Antonio Alvarez-Solís
Periodista

El señor humilde

Son secos, distantes, temerosos de la masa ciudadana, enemigos de su misma sombra, como sucede ahora con los dos grupos en que se ha dividido el gabinete del Sr. Rajoy: los duros de la pequeña vicepresidenta y el residuo que pajarea en árbol distinto

E l Mundo” de Madrid, que efectivamente es el mundo de Madrid, lo que indica que no todo es falso en la prensa madrileña, ha convocado a sus lectores para que opinen si hay que subir o no el sueldo al presidente del Gobierno, ya que es el peor pagado en el staff de la Moncloa. Y la mayoría de los opinantes han dicho que «sí». ¡Benditos ellos, tan reverenciales! Es más, los opinantes, que no tienen más que apretar un botón para para configurar un pensamiento –lo cual demuestra la importancia de los dedos– han añadido que es una vergüenza que el Sr. Rajoy ingrese un salario menor que el salario de sus circundantes. Sin embargo, nada tan poco fiable como la opinión española.

Yo, que estoy muy acostumbrado a medir finamente ingresos y gastos, sobre todo desde que pasé al júbilo de la jubilación, me pregunto lo siguiente: ¿Paga el Sr. Rajoy el alquiler del palacio de la Moncloa?, ¿abona el enigmático recibo de la luz?, ¿satisface los salarios de las tatas y camareros que le facilitan una cama bien hecha y un café como el que anuncia en televisión el Sr. Clooney o Cluny para ser exactos?, ¿salda el precio de la cerveza que ha de tomar antes de decidir si va o no va a la guerra, como ocurría a Mambrú?, ¿los coches a su servicio cuentan con taxímetro o son de la discutida empresa alemana que permite además trasportar pasajeros de pago?, ¿los trajes numerosos con que se reviste en la celebración de su oficio cotidiano son alquilados o de pago y, si es esto último, se cargan a los fondos de libre disposición que, sumados a los de protocolo, resultan cuantiosos?, ¿abona el abono del jardín? Creo que queda algo más por contabilizar, pero son minucias, como, por ejemplo, los bombones que ha de consumir su señora cuando es visitada por las señoras que la entretienen o los chuches con que se ha de entusiasmar en los días malos a unos hijos concebidos con todo el amor. He sumado todo eso, a discretos precios de mayorista y he concluíido que con trescientos euros mensuales de sueldo el Sr. Rajoy aún puede invertir en bonos del Estado, acerca de los cuales obviamente ha de tener información privilegiada sin incurrir en infracción alguna. Ni siquiera ha de introducir un euro en la manga que pasan en misa puesto que para algo ha permitido prolongar casilla en la declaración de la renta para que los obispos dispongan de los fondos oportunos.

Pregunta que hago ahora por mi cuenta, ya que no pertenezco al mundo de “El Mundo”: ¿Está usted de acuerdo en que el Sr. Rajoy es quien cobra menos en la Moncloa? Conste que no trato de perseguir al presidente. No soy rencoroso. De momento recibo lo indispensable para comer y llegar con vida a la comida siguiente. ¿A qué más puedo aspirar a los ochenta y cinco años, cuatro meses y veinte días ya cumplidos en esta situación de crisis? Además duermo con libertad y nada me impide soñar con un centollo, que en tal consiste la libertad del español sin que nos acometa un fiscal que acaba de hablar por teléfono con la superioridad.

Lo que no me explico es que una serie de berzas expriman su patriotismo digital y procedan a solicitar una mejora del estándar vital de quienes fuman su puro de la Cuba castrista mientras contemplan los graciosos giros de los estorninos en el jardín de la finca. Encuesta para GARA: «Teniendo en cuenta la necesidad de un medio ambiente sostenible –un medio ambiente, no ya un ambiente entero– ¿está usted de acuerdo en que se elimine ese puro provocador o prefiere eliminar los pájaros?».

