Raúl Zibechi
Periodista

El inevitable retorno de la piratería

Se ha escrito que las guerras crean Estados, que transforman la geopolítica y que pueden poner en pie un nuevo orden global, entre muchas otras «virtudes» que se les endosan. Para los pueblos, las guerras son el horror, aunque en algunas ocasiones deban dar un golpe sobre la mesa para frenar la voracidad de las clases dominantes.

Durante las guerras se caen todas las máscaras, como está sucediendo en estos momentos. Se alientan genocidios y masacres con garantía de impunidad. Los Estados-nación más poderosos no pueden sobrevivir sin vulnerar la legalidad y las leyes que ellos mismos se dieron. En estos meses se han secuestrado grandes petroleros, unos diez desde principios de diciembre, y más de cuarenta lanchas fueron atacadas en el Caribe acusadas sin pruebas de ser «narcolanchas» por Estados Unidos.

En la misma línea, el imperio amenaza con bloquear el comercio de las naciones que compiten por la hegemonía, las llamadas «emergentes». Es posible que lo que sucede en el Caribe, donde los objetivos son Venezuela y Cuba, así como en Irán, sea un ensayo de lo que piensan aplicar a una escala mucho mayor contra sus competidores, en particular China. Se trata del retorno de la piratería de la mano de la principal potencia militar del mundo.

Un rápido repaso de la historia de la piratería permite comprender cómo actuarán las clases dominantes de los imperios que decaen y también de los que pretenden ascender. La piratería tiene una larga historia, casi tanto como la conformación de imperios y reinos que anhelaban expandirse. Hoy es sobre todo Estados Unidos quien está secuestrando petroleros de países enemigos, pero en unos años podremos ver si esta práctica se generaliza y comienzan a aplicarla otros países.

Los piratas se especializaron en el robo marítimo, en el saqueo de ciudades, de puertos y de mercancías por lo menos desde la Antigüedad, en las regiones de mayor tráfico marítimo. Lo que me parece de mayor actualidad fue el tránsito del pirata al corsario, gracias a las patentes de corso que libraron los reyes, principalmente de Inglaterra y de Francia. La actividad de saqueo y depredación era exactamente la misma, pero la bendición de los reyes legalizaba el robo y la destrucción.

La historia nos dice que la patente de corso era un privilegio de las grandes naciones, cuyos corsarios fueron institucionalizados y la actividad delictiva fue utilizada en tiempos de guerra. Imaginemos que ahora algunos gobiernos legalizan a los carteles narcotraficantes para utilizarlos contra sus enemigos internacionales o nacionales, o sea, contra otros Estados y contra los trabajadores que se organizan y se levantan. Aunque parezca extraño, en varios países latinoamericanos esa es la realidad dura y pura.

Durante la primera guerra angloholandesa, a mediados del siglo XVII, los corsarios ingleses capturaron alrededor de mil barcos y en la guerra con España, los corsarios españoles y flamencos al servicio de la Corona española habrían capturado 1.500 barcos mercantes ingleses. Es evidente que no era una actividad marginal, sino que jugaba un papel determinante en el desenlace de las guerras.

Algún día sabremos cómo y por qué se desató en México la actual «guerra contra las drogas», a mediados de la década de 2000 cuando el movimiento indígena y popular estaba en plena ofensiva e intimidando a las clases dominantes. En otros países, como Colombia, las cosas fueron muy similares y en Brasil, la alianza narcopolicial logró controlar las favelas donde se cocía la mayor resistencia contra el sistema.

Una primera lección que debemos sacar es que hemos entrado en la fase militar de los conflictos entre grandes potencias. Primero fue la guerra comercial con proyectiles arancelarios que Trump acaba de perder. En efecto, los datos de 2025 no dejan lugar a dudas. El déficit comercial de Estados Unidos aumentó un 32% en diciembre de 2025 respecto al mes anterior, y se mantuvo estable en el año a pesar de los aranceles. En contraste, China registró en 2025 un superávit comercial récord al crecer las exportaciones en un 5,5%, pese a una caída del 20% en las exportaciones a Estados Unidos.

La respuesta de la Casa Blanca consiste en escalar los conflictos, o sea, insistir en la misma política que ha fracasado porque su objetivo es eliminar a los demás. La extensión de la guerra comercial a la guerra militar es el paso inevitable cuando no se acepta la realidad. Un dato mayor lo divulga la inteligencia rusa: Francia y el Reino Unido se disponen a entregar armas atómicas a Ucrania, un modo de aceptar que ese país perdió la guerra. Es evidente que sus dirigentes están fuera de la realidad, son suicidas o arrogantes.

La segunda es que los pueblos y los movimientos populares no podemos confiar en la legalidad estatal, ni en el derecho internacional que Trump ha dicho claramente que ya no respeta. Durante las guerras solo cuenta el lenguaje de la violencia la fuerza bruta. Un problema grave que tenemos las personas empeñadas en cambiar el mundo es la dificultad para aceptar que hay una guerra en curso y, sobre todo, el no saber cómo actuar en estos casos.

También debemos observar que la guerra entre Estados tiene otra cara que es la guerra contra los trabajadores en cada país, ya sean migrantes, personas no blancas, así como los pobres del campo y la ciudad, o como llamemos a las y los oprimidos. En Estados Unidos el ICE (policía migratoria), a la que William Robinson define como «fuerza paramilitar» o «ejército fascista», responde directamente a la Casa Blanca y no respeta las órdenes de la justicia, ni la Constitución ("El Salto", 24/02/2026)...

ICE «es un ataque contra toda la clase obrera», señala Robinson, pero «va a servir para combatir cualquier disidencia». En muchas ciudades se han organizado patrullas comunitarias, que involucran a miles de personas, para resistir, denunciar y apoyar a las víctimas. Podemos aprender de esta notable experiencia.

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