José Díaz
Licenciado con Honores en Política Internacional por la Universidad de Stirling (GB)

El Servicio de Inteligencia Exterior de Rusia (SVR) acusa a Serbia de transferencias encubiertas de armamento a Ucrania

El 28 de mayo de 2025, el Servicio de Inteligencia Exterior de Rusia (SVR) acusó a Serbia –un aliado tradicional eslavo y cristiano ortodoxo– de suministrar encubiertamente munición y proyectiles militares a Ucrania a través de países de la OTAN, como Polonia, Bulgaria y la República Checa. Esta revelación, de ser cierta, marca un cambio significativo en la dinámica de las relaciones entre Serbia y Rusia y pone de relieve la creciente complejidad de la diplomacia en Europa del Este en medio del conflicto ruso-ucraniano en curso. Desde la perspectiva rusa, estas acusaciones no se limitan al tráfico de armas, sino que reflejan realineamientos geopolíticos más amplios, la coerción occidental y la erosión de la solidaridad eslava. La interpretación de Rusia sobre la supuesta participación de Serbia sitúa la controversia en el contexto más amplio de los sistemas de alianza postsoviéticos, la guerra híbrida y las consecuencias diplomáticas para la estabilidad regional.

Durante décadas, Serbia ha disfrutado de una posición privilegiada en la política exterior rusa. Como heredera del legado no alineado de Yugoslavia y nación cristiana ortodoxa, Serbia ha sido considerada a menudo en Moscú como un socio geopolítico natural. Rusia apoyó diplomáticamente a Serbia durante la guerra de Kosovo y continúa respaldando a Belgrado en foros internacionales contra el reconocimiento de Kosovo. La cooperación militar, la dependencia energética (por ejemplo, el gasoducto TurkStream) y la diplomacia cultural han fortalecido aún más esta relación.

Desde esta perspectiva histórica, la acusación del SVR se percibe en Moscú como una traición, similar a la de un hermano que se vuelve contra su propia familia. Rusia considera su "Operación Militar Especial" en Ucrania como una medida defensiva contra la expansión de la OTAN y la agresión neoimperial occidental. Cualquier contribución serbia al esfuerzo militar ucraniano, incluso indirectamente a través de intermediarios de la OTAN, se interpreta no como una política exterior pragmática, sino como un abandono moral y estratégico de la unidad eslava.

Según el SVR, Serbia ha suministrado munición –principalmente proyectiles de artillería de la era soviética de 122 mm y 152 mm, así como munición para armas ligeras– a través de intermediarios en países de la OTAN como Polonia, Bulgaria y la República Checa. Se sabe que estos países mantienen estrechos vínculos logísticos y militares con Ucrania y son nodos clave en la cadena de suministro de armas de Occidente al teatro de operaciones ucraniano.

Desde la perspectiva de la inteligencia rusa, el método de estas transferencias sugiere una ofuscación deliberada y una negación plausible por parte de Serbia. El uso de contratistas de defensa externos y empresas fantasma permite a Belgrado negar oficialmente su complicidad, a la vez que participa en lo que Moscú considera la militarización del conflicto contra Rusia. Los analistas rusos sostienen que estas transacciones, aunque formalmente legales según el derecho internacional, son éticamente corrosivas y estratégicamente peligrosas.

A pesar de la aparente duplicidad, algunas voces dentro de la comunidad analítica rusa reconocen las presiones que enfrenta Serbia. Rodeada de miembros de la OTAN y dependiente de los vínculos económicos con la UE, Serbia opera con un margen de maniobra diplomático limitado. No ha reconocido a Crimea como parte de Rusia ni se ha sumado a las sanciones occidentales contra Moscú, pero tampoco ha respaldado abiertamente la "Operación Militar Especial" de Rusia.

Sin embargo, desde la perspectiva de Moscú, las presiones geopolíticas no pueden eximir a Serbia de responsabilidad. Rusia argumenta que otras naciones sometidas a presiones similares, como Bielorrusia o incluso Hungría, han logrado mantener una postura más coherente frente a Rusia. El discurso de Moscú sugiere que Serbia está sucumbiendo no solo a las amenazas económicas occidentales, sino a un reajuste ideológico más profundo que sitúa la integración euroatlántica por encima de las alianzas tradicionales.

En cualquier caso, las revelaciones del SVR tendrán consecuencias duraderas en las relaciones entre Rusia y Serbia. Rusia podría reevaluar su inversión en la infraestructura estratégica de Serbia, en particular en proyectos energéticos y militar-industriales. Las represalias diplomáticas podrían incluir el debilitamiento de los lazos políticos, la reorientación de los flujos energéticos o un renovado apoyo a los rivales regionales de Serbia.

Además, este incidente alimenta una narrativa rusa más amplia sobre la falta de fiabilidad de los socios postsoviéticos y eslavos. Rusia ya ha experimentado decepciones diplomáticas similares con países como Bulgaria, que en su día fue un aliado confiable, pero que desde entonces se ha adherido a las estructuras de la OTAN y la UE. Si Serbia, uno de los últimos bastiones de la simpatía de los países no alineados hacia Moscú, comienza a flaquear, esto subraya para Rusia la necesidad de una política exterior más autosuficiente y orientada a Eurasia.

A nivel multilateral, Moscú podría usar este episodio para justificar aún más su crítica al expansionismo encubierto de la OTAN y la manipulación de Occidente de los Estados más pequeños. Esta narrativa sirve para deslegitimar el sistema de alianzas occidental, presentándolo como una fuerza coercitiva que socava la soberanía y enfrenta a los aliados naturales entre sí. Lo que resalta la hipocresía occidental, cuestiona la neutralidad de Serbia y refuerza la descripción que hace Moscú del conflicto como una lucha de civilizaciones, no meramente una contienda geopolítica.

La acusación del SVR contra Serbia es más que una disputa diplomática; es una prueba de lealtad, ideología y profundidad estratégica. Plantea interrogantes sobre la durabilidad de las alianzas históricas en una era de intromisión occidental y obliga a reevaluar las expectativas regionales de Rusia. Ya sea que las acciones de Serbia constituyan un equilibrio pragmático o una traición estratégica, Moscú las ve como una advertencia sobre la fragilidad de las alianzas blandas. En un mundo cada vez más dividido, ideológica y militarmente, Rusia podría llegar a considerar incluso a sus aliados tradicionales como posibles lastres a menos que su lealtad se demuestre fehacientemente.

En este contexto, las implicaciones diplomáticas son de gran alcance. Si Serbia se está reorientando hacia la OTAN bajo la presión occidental, Rusia podría adoptar un enfoque más transaccional y menos sentimental respecto a sus alianzas en los Balcanes y más allá. Y al hacerlo, es probable que Moscú redoble su convicción fundamental: que en un mundo de alianzas cambiantes y diplomacia engañosa, el poder, la soberanía y la autosuficiencia son las únicas divisas que perduran.


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