El cinismo debiera estar penado. De alguna manera forma parte del delito de injurias. Un ciudadano honrado, simplemente honrado, no heroicamente honrado como se solicita desde el Poder, no debe ser insultado con este tipo de preguntas en apoyo de este tipo de Gobierno. Unicamente en un conchabamiento indigno entre gobernantes y gobernados se puede indagar en el sentido ya apuntado. Es como cuando se habla de una Iglesia para los pobres sin tener el espíritu limpio de Francisco. Pues, no, señor.

La Iglesia, al menos la que conocí durante muchos años, debe ser para los ricos, con curas que les acosen con el infierno, con satanases tridentados, con excomuniones avergonzantes, con bancos en quiebra, con chicos de Podemos que les amenacen con no pagar la deuda. Hay que hacer la vida imposible a esos hipócritas procesionantes en Semana Santa y a las procesionarias correspondientes. Los pobres no necesitamos una Iglesia pobre de prelados de raso sino un salario mínimo que llegue a ser un salario. Algo que no nos obligue a compartir el chicle en la hora inerte de la champion. ¡Que asco!

Sí, el cinismo debiera ser penado. Y duramente ¿Porque acaso no es un grave delito de escándalo general que destruye la moral y la confianza públicas y que, por tanto, habría de  juzgarse en un tribunal ciudadano ¿Para qué diablos habremos instituido el jurado? ¿No es un gravísimo pecado de escándalo que el Partido Popular, aparte lo jurisdiccional, rechace que se investigue por el Parlamento lo sucedido con Bankia? ¿Acaso no corrompe el aire social que el mismo Partido Popular impida que los diputados indaguen seriamente sobre la corrupción, sin óbice de lo que hagan los jueces, difícilmente sentados sobre la punta de una lanza? ¿No destruye definitivamente la confianza de la ciudadanía honrada el que los «populares» dificulten el acceso de sus opositores políticos al Consejo de la Transparencia? Si estamos realmente en una dictadura para qué hacer la pamema de abrir consultas en los periódicos implicados en el sostén de esta podrida sociedad. País desgraciado el irremediablemente nuestro.

Recuerdo los ojos llorosos y la faz llorada del notario Carlos Arias Navarro cuando en la televisión clamaba, perfectamente maquillado de hipocresía: «¡Españoles, Franco ha muerto!». Y también era mentira. Franco está ahí, tras cada esquina del orden público, sentado en los escaños de la mayoría del Congreso, disfrazado de cordero en el Toison de Oro. España no cambia desde su creación por los Reyes Católicos, que nadaron río arriba como salmones en aguas de sangre. Los dirigentes españoles –y hago poco sitio para las excepciones– mienten, mienten, mienten. Esta debiera ser la pregunta para el próximo sondeo en los cuotidianos: «¿Cree usted que Franco ha muerto?».

Se les ve la soberbia por más que hablen de sus transparencias y de su limpia conciencia. Un buen fisiognomista acertaría a describirles apenas les echara el ojo encima. Son secos, distantes, temerosos de la masa ciudadana, enemigos de su misma sombra, como sucede ahora con los dos grupos en que se ha dividido el gabinete del Sr. Rajoy: los duros de la pequeña vicepresidenta y el residuo que pajarea en árbol distinto. Pero ninguna de las dos tribus verá nunca la mariposa sino el oscuro murciélago en el test de Rorschach. Cuando uno contempla tanta broza no puede pensar sino lo que dijo Francisco de Borja cuando vio el agusanado cadáver de la emperatriz española Isabel de Portugal al que daba fúnebre escolta de caballero: «No más servir a señores que en gusanos se convierten». Y como no, profesó de jesuita. Sin llegar a estas historias tan del tiempo del emperador Carlos, uno se promete todos los días no ser ciudadano de gobernantes que trepan por la tela del Estado en busca de fortuna. Gusanos, solamente los de seda. Y que me despierten cuando llegue la República, por la que trabajo desde mis sueños más tempranos. Me gustaría morir en paz, como ciudadano honrado. Tampoco es pedir tanto cuando se vive en Madrid.

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