Alfredo Ozaeta

Desnaturalización

Algo así es lo que está impregnando todos los tejidos y ámbitos de nuestra existencia, entendido este proceso como la pérdida del origen, identidad, sentido, o de la propia naturaleza del sujeto u objeto y su valor e importancia.

La pérdida de esencias, características o cualidades naturales está marcando el devenir en el punto de inflexión que nos está tocando vivir en estos nuevos, ¿o viejos?, tiempos. Es palpable y notorio que la evolución y rapidez de los cambios está dejando escaso margen de maniobra o adaptación. Y sobre todo de reflexión, en la interiorización y evaluación de lo que van a suponer las nuevas tecnologías o cambios de modelo económico y social que las corrientes neoliberales están tratando, consiguiéndolo en muchos casos, de imponer.

La desnaturalización afecta a todos los estamentos, empezando por la propia vida en la coyuntura actual, traducida en la alteración de comportamientos e implicaciones tanto individuales como grupales o propiamente sociales. Anulando o cediendo nuestras capacidades y atributos a centros de control de pensamiento, opinión y diseño de nuestro futuro. Aleccionándonos a través de sus potentes altavoces de lo que está bien o mal, lo que debemos o no hacer y lo que nos debe o no incomodar. En definitiva, con lo que nos debemos entretener u ocupar y en lo que debemos o no pensar.

Se desvirtúan las conquistas populares, emancipadoras, sociales, las revoluciones e incluso las luchas en la defensa de los derechos universales para todas las personas. Esta privación de conciencia del individuo no deja de ser una forma más de pérdida de memoria o identidad.

Sabido es, que uno de los objetivos de la globalización pasa por la uniformidad no solo en los medios de producción, estructuras transnacionales comerciales-financieras, modelos económicos y comportamientos sociales. También y sobre todo por la homogeneidad de pensamiento para lo cual los medios, nuevas tecnologías y redes sociales desempeñan un papel fundamental en esta finalidad.

La propia izquierda o progresismo está desnaturalizada, instalada en debates vacuos o estériles, en la estrategia que marcan los ideólogos neoliberales de no traspasar la periferia o corteza de los problemas, bien se trate de la libertad de los pueblos, nuevo orden mundial, reordenamiento del sistema económico-financiero, adaptación del mercado y condiciones laborales, ecología, feminismo, etc. Por no mencionar otros de actualidad como la gestación subrogada, aborto, distribución de la riqueza o el propio monopolio tecnológico como arma de dominación y poder, déficit energético, transiciones varias, o simplemente el control de los flujos de migración, por citar algunos ejemplos.

Se entra en el juego del gran capital, sin profundizar en los intereses tanto ideológicos como de poder que subyace en su fondo, tratando de reducirlo a lo insustancial o mero «entretenimiento social». Ocultando que las propias personas y nuestras vidas se están convirtiendo en elementos de mercadeo como si de un objeto de consumo o compraventa se tratara.

Es delirante leer en medios que se supone progresistas artículos sobre terceros países, Cuba, Venezuela, Nicaragua, etc., etc., criticando su democracia, sistemas de gobernanza o políticas sociales. Sin mirarse al ombligo en sus propios estados y relatar las miserias, endémica corrupción y déficits democráticos propios. Y lo que es más insultante, obviando denunciar el criminal bloqueo. Chantaje a la que les están sometiendo las grandes potencias y sus corruptos aliados mediante presión militar, económica y digital, al objeto de hipotecar su futuro y desarrollo a la vez que quebrar su empoderamiento y voluntad de ser libres para marcar su destino por ellos mismos sin ningún tipo de injerencia externa. Es como responsabilizar de su propia muerte por inanición o deshidratación a los que intencionadamente les hemos cerrado el grifo y vías de suministro. Un ejemplo real de lo que está sucediendo en muchas partes del planeta.

¡Por no mencionar cuando uno escucha que no hay razón, motivo, proyecto o fin que justifique la pérdida o sacrificio de una vida humana! Y, a la vez, desde el mismo lugar de donde nos lo cuentan, están acordando el envío de armas a uno de los muchos conflictos que sigue produciendo miles de muertes humanas y cuyas consecuencias, aparte de imprevisibles para el continente, están produciendo un coste y desgaste elevadísimo para la mayoría de la sociedad. Claro está que en su mantra de etiquetar lo que consideran justo o terrorismo, obvian también decirnos que para ellos no todos los conflictos y sus víctimas son iguales. Me viene a la memoria lo que un gran sabio como Sócrates nos legó en una de sus muchas lecciones de vida: «no puedo enseñar nada a nadie, pero si puedo hacerles pensar».

Es necesario salir de este bucle en el que los oligopolios de poder tratan de instalarnos, empezando por recuperar los orígenes, esencias, identidad, y valores de nuestra propia naturaleza, por muy insignificante que esta sea para hacer todo aquello que satisfaga a uno mismo y beneficie a los demás.

Desde nuestro pequeño país tenemos muchos retos en los que ilusionarnos: conseguir su libertad en la igualdad, mejorar la convivencia e integración de todas las personas, luchar por una sociedad más justa a la vez que solidaria y defender nuestra cultura con el euskera como su referente identitario. Por qué no considerarlo también como una humilde aportación en la construcción de un mundo mejor.

Sin olvidar de que para lograr los objetivos también es necesario recuperar las esencias del esfuerzo, sacrificio y compromiso personales, más allá de ambiciones materialistas con las que las nuevas políticas tratan de seducir, o no sé si abducir a la sociedad.

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