Javier Onieva Larrea

El final de la transición


El famoso túnel, sin lugar a dudas, eso tenía que ser. Esa luz brillante, resplandeciente, rozando lo celestial, en su parte final. Ese querer llegar al punto luminoso, mientras tu vida va sucediéndose a velocidad de vértigo por medio de imágenes que van recorriendo tu mente sin tener la capacidad de pararte en una y poder retocarla. Todo esto le estaba sucediendo a Juan. 

Don Juan, como siempre le habían llamado los empleados de su empresa. Una empresa familiar que había fundado su padre junto con otros dos amigos en los estertores de la Guerra Civil Española y que aprovechando la condición de sus dueños, como máximos colaboradores del bando triunfador, tuvo un gran auge en los años de la posguerra, instaurándose en la Comunidad Foral de Navarra. Una comunidad cuyas instituciones se volcaron generosamente en el triunfo y consolidación del régimen franquista. Don Juan, acostumbrado a conseguir todo aquello que se había propuesto en su vida, estaba seguro de que en el momento de la llegada de su punto y final, este serviría como ejemplo a la sociedad en cuanto a templanza, dignidad, serenidad y valentía. Había controlado todo en su vida y no albergaba ninguna duda de que su muerte también la podría controlar. Sin embargo, en este momento, se encontraba ausente, aislado, en una situación que no podía dominar y eso empezaba a preocuparle bastante. 

Julián observaba asqueado los rincones del inmundo agujero donde lo habían encerrado. Una bancada de cemento sobre la cual se encontraba una manta de lana vieja de esas de color marrón, que se utilizaban cuando él hizo el servicio militar y de eso ya habían transcurrido casi cuarenta años, un retrete sin tapa, sucio y apestoso y una bombilla solitaria colgada del techo sin interruptor. 

Hacía tiempo que estuvo en un calabozo como ese, exactamente a la edad de veintidós años. Corría el verano del año 1978, los San Fermines se habían suspendido. La policía había matado a un pamplonica militante de la LKI, y, posteriormente con una inusitada y frenética actividad, no paraban de buscar y detener a rojos y separatistas enemigos, al parecer, de una cosa que luego se llamó transición. Transición que los ideólogos de la derecha navarra se empeñaron en hacer a su manera y a todo aquel que le parecía mal lo detenían o le hacían la vida imposible. 

Durante el invierno siguiente a su detención, Julián inició los estudios de empresariales en la escuela ubicada en Pamplona pero dependiente de la Universidad de Zaragoza. Le habían admitido en la Facultad de Periodismo de la Universidad Privada de Navarra, pero dado que su mentalidad chocaba frontalmente con la ideología y espíritu conservador que mostraban los dirigentes de dicha institución, y que con la ficha que le habían creado en comisaría iban a ser los propios dirigentes de la universidad privada los que se encargarían de no hacerle muy cómoda su estancia, se decidió por estudiar lo único que había público, junto con magisterio e ingenierías medias, en la ciudad. 

Don Juan se esforzaba en tratar de entender lo que decían los médicos que le estaban atendiendo. Se imaginaba que, dada su condición, lo habrían trasladado a la clínica privada ubicada en Pamplona y cuyos dirigentes y organización eran los mismos que los que regentaban la universidad privada. Clínica de gran prestigio a nivel de todo el estado y a la que tanto su padre, como él mismo y ahora sus hijos habían ayudado a instalarse, desarrollarse y financiarse. Siempre por medio de fondos provenientes de las instituciones públicas, las cuales de una u otra manera siempre habían sido y seguían siendo controladas por familias navarras como la suya. En un principio, mientras gobernó Franco, directamente desde la Diputación Foral y posteriormente a la muerte del generalísimo por medio de empresas públicas y fundaciones. 

Cuando su padre le cedió la dirección general del negocio, la empresa se había convertido en un holding con intervención en el sector de la industria, construcción y servicios. Don Juan recordó las discusiones con su padre y con los que a la muerte del generalísimo dominaban junto a su padre los poderes fácticos del Estado, para convencerles de que todo lo tenían controlado, que no iban a perder ni un ápice de su superioridad sobre el resto de la sociedad. Cuántas maniobras para dejarles claro que sus ideas, las que habían vencido la guerra, no iban a ser relegadas y por supuesto que nunca se iba a consentir que las ideas que habían sido derrotadas pudieran suplantar en algún momento, ni presente ni futuro, a las ideas vencedoras en el verdadero control del poder en las instituciones. 

En el calabozo, a Julián le parecía estar enterrado en vida. A lo largo de sus sesenta años de existencia se había metido en bastantes movidas. En su juventud había militado en la organización juvenil de la Liga Comunista Revolucionaria, grupo trotskista que, a la muerte del dictador Franco, gozó de una gran y reconocida actividad en Navarra. Con poco más de veinte años veían la revolución y el fin del franquismo al alcance de la mano. Se haría justicia. Los fascistas y todos aquellos que habían apoyado la dictadura serían detenidos y juzgados. A los represaliados, exiliados y oprimidos por la dictadura se les restituirían sus bienes, tanto materiales como morales, y en el país se impondría una democracia bajo el signo de la República, forma de Estado elegida democráticamente por los españoles y arrebatada a estos mediante un golpe militar por el dictador Franco. 

Eso pensaba Julián mientras iba observando cómo el Partido Comunista aceptaba la monarquía y renegaba de la bandera republicana. Como los socialistas llegaban al gobierno, flirteaban con el gran capital y el gran capital les acababa metiendo en la cárcel por chorizos. Chorizos que casualmente habían sido pagados por el gran capital. 

Julián, como muchos, se acostumbró a vivir en ese ambiente. Votaba a partidos de izquierda que nunca conseguían mayorías para poder gobernar. 

Poco a poco iba aumentando en don Juan su estado de irritabilidad adquiriendo la forma de un cabreo supino. Imploraba la forma de volver al mundo real, más que nada para agarrar al cabrón ese. A ese que le miraba fijamente a los ojos y que en su mirada adivinaba el tipo de persona que no le había gustado nunca. Y para más inri, haciéndole gestos ostentosos para que se diera prisa: 

«A mí no me acojona nadie y menos tú, con esa pinta de rojo separatista y esa mierda de pegatina pegada en el parabrisas. Te esperas. Te esperas por mis santos... que voy a tardar en pasar lo que a mí me salga de los cojones. Y ahora te jodes que vuelvo a empezar». 

Julián no acababa de hacerse a la idea de la magnitud de la pena que le habían impuesto. Sin embargo sentía una sensación de placidez en su ánimo. Le venía a su mente la imagen de ese viejo. El típico viejo facha, altivo, chulo, maleducado y arrogante atravesando el paso de cebra despacio, cada vez más despacio. Mientras fijaba su mirada en él con aire despectivo y desafiante. Recordaba cómo le tocó el claxon y le hizo gestos con la mano para que se moviera más deprisa, y cuando por fin acababa de sobrepasar su coche, observó con indignación que se giraba y que volvía a iniciar el camino de vuelta por el mismo paso de cebra, mientras que continuaba mirándole con esa sonrisa. Esa sonrisa tan franquistamente provocativa y odiosa. 

Recordaba Julián las palabras de la juez en el momento de dictar la sentencia y él las complementaba al estilo de un anuncio de televisión sobre una tarjeta de crédito que se repetía mucho últimamente. 

Pérdida de los doce puntos y retirada durante cinco años del carné de conducir. Tres mil euros de multa por no respetar un paso de cebra. Diez años de prisión por homicidio frustrado. La sensación de ver a un asqueroso facha volar por los aires no tiene precio. 



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