Alfredo Ozaeta

El cambio exige compromiso

Creo que, a estas alturas, existen pocas dudas de que la actual dirección en la marcha y orden de las cosas no es el más favorable o aconsejable para el presente e imaginario futuro deseado por la mayoría de las sociedades. O simplemente para la pervivencia del planeta que nos ha tocado compartir y habitar. Considero que está fuera de todo debate que la situación requiere cambios de calado importantes, al menos para los que todavía creemos en la libertad, igualdad y justicia desde una óptica progresista y democrática. Y tampoco es menos verdad que pretender que las cosas cambien haciendo siempre lo mismo es harto difícil.

Cualquier cambio que nos propongamos, desde una dieta hasta la demanda o reivindicación de derechos, bien sean sociales o políticos, requiere cierta dosis de sacrificio o compromiso personal y colectivo. Es poco probable que las soluciones aparezcan por generación espontánea o que las aporten los que precisamente generan el problema como salvaguarda de sus privilegios.

Si queremos cambiar el rumbo y la deriva social que el fascismo está intentando imponer, nos tendremos que convencer de que sin esfuerzo, ejemplo y disciplina va a ser muy difícil, por no decir imposible, revertir la regresión en derechos y libertades a la estamos asistiendo.

El polifacético y sobre todo activista francés, Jean-Paul Sartre, que tuvo la coherencia de renunciar al premio Nobel de Literatura en 1964 por considerar que los premios o reconocimientos los otorga la sociedad y no las instituciones, decía que: «el compromiso es un acto, no una palabra», algo que nos debiera interpelar directamente en estos tiempos de palabrería sin contenido, crítica vacía, soluciones de barra de bar o decisiones para no cambiar nada.

El progreso y los avances desde el principio de la humanidad, y de lo que llamamos civilización, han llegado a través de luchas desde el convencimiento y sacrificio. En nuestro pequeño país, Euskal Herria, tenemos múltiples ejemplos en tiempo pasado y reciente de la generosidad y compromiso de parte de su ciudadanía en la defensa de su identidad, cultura y mejora de vida de la sociedad en general.

La imposición derivada de la fuerza o de una supuesta superioridad de corte colonial o supremacista, que considera al diferente sujeto menos valioso, susceptible, por tanto, de asimilación y dominación cultural e ideológica, merece ser denunciada y confrontada, o de lo contrario nos retrotraerá a épocas medievales

Se están normalizando en infinidad de conflictos situaciones de extrema gravedad como si ello fuera algo consustancial con los nuevos tiempos. Resignándonos ante vulneraciones o agresiones a lo más elemental y que debieran exigirnos nuestra frontal y activa oposición contra las mismas. Casi siempre, perpetrados por personajes sin ningún tipo de escrúpulos y mucho menos conciencia.
De ninguna de las maneras se deben justificar estos retrocesos sociales como consecuencia de los profundos cambios que están sacudiendo nuestras vidas. Todo lo contrario, el progreso también debiera obrar como catalizador en la mejora y más respetuosa convivencia de la humanidad sin filtros ni distinciones.

Es imprescindible activar conciencias para restaurar los valores pisoteados, canalizándolas a través de la solidaridad y denuncia de la impunidad ante genocidios e injerencias en estados soberanos. Sean por la fuerza militar o por el ahogo económico como arma de desestabilización: sanciones, embargos y bloqueos que sarcásticamente los justifican en defensa de la democracia y que no dejan de ser crueles venganzas por no plegarse a sus dictados.

El compromiso es un acto de conciencia y libertad que requiere implicarse activamente si queremos cambiar las actuales dinámicas. Debe ir más allá de lamentos, condenas testimoniales y críticas de lo mal que está todo. Aparte de evitar e impedir que fascistas, sátrapas, autócratas, marionetas, o la mezcla de todos ellos accedan a espacios de poder con capacidad de decidir sobre nuestro futuro y el del planeta, es necesario actuar en la defensa de los valores y de las personas.

Comprometerse con la verdad, desmontando y no participando de las mentiras, bulos y manipulaciones que desde los medios, plataformas o redes controladas desde las atalayas neoliberales intentan permeabilizar en la opinión con discursos alarmistas y reaccionarios.

Responsabilizarnos con el cuidado del planeta y medio ambiente, oponiéndonos al expolio de sus recursos, con actitudes personales consecuentes contra el innecesario sobreconsumo energético, o de bienes, utilidades y servicios que los mercados interesadamente proponen e incentivan.

El compromiso debe forjarse en la determinación en defender los derechos en parámetros igualitarios, sean laborales, de vivienda, sociales, educativos, sanitarios u otros. Y por supuesto, con los derechos nacionales que como pueblo nos corresponden para decidir nuestro futuro en libertad sin ningún tipo de intromisión ajena. Con especial hincapié en nuestra responsabilidad de defender, aprender, hablar y trasmitir nuestro idioma, el euskara, como tesoro y elemento neurálgico o esencial de nuestra identidad.

Si realmente somos conscientes de que no podemos seguir estando pasivos ante los despropósitos y atentados a los más mínimos valores democráticos de los que estamos siendo testigos, debemos comprometernos desde ya con el cambio por una sociedad más justa e igualitaria y menos hostil o belicista. Además de compromiso, requiere organización y responsabilidad, dejando atrás individualismos o intereses corporativos, si es que realmente estamos convencidos de que el cambio es necesario.

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