Antonio Álvarez-Solís
Periodista

El asombroso señor Borrell

Usted, señor Borrell, castigó a sus inactivos embajadores y procedió a movilizar otros doscientos diplomáticos más ardorosos, agavillados bajo la consigna de «Globalización», para informar correctamente al mundo acerca de lo que es España.

Pero qué ha hecho usted con su Ministerio, señor Borrell? Ya sé que nacer en la hermosísima y enigmática Pobla de Segur imprime carácter. Mire usted: tan sólo por albergar La Pobla tendría Cataluña derecho a su independencia. Sus paisajes son el alojamiento de todas las fantasías; su prehistoria es deslumbrante. Ya, antes de antes, las buidas proas de las naves fenicias hendían las aguas del Mediterráneo para que sus tripulantes adquirieran el celestial aceite catalán –aceite que aún pervive– pagado con la entrega de los juguetes orientales que portaban. Con esos juguetes las madres segurinas iniciaban a sus hijos en la magia de la libertad –ciencia primera de la ciencia– practicada en las cuevas que se cerraban con la luz de los lagos y los ríos.

Pues usted, señor Borrell, nació ahí. Luego se hizo ingeniero aeronáutico en el Madrid de la deslumbrante labranza que los ángeles hacían para que San Isidro pudiera rezar. Casó usted con una judía francesa que le enseñó el lenguaje de los kibutz para redondear su singular personalidad, a la que dieron el último barniz Felipe González y, ahora, el señor Sánchez, los dos circenses en la pista de la política española que triunfaron con el conocido número del socialismo español «¡Nada por aquí, nada por allí y ahí tienen ustedes ¡un gobierno!».

He facilitado estos datos, que rectificaré si me lo solicitan, para que se entienda lo que ahora ha hecho usted en el Palacio de Viana: ¡dos Ministerios de Asuntos Exteriores en un único Ministerio de Asuntos Exteriores!, que es algo parecido al Hombre con dos Cabezas que me arrebataba cuando de niño mi padre me llevaba al Circo de los Hermanos Castilla. ¿Ve usted por qué pienso que esta magia solamente la puede realizar un hombre que posea su boyarda biografía? ¡Gracias, señor Borrell, por conservarme la esperanza de que España aún puede producir mucha invención!

Pero ¿por qué ha hecho usted esa teratológica cosa? Tiene usted a su disposición unos trescientos embajadores esparcidos por el mundo, a los que por su propia naturaleza se encargaba fundamentalmente, entre otras cosas, velar por el nombre y la grandeza de España, como demuestran las cartas –con su lema «Marca España»– que usted acababa de remitirles para su orientación en torno a la ola de protestas internacionales que ha suscitado el «Procés» catalán y que se ha desbordado con la protesta que han expresado los mejicanos por el sangriento proceder de Hernán Cortés para vengar la derrota que sufrió en Otumba en el siglo XVI; allí los aztecas aprovecharon la ausencia del líder español que estaba retozando en la cama con una indígena de chuparse los dedos o lo que sea, para dar un recorrido al general español. Cuando el actual mandatario mejicano tuvo noticia de lo hecho por Cortés, quizá mediante un «esquerrá del Baix Llobregat», se apresuró a escribir al rey Felipe VI para echarle bruscamente en cara su comportamiento con la pacífica nación mejicana.

En resumen, que usted, señor Borrell, castigó a sus inactivos embajadores y procedió a movilizar otros doscientos diplomáticos más ardorosos, agavillados bajo la consigna de «Globalización», para informar correctamente al mundo acerca de lo que es España.

Esta desgracia culminó, repito, con la instalación de un segundo Ministerio de Asuntos Exteriores en el seno del Ministerio de Asuntos Exteriores, a cargo de una ambiciosa y enérgica mujer, la señora Irene Lozano, que ya había demostrado su capacidad de maniobra al dejar en dos minutos su escaño parlamentario por el Partido «Unión, Progreso y Democracia» para incorporarse al Partido Socialista Obrero Español, que también representa el progreso y la democracia, lo que añade otra incógnita a lo que dice este papel.

Esta situación tan escabrosa me lleva a preguntarme sobre la personalidad de la señora Lozano, licenciada en lingüística y fundadora del desaparecido periódico “Mundo”, que la envió a Mauritania, Argelia, Kosovo, Nicaragua y, por fin a Suecia, lo que la hace conocedora del panorama internacional. Ante esto que escribo me pregunto quién es la señora Lozano, pues ha llegado a ministra con el ministro de Asuntos Exteriores en una paridad atractiva para la investigación.

Conste que no soy un conocedor y, mucho menos, adicto a la morfopsicología o ciencia del conocimiento de la personalidad por medio del lenguaje de los rasgos faciales, tan popular en los siglos XVIII y XIX, pero no se debe obviar, contra el empachado cientifismo moderno, lo que dice Jung con su autoridad: «Lo psíquico es psíquico y mental, y la cara es una gran verdad que está ahí». Pues siguiendo a Jung ¿cómo es la señora Lozano, según trato de saber cómo elector? He mantenido frente a mis ojos y durante tiempo varias imágenes de esta ministra tan singular y he aquí los resultados, modestos y modificables. La señora Lozano tiene un rostro fernandino, un rostro duro que expresa resolución, ante todo. Recuerda el perfil de Fernando VII, tal como lo pintó Goya, y sus ojos son de águila depredadora. Espero, sin embargo, que no se fije en mí, pues no soy más que un contribuyente al que se le acabó el papel. Así es, que «passiu be».

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