configuración de un nuevo modelo social y territorial, pues forma parte de esa red multinacional tejida por el capitalismo. No hay capitalismo nacional, pues este ha sido fagocitado por la globalización. Sin embargo, la izquierda española aún sigue anclada en los viejos dogmas del «nacionalismo burgués», incapaz de proponer un modelo de convivencia que respete la naturaleza identitarias de los pueblos de las Españas, dotándola de un nuevo sistema político y administrativo.
Lo que es prioritario hoy es qué modelo de convivencia es el más adecuado para responder positivamente a esa diversidad. Y el sujeto social que lo puede protagonizar es quien trabaja, produce, administra o inventa, sea en el campo, la fábrica la oficina, el colegio o el laboratorio.
Como lo vemos en Cataluña, la burguesía «catalanista» va a rastras de iniciativas políticas que han cuajado en la sociedad catalana, cuyo interés tiene más que ver con un lavado de imagen (corrupta) que de una estrategia política que responda a las necesidades del pueblo. Por experiencia se que el pueblo catalán no es enemigo de los pueblos que habitan en España, y lo que se cuestiona, es ese antiguo modelo de convivencia basado en la uniformidad y la intolerancia.