Josu Iraeta
Escritor

Fracaso de Estado

Han transcurrido muchos años desde que aquellos profesores de sotana y babero, nos enseñaron que es conveniente prestar atención a quienes convierten necesidad en virtud.

De ahí que, el observador acostumbrado a la sana iniciativa de unir mesura a la objetividad, sabe que por increíble que en otras latitudes pudiera parecer, en el contexto político peninsular, la histeria que propicia la convulsa e interesante situación actual, viene motivada por la evidente ineptitud política de la actual dirección de la derecha extrema española.

Las derivaciones que, a partir de esta incapacidad palpable, están escenificando allá donde «todavía» mantienen una presencia a considerar, mostrando el temor a convertirse en una «agrupación» próxima a la segunda división.

Son conscientes de la enorme dificultad a la que se enfrentan, al cambio, a perder posiciones ya consideradas de «raigambre» y para evitarlo se mueven, se mueven mucho y lo hacen con todo lo que tienen para evitarlo.

En esta interesante coyuntura, quienes hemos conocido −y caminado− por los ingratos paisajes que tienen todos los movimientos de liberación, hace que instintivamente nos situemos en coordenadas ya de antes conocidas, así conseguimos no mezclar adversarios y enemigos. Es importante.

Es así como, a lo largo del tiempo, se constata que el esfuerzo tranquilo pero perseverante, que siempre debe acompañar a los recursos de la argumentación, en ocasiones cede el paso a una fascinante densidad sentimental, potencialmente peligrosa.

Cierto que, con mucho coste, pero algunos hemos llegado al día de hoy con la cautela de quien ha sido vecino y compañero de un material inflamable. Otros lo han hecho con la alegría de quien disfruta de las virtudes calóricas e iluminadoras de un incendio, no propio, sino provocado por quienes más arriesgaron.

También los hay que, tratando de ganar tiempo al tiempo, están obligados a rectificar, intentando actualizar su discurso, buscando evitar la soledad que mostraría la real debilidad que esconden y les obliga a transigir ante el díscolo vecino, que, lejos de mostrar respeto y colaboración, pone en riesgo el futuro de ambos.

Otros hemos sabido percibir las trampas que desde ese mundo nos han ido presentando.

Lo cierto es que, para presentarlos como «relevantes y auténticos», sus ambiciosos proyectos los han construido como una puesta en escena. No esconden −como si de expertos surfistas se tratase− su ambición por aprovechar «la fuerza de la ola».

Como tantas otras veces, las han tenido que representar, actuar en una ficción que se ha ido normalizando como realidad. Pero el tiempo nos pone a todos donde corresponde, por eso, fuera de ese espacio teatral, su «genial proyecto» corre riesgo de convertirse en ficción, en un estéril y costoso ejercicio.

El tiempo es el escenario de la historia, cierto, y en ella, con aciertos y equivocaciones, con éxitos y fracasos, hemos llegado hasta donde se pretendía. Esto nos dice que nos aproximamos al escenario en el que los errores difícilmente pueden corregirse.

No es difícil comprender la existencia de diferentes, también antagónicas razones, profundas todas ellas, en el debate sobre la reforma de los Estatutos y la Constitución.

En el ser del debate, lo políticamente cierto reside en establecer si, lo que se plantea es desarrollar un proceso más o menos profundo de actualización de la Constitución, o, por el contrario, el objetivo es cambiar de régimen.

Ya centrados en el núcleo del debate, este no puede presentarse tal y como los intereses de las fuerzas políticas españolas lo están exponiendo, porque es falso. La falsedad reside en que sitúan en un lado los «demócratas» que creen posible y necesario una modificación de la Constitución, poniendo en el otro a la derecha extrema, alineada con los uniformes, que consideran es un texto decididamente «intangible».

Señores, esto no me sirve, ni a mí, ni a nadie. Esto es una trampa. El debate, la negociación, en mi opinión, debe darse, entre quienes consideran que existe una nación española como pluralidad de ciudadanos, ante un texto que es modificable solo por ellos, y por otro, quienes concluimos que la situación actual ha caducado definitivamente, y es necesario dar paso a una pluralidad de naciones que, en el ejercicio de una soberanía sin interferencia externa, deciden su propio modelo organizativo.

Nadie puede negar que hay pueblos separados en distintos Estados y cuya unificación nacional resulta verdaderamente compleja. No somos los vascos los únicos que sufrimos esta anómala e injusta situación, existen otras muchas naciones sin Estado.

Sirvan como ejemplo: Catalunya – Galiza – Córsica – Quebec – Irlanda del Norte – Escocia – Sahara Occidental, y Flandria, entre otros.

El tiempo es el escenario de la historia, es cierto, y en ella, con aciertos y errores, con éxitos y fracasos, hemos llegado hasta donde se pretendía. Esto nos dice que nos aproximamos al escenario en el que los errores difícilmente pueden corregirse.

No se trata pues, de un debate entre reformistas e inmovilistas, porque −repito− es una trampa. Debe darse curso a la palabra, medir las razones, argumentar con serenidad. En estas circunstancias es poco recomendable y escasamente inteligente, manipular emocionalmente a la opinión pública, con la utilización narcótica de un tremendo y exacerbado apoyo mediático.

Lo verdaderamente democrático es una situación en que se presente a los ciudadanos, claramente lo que se pretende, respetando su derecho a conocer las intenciones de todos, también, la de quienes, ante el fracaso de este Estado, herencia del franquismo, pretendemos con toda legitimidad, cambiar de régimen.


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