Nora Vázquez
Jurista y sanitaria

El salmón

Ayer me acordé de una tarde en Oslo. En mi deriva por aquellas calles donde la basura parece no existir, acabé entrando en un restaurante con esa sobriedad nórdica que te obliga a bajar la voz. Al sentarme, la camarera me tendió una carta donde se leía una promesa singular: «Nuestros salmones viven en libertad». Al fondo del local se abría una estancia tapizada por monitores de alta definición que emitían un resplandor azulado.

En las pantallas, miles de salmones trazaban una espiral perfecta. Una y otra vez. El pez, impulsado por un instinto oceánico que ya no le pertenecía, creía estar recorriendo el mundo cuando solo perfeccionaba su propio encierro. Aquella era la libertad que me cobraban a precio de oro: un nado frenético dentro de un cilindro, monitorizado para que el comensal certificara que el músculo estaba prieto antes de hundir el tenedor.

Me inquieta profundamente observar cómo los aires viciados que recorren nuestra época pretenden convertirnos en esos mismos peces, persuadidos de nuestra absoluta soberanía mientras patrullamos el perímetro que otro ha dibujado. Lo perturbador no es ya la transparencia de la vitrina, sino la sutil alteración de la química del agua para que el deseo de saltar fuera se extinga antes de nacer. Hemos aprendido a confundir el vidrio con el horizonte.

Existe un fenómeno biológico llamado osmorregulación: el salmón, al pasar del agua dulce al mar, ajusta su presión interna para no estallar ante la salinidad. Si no se vuelve tan duro como el exterior, colapsa. Hoy, para sobrevivir a un ecosistema social saturado de rencor y agresividad eléctrica, endurecemos nuestras membranas hasta la callosidad.

Esta dinámica de petrificación ha encontrado su mercado más fértil en los jóvenes −y no tan jóvenes− a quienes les están vendiendo la mercancía más rancia de la historia bajo un envoltorio de vanguardia. Es la gran estafa del siglo: convencerles de que la dictadura, la ultraderecha y la tolerancia cero a la diversidad constituyen el nuevo punk. Que odiar es transgredir. Que obedecer es rebelarse.

Hay una técnica en la naturaleza llamada mimetismo agresivo. El pez que agita una luz cálida en la oscuridad para que otros se acerquen buscando refugio, solo para devorarlos. La ultraderecha moderna practica este mimetismo con una eficacia publicitaria que debería alarmarnos: han robado el lenguaje de la rebeldía, la estética de lo incorrecto y el aura de la transgresión para disfrazar el autoritarismo de toda la vida, el de la sotana y el cuartel. Les han susurrado que deben empaquetar la obediencia ciega como si fuera un acto heroico de resistencia.

El joven que hoy abraza el autoritarismo se siente un salmón salvaje saltando la cascada, sin advertir que es el ejemplar más dócil de la vitrina. Alimenta con su furia el motor de los mismos que, desde la mesa del poder, observan el banquete mientras degustan el plato frío de su odio. No hay nada más obediente que un rebelde prefabricado, nada más sumiso que quien cree haber elegido sus cadenas.

Tenemos el deber urgente de anteponer la lucidez a las mentiras que la oscuridad intenta inyectarnos en la cabeza. Debemos erigir una barrera intelectual contra esa nostalgia fraudulenta que idealiza el gris del pasado como un paraíso de valores sólidos, ocultando que aquel orden añorado era solo el silencio del miedo. Una paz de persianas bajadas y maleta siempre sin deshacer, por si acaso, por si alguien aparecía de madrugada en tu puerta.

No hace tanto, aquí mismo, se asentó una dictadura que duró 40 años, y conviene recordar lo que significó para que nadie pueda venderla como un paraíso de orden y prosperidad. Significó los paseos nocturnos, los fusilamientos en las tapias de los cementerios, las cunetas llenas de cuerpos que aún hoy siguen sin nombre. Significó las cárceles atestadas de presos políticos, las torturas en los sótanos. Significó el hambre de la posguerra, los años del estraperlo, los niños con el vientre hinchado por la desnutrición mientras el régimen exportaba trigo. Significó el robo de bebés en hospitales, arrancados de madres republicanas para entregarlos a familias afines. Significó que la mujer no pudiera abrir una cuenta bancaria sin permiso de su marido, ni trabajar, ni viajar, ni divorciarse. Significó la Sección Femenina enseñando a las niñas que su destino era servir, callar y obedecer. Significó negar tu identidad, tu lengua, tus raíces, lo que crees y sientes o, al menos, llevarlo muy escondido. Significó traumas en familias, traiciones de vecinas y su vigilancia en las corralas, quién sale y entra. Significó humillar.

Y sin embargo, hay quien suspira por aquello; ¿por qué? La respuesta duele porque nos interpela a todos. Hay una generación de jóvenes a quienes se les prometió que si estudiaban y se esforzaban tendrían un futuro, y lo que encontraron fue un muro. Contratos basura, salarios que no alcanzan para pagar un alquiler, la certeza de que jamás podrán comprar una vivienda, la sensación de ser extranjeros en su propia vida. La lacra de la violencia machista, asesinatos, vejaciones, acoso... Ellos lo usan como arma arrojadiza sin saber que esto es un problema estructural creado en ese orden desordenado, perpetuado culturalmente, y que, por desgracia, han dejado. Cuando el sistema democrático no ofrece horizonte, cuando el ascensor social se ha convertido en un montacargas averiado, cuando el futuro es una palabra vacía, el resentimiento busca una salida. Y ahí aparecen los vendedores de humo con sus respuestas simples: la culpa es de los inmigrantes, de las feministas, de los progres, de cualquiera.

Y están los deudores del sistema, los que prosperaron al amparo del régimen y transmitieron a sus hijos una versión edulcorada donde las cunetas no existen. La memoria es selectiva cuando conviene, y la desmemoria se hereda como se heredan los apellidos.

Mientras tanto, el río real sigue ahí fuera, esperando a que alguien tenga el valor de romper la inercia del círculo.

Search