Víctor Moreno, Clemente Bernad, Carlos Martínez, Jesús Arbizu, Carolina Martínez, Orreaga Oskotz, José Ramón Urtasun, Fernando Mikelarena, Txema Aranaz
Ateneo Basilio Lacort

¿Expertos en monumentos fascistas?

Experto o perito es quien tiene experiencia en algo. Ambas palabras tienen la misma raíz: «per». En indoeuropeo, «intentar y arriesgar». Experiencia, también, goza de ese origen. De ella se dijo que es madre de la ciencia. Lo que no sabemos quién es su madre. ¿El fracaso? En euskara, experiencia se dice eskarmentu, lo que tiene un punto de sobresalto. Pues, como se decía en La Celestina, «de los escarmentados nacen los avisados»; los listos, para entendernos.

Si experiencia, experto y perito tienen idéntica matriz lexical, se podría preguntar qué experiencia tienen estos expertos en el campo específico de la resignificación de monumentos y, sobre todo, cuál es su especialidad en transformar monumentos fascistas en monumentos de la conciliación. ¿Pueden presentar algún certificado que garantice el éxito de dicha metamorfosis? Porque no basta con recurrir a una fórmula mágica, «abracadabra», por ejemplo, y resignificación al canto. A fin de cuentas, el documento que los ha presentado en público no tiene alcance pragmático alguno.

Tranquilizaría mucho saber que acumulan en su «curriculum» transformaciones arquitectónicas de edificios fascistas reconvertidos en centros de peregrinación democrática. Y los casos de los campos de concentración de Mauthausen-Gusen, Ravensbrück y Auschwitz, lugares de tortura, exterminio y muerte, saben perfectamente que no pueden compararse con Los Caídos, que solo es lugar de exaltación fascista.

Además, un discurso que en sus premisas mantiene que se trata de un edificio intrínsecamente perverso, no debe mantener en pie. Su corolario lógico es la demolición. Nadie que afirma que un edificio que consagra la exaltación golpista permitiría colocar en la sala de estar de su casa una reproducción en miniatura del mismo.

Y, obviamente, ninguna enseñanza ética puede obtenerse de un edificio que es, ha sido y lo seguirá siendo, la glorificación del mal político por excelencia y no tiene arreglo. Si no lo creen, prueben a resignificar la esvástica nazi.

Si la experiencia es aquella cualidad, cuantitativa y cualitativa, puesta al servicio de todos, los expertos deberían mostrar que la suya es una experiencia basada en algo real, que llevan parte de su vida dedicados a la resignificación de edificios fascistas en edificios democráticos. Si no, la desconfianza en su labor es más que racional.

La experiencia es un conocimiento empírico adquirido. No se niega que estos expertos posean un carro de conocimientos. Pero es que al ciudadano de a pie le tranquilizará mucho saber si tienen experiencia probada por haber hecho alguna vez algo similar a lo que pretenden hacer con el mamotreto navarro. ¿La tienen o hablan de lo que otros han hecho, y lo han hecho en otros lugares y no con edificios de exaltación, sino de exterminio?

Decía Oscar Wilde que «la experiencia es el nombre que todos le dan a sus errores». Si la naturaleza experiencial de estos expertos es wilderiana, lo ignoramos, pero tememos encontrarnos ante la crónica de un fracaso anunciado. Y no, no será por culpa de los expertos. Es que el éxito de esta empresa no depende solo del buen hacer de estos. La verdad exitosa de esta empresa está en otro lugar.

Quienes piensan y dicen que las piedras hablan, son, desde luego, unos tipos privilegiados. Se parecen al ciego de La Isla del Tesoro que oía crecer la hierba. Pero las piedras no dicen más que lo que uno quiere que digan. El fascismo no está en ellas, sino en el cerebro humano. Y es este a quien habría que modificar. Lo que es un trabajo de expertos, pero en psicología y neurología. A la vista está las instituciones democráticas durante estos casi cincuenta años no han hecho nada para modificar esa mentalidad protocolaria favorable al mantenimiento de un edificio tóxico.

Se ha repetido hasta el hartazgo que la nueva configuración del mamotreto producirá benditos frutos democráticos, aquello que durante cincuenta años seguidos no lo ha conseguido el sistema educativo. Ni Pangloss, aquel personaje del «Cándido» volteriano, fue tan ridículamente optimista.

Cuando se proyecta una obra de gran impacto social, lo preceptivo consiste en estudiar los posibles efectos negativos que acarreará aquella y, así, disponer los medios para evitarlos o atenuarlos. Es un hecho que, quienes defienden la resignificación del monumento, han decidido «a priori» que ello redundará en una mejora de la reconciliación entre las gentes que odian el monumento y las que lo adoran; en definitiva, entre las víctimas de la guerra y sus verdugos, y no sólo.

Si, después de cincuenta años pasados, no se ha conseguido dar un paso adelante en ese sentido, no crean que los expertos lo harán. Considérese que las derechas, incluso las más evolucionadas de Navarra, ni siquiera están por esa resignificación. De su comportamiento puede desprenderse que padecen lo que podría denominarse el «Síndrome de los Caídos». Sin necesidad de que lo hayan visitado alguna vez, les pasa como a Stendhal, quien, al visitar la Basílica de la Santa Cruz de Florencia, padeció una enfermedad psicosomática, caracterizada por un elevado ritmo cardíaco, producto de la felicidad y de la emoción ante la Belleza, dando origen al conocido síndrome de Stendhal. Ese mismo síndrome deben de padecer estas derechas, que, con tan solo ver dicho monumento, en especial su cúpula, experimentan unos calambrazos en su osamenta que no están dispuestos a que nadie toque un ladrillo del edificio −menos aún su cúpula−, que tantas y tan excelentes vibraciones copulativas producen en su cerebro.

En cuanto a las familias que guardan en su memoria el recuerdo de sus abuelos, padres, madres y hermanos asesinados, ¿qué harán? Pues lo que vienen haciendo desde que se inició esta tragedia: exigir verdad, justicia y reparación para las víctimas. Pues no padecen otro síndrome que el del dolor, que, a pesar de su intensidad, jamás se ha sobrepasado cometiendo alguna venganza contra quienes se sabía de seguro que habían asesinado a sus familiares. Solo por esta razón, más verdadera que todos los discursos hilvanados para justificar lo injustificable −el fascismo no se puede justificar de ninguna manera y, si se condena, hay que demostrarlo extirpándolo de raíz−, el monumento a los Caídos hace años que debería haber sido demolido. Y la primera en exigirlo tenía que haber sido la Iglesia, porque su silencio, también, forma parte del guión resignificador.


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