Intelectuales y acontecimiento: exploración de nuevas vías

La obra colectiva tiene que ser una obra abierta, debe permitir la incorporación sucesiva de nuevos trabajos a medida que el acontecimiento investigado vaya evolucionando

15/07/2020

Las reflexiones de no pocos pensadores actuales sobre el concepto del «acontecimiento» han tenido un trágico objeto al que aplicarse en los primeros meses de 2020: el acontecimiento de la pandemia. Este cambio de situación nos obliga a todos y todas a cambiar nuestras vidas y promueve reacciones tanto públicas como individuales, tanto político–sociales como afectivas, que van de lo más indigno e infrahumano a lo más noble y solidario.

Al no haber salida, pues su extensión universal ha terminado con los paraísos reales o artificiales de todo el mundo, ha provocado en lo más alto tanto decisiones como errores garrafales, e incertidumbre y sed de información y de respuestas al nivel de las gentes. Interpela por ello directamente a los intelectuales: no porque sepamos más que los demás –en muchos aspectos sabemos menos que los especialistas–, sino porque trabajamos profesionalmente en ordenar nuestros pensamientos e impresiones y en cómo comunicarlos a las personas. Intelectuales los hay de todos tipos: yo pienso aquí en los que, a grandes rasgos, forman el grupo de los que creen en la igualdad y solidaridad con las gentes y luchan contra todas las causas de las agresiones que sufren hombres y mujeres en su dignidad como seres humanos, debido a su situación en el mundo del trabajo, a su procedencia, a su género, o a su pertenencia a un pueblo.

Ello obliga a replantearse cómo hacer llegar esas reflexiones a la gente: lo que introduce el problema del medio elegido y de la coordinación de los intelectuales al respecto. Principios básicos serían el de la solidaridad y el compartir el rechazo de todas las agresiones expuestas; otro, el de trabajar en grupo, pero con absoluta elasticidad a la hora de formar el mismo, así como el total respeto a la perspectiva desde la cual cada pensador quiere abordar el acontecimiento. Es el principio de la «unidad en la diversidad» el que ha orientado trabajos como "La sopa de Wuhan" y el nuestro de "Pandemia eta gu".

Ello lleva a abordar otro tema más complejo, que es el de dar con la fórmula de publicación apropiada. Anticipemos que todo pensador individual tiene perfecto derecho a escribir obras personales que salgan al mercado en forma de libros; o, si es académico, de participar en obras colectivas que profundicen en sus investigaciones y que contribuyan a su currículum.

Pero la actitud ante el «acontecimiento» tiene sus propias exigencias. La obra colectiva tiene que ser una obra abierta, no solo a nivel de la temática, sino también en cuanto a la sucesión temporal de su formación; esto es, debe permitir la incorporación sucesiva de nuevos trabajos a medida que el acontecimiento investigado, debido a las innumerables aristas que presenta, vaya evolucionando.

De ahí algunas de las características que deberían tener estos trabajos, inspirados en la solidaridad y en la voluntad de acceso a la gente: el formato breve del trabajo, la gratuidad del mismo –son trabajos incompatibles con la idea de lucro– y una instantaneidad y versatilidad del trabajo colectivo que solo las permite la publicación on line, la cual abarata a la vez enormemente la preparación y los costos de la edición.

Se trata pues de un trabajo no contractualizado; lo que trae consigo una serie de ventajas para su acceso a la gente. Una de ellas es el de extender a los lectores el principio de gratuidad, quienes no deben pagar nada por acceder a la obra. Otra es la libertad plena de cada autor individual a la hora de publicar su trabajo propio en otro medio (de modo íntegro o, preferentemente, resumido); lo que extiende evidentemente el radio de acceso al público lector. La única condición sería aquí citar la obra colectiva de la que procede, así como la clave para acceder a ella. Teniendo en cuenta que la edición on line también cuesta, aunque mucho menos, a las editoriales, las más adecuadas serían las que constituyen un servicio público –véanse los servicios editoriales universitarios–, o las que cuentan con subvenciones públicas estables.

Su versatilidad en cuanto a la formación del grupo y a la elección por este de la fórmula editorial, que puede ser cambiante, hace inapropiado el llamarlas plataformas, así como sugerir que están siendo impulsadas por nadie que no sean sus propios autores, como ha afirmado de nuestro conjunto de trabajos “Pandemia eta gu” por error un periódico del país. Lo que sí ha habido es el ofrecimiento desinteresado de la creación de un espacio on line para la publicación de los trabajos de una Fundación navarra gracias a la mediación de uno de los impulsores de la iniciativa, lo que es de agradecer tanto por los autores como por los lectores de la misma.

Finalmente, la necesidad de cambiar los viejos modos de publicación así como las relaciones editoriales son un ejemplo minúsculo de lo que muchos de nosotros sugerimos en nuestra obra colectiva: que hemos dejado a nuestras espaldas un mundo que no volverá a ser el mismo, y que nos corresponde a nosotros hacer bueno el sueño que ha alentado al socialismo desde sus inicios: dejar morir lo viejo y hacer nacer lo nuevo.

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