Imanol Osinaga Gil

Europarida2025: alejando al maño y frenando al alcohólico

Cada día que pasa me «atrae» más esto de la liberalidad enlatada entre conservas que nos venden las «fantásticas, maravillosas, estupendísimas, perfectísimas y absolutísimas» mercaderías. Te posibilitan justificarlo casi todo con el viejo arché metafísico del Partido Parmenídeo Copular. Ex nihilo nihil fit, de la nada, nada se hace, o sea, que siempre ha habido fango: practicar la eutanasia ajena e involuntaria de sujetos convertibles en 7.291 unidades de casi nada, al parecer, moralmente superior a la propia y voluntaria, dejar hacer a los partidos tóxicos asociados extremadamente a la muerte de toda la vida, ensalzar la emoción de ultratumba y sacar partido de la ciénaga de la de verdad.

Y también parece cierto que del cuasi vacío de sus conciencias casi nada útil puede extraerse visto también que más que la DANA, es la NADA la que ocupa sus tanáticas mentes. Ahora bien, ellos no entran al barro porque no es su estilo. Su estilo es generarlo, una especie de homicidio prudente: confundir al pueblo y esperar a que la ciénaga se lleve a los «prescindibles», aquellos que hacen que éstos, los «imprescindibles», puedan seguir jugando con sus perversiones y lujurias. Y es que siguen confundiendo el protocolo de Kyoto con el del coito.

Tan apasionado se ve al miserable mercado y su mano invisible para vaciar lo público, y de paso, las entrañas de quien se oponga a su arraigada costumbre, que se olvidan de que la media −no la ajena a la vida− sirve más para aproximarse a la virtud que para taparse el rostro y chorar. No conocen manera diferente de vivir que trasquilar lo de los demás, proporcionar armamento a sus desproporcionados gobiernos espectrales y seguir subastando trozos de cielos, mares, tierras y casi todos sus contenidos.

Particulares Estados garrapata que se sirven del sudor y la sangre de gran parte de la población, a golpes y mediante violentas leyes propiamente inventadas para las mismísimas succiones y percusiones, basadas en la naturaleza del más malvado, con la excusa del orden, su orden, que es como la especie dicen que mejora. Si esto fuera principio de evolución, a mayor tiempo más infame es esta especie, y entre tanto bellaco, ya se sabe que no se salva ni el de la Columna, quien entre el éxtasis de la flagelación y la gloria tuvo que presenciar la «cogida» de aquel concejal de Elx, hermanado ahora con el lupanar de Pompeya.

Y por aquí comienza una de las maneras de la espiral sempiterna de voraz venganza, iniciada por lo a gusto que retoza en la ficción cierta estirpe elegida a dígito invisible, y no acaba hasta que la propia especie termina por desaparecer, por cenutria. Entre quienes mueren en las guerras, en las venganzas de las guerras y en las venganzas de las venganzas de todas ellas, las hambrunas, enfermedades y miserias no asistidas ayudan a liquidar lo abandonado de la mano y dedo de la suprema elección. Y ya tenemos entonces la tragedia a medida, la que les asegura la evolución del negocio para unas cuantas generaciones de particular linaje. Y mientras tanto al arrample que son dos días... y a la ciénaga quienes no hayan sido agraciados.

Hay que suponer de primeras que la muerte no gusta a quien no quiere morir. Otra cosa es que a quien no le importe morir, y muera, haga morir a otro a quien tampoco le importe morir, y muera, y ni enturbie ni salpique a quien no quiera morir. Pero lo peor suele ser que quienes no quieren morir, y no mueran, programen a quienes no les importe morir, y no mueran, para que hagan morir a quienes no quieran morir. Y de esto siempre ha habido demasiado, en cantidades inversamente proporcionales a la regulación del bestial mercado, que alimentan con mayor celeridad la muerte de lo ajeno que la vida de lo propio. Solamente queda proponerlos para la Real Academia de Ciencias Políticas y Morales, y pasarse la justicia de nuevo por los aductores y el pectíneo, grácilmente togados.

Véase si no la titulación posverdadera que se le da a uno de esos «eventos» de ultramar: la ocupación de América, según la Ley 18/1987, «Periodo de proyección lingüística y cultural más allá de los límites europeos». Descubrir significa hallar lo que estaba ignorado o escondido, principalmente tierras o mares desconocidos, y también, parece ser, que había muchos lugares ignorados por sus descubridores, que no escondidos, porque estaban ya a la vista de quien pasara por allí. Y debieron de ser grandotes y libres de hacer lo que les viniera en gana, y que por error de cálculo pasaron por allí queriendo ir claramente para allá. A veces los errores se pagan caro, sobre todo quienes suelen estar desestimados por el azar, porque ya se sabe que la casualidad es capaz de ignorarlo casi todo y la ignorancia de generar efectos desgarradores. Y se supone que el nudo gordiano estaba para deshacerlo y no para cortarlo de cuajo.

¿Acaso carece de peligro creer e invocar absolutos metafísicos, transmitidos a través del lenguaje, generación tras generación, con los que se expresan irrealidades a las que no se llega, y que probablemente confundan y condicionen al personal?

Y tampoco es casualidad que no hace demasiado tiempo, tras mi intento de proyección lingüística y cultural más acá de los límites europeos, acabara instalado en una encimera de hormigón de un aposento de dos por tres, a media pensión y con vistas a un portón irrompible. Menos mal que los posaderos eran «muy atentos» y hospedaban por vocación. Tan atentos que incluso mantenían aún el vicio grupal de hacer mostrar las nalgas al invitado para reírse un ratito, no sé si para humillar, por gusto propio o por ambas: «¡Tiene buen culo, sí... jajaja!», no fuera a ser que escondiera un cincel entre posadera y posadera para escapar de aquel bunker.

Resumiendo: que nadie tenga que escupir sangre para que otro viva mejor (Atahualpa Yupanki)


